Nissandra Del Río

Guanajuato.- En días recientes la polémica por la narcocultura se ha levantado en el estado de Guanajuato tras la aparente contradictoria entre el proyecto Planet Youth y la realización de ‘narcoshows’ en los municipios. Estos últimos señalados como promotores de la violencia, las drogas y el enaltecimiento de la vida criminal a través de la música o los llamados narcocorridos: la llamada ‘narcocultura’.

Pero… y los libros, ¿entonces también se prohibirán?

La narcocultura se refiere a la influencia cultural que ejerce el narcotráfico sobre una sociedad, a los gustos generalizados y popularizados por narcotraficantes. Bajo esta definición entran más productos que sólo los narcocorridos, pues también lo hacen las narcoseries, el narcoturismo, memes y —se habría de suponer— los ‘narcolibros’ o la literatura del narco.

A pregunta expresa los políticos se han posicionado presurosos ante el dilema de promover o tan sólo contratar artistas cuyas letras hagan referencia a las drogas y todo el contexto descrito de la narcocultura. Pero esto a su vez plantea una paradoja: ¿se posicionarán también contra todo producto cultural que coincida en el tema?

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Entonces habría que olvidarse de ‘El señor de los cielos’, ‘Rosario Tijeras’, ‘Narcos’ o ‘La reina del sur’, que se popularizaron enormemente en los últimos años.

Nostalgia de la sombra / Nostalgia of the Shadow : Parra, Eduardo Antonio:  Amazon.com.mx: Libros

Bajo este mismo marco —pero tal vez con menos ‘popularidad’—, se encontrarían Élmer Mendoza, Luis Humberto Crosthwaite o hasta el guanajuatense Eduardo Antonio Parra, escritores clave de la llamada narcoliteratura y quienes desde sus letras exponen las mismas temáticas que los narcocorridos, algunos raps y hasta algunos temas de reggaetón.

“Somos gente de el cartel de el diablo

Les decían a los federales

De inmediato les abrían el paso

Era mas que se activa la clave

Saben bien que si no hacían caso

Sus cabezas volarían al aire”

Reza la cuarta estrofa de ‘El Diablo’, canción de Los Tucanes de Tijuana, que gira en un sentido similar a:

“…Jefe, nunca le he dicho, pero no sé rezar, ¿qué hacemos? Pásame el cuerno y toma tu pistola, vamos a salir, que esos cabrones sepan que hay placas, que no les tenemos miedo. ¿En serio? O sea que: nos la pelan. ¿Qué lenguaje es ese, agente Toledo? No pierdas la compostura y menos si vamos a morir…”

Expuesto en ‘Nombre de Perro’, la tercera novela del reconocido escritor Élmer Mendoza y que pone entonces la pregunta en el aire: ¿también se impedirán sus libros, sus presentaciones o charlas en territorio guanajuatense?

En palabras del mismo Élmer, ¿hay promoción a la violencia?

Puede, con seguridad responderse que comparar ambos productos resulta injusto por una gran cantidad de factores (impacto poblacional, narrativa de hechos, manejo de personajes y desarrollo de la temática, etc), lo que entonces manifiesta que la respuesta no gira en un único sentido y que entonces habría que analizar más de un factor para entonces plantarles cara.

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Es cierto que en Guanajuato se vive un problema de narcotráfico y narcoconsumo avasallador donde todo influye, sí, en esa concepción de la narcocultura, pues la cultura es ese conjunto de conocimientos, ideas, tradiciones y costumbres que caracterizan a un pueblo, a una clase social, a una época… Y en esta también se anexa la moral con la que es visto: antaño ya se prohibía el metal, ya el rock, ya el swing o la lambada y un largo etcétera por “corruptores de la moral de los jóvenes”, ¿pasó?

Parece, entonces, que creer que la “corrupción de las mentes jóvenes” está sólo en los productos culturales es ver la punta del iceberg de una problemática que hecha raíces mucho más allá.

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