En las elecciones para presidente, gobernador, alcaldes, senadores y diputados, el que se abstiene de votar no hace ninguna diferencia: vayan los que vayan a las urnas, se cuentan los votos de quienes sí acudieron y gana la persona que tenga más votos. El que no va a votar se vuelve irrelevante.

No es lo mismo con el ejercicio de revocación de mandato: la Constitución señala que para que el resultado de la consulta sea obligatorio de acatar, debieron haber acudido a las urnas al menos el 40% de los ciudadanos empadronados. Así que el que decide no ir a votar está expresando una opinión democrática y constitucionalmente avalada: no quiero que se junte ese 40%, esta consulta es irrelevante para mí.

A diferencia de lo que sucede en las elecciones tradicionales, la Constitución otorga al abstencionismo un papel central en una consulta como la revocación de mandato: la abstención puede tener la última palabra, y gane el Sí o gane el No, en tanto no vote el 40% del padrón, la consulta no tiene consecuencias legales.

Yo no voy a ir a votar en la revocación de mandato de este domingo. No iré a votar porque me parece un ejercicio construido para saciar el (insaciable) ego de un aspirante a autócrata al que me gustaría ver menos en campaña y más en gobierno, hablando menos y haciendo más.

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Un presidente al que sencillamente no le creo: dice que, aunque no se junte el 40% si pierde la revocación, él se va del poder por las buenas, que creamos en su palabra. Vaya ingenuidad. Para mí, su palabra no vale un peso: nunca en su vida ha reconocido una derrota electoral, no tendría por qué reconocerla esta vez.

Por si fuera poco, encuentro en este ejercicio una contradicción flagrante: el presidente que se dedica a recortar los más indispensables programas de apoyo a la gente dizque por austeridad, súbitamente decide gastar 1,500 millones de pesos en una revocación de mandato que nadie pidió, nadie quiere y nadie necesita… salvo él, que sí la pidió, sí la quiere y sí la necesita para seguir evadiendo su responsabilidad en los temas de fondo: inseguridad cada vez peor, carestía que dispara hasta el precio de la tortilla y corrupción que penetra hasta su propia familia.

¿Qué voy a hacer el domingo? Estaré de vacaciones, tomando nota de cómo compiten los gobernadores por agradar al líder, cómo usan los programas sociales para chantajear a los ciudadanos, cómo acarrean gente a votar, cómo festejan el triunfo como hacen los más famosos dictadores de la historia (“¡ganamos con el 90% de los votos!”), cómo AMLO celebra sus goles como si no fuera patético ganar un partido en el que el equipo rival decidió no saltar a la cancha, y cómo al final él mismo lanza el grito de guerra para iniciar, ahora sí de lleno, la toma del INE: el gran sueño del dictador de clóset.