Uno de los sectores más resilientes en esta pandemia ha sido la educación. Mostró entereza y capacidad para adaptarse a las situaciones adversas que se presentaron de un momento al otro con resultados positivos. De repente, sin mucho aviso y con nada de planeación, las aulas se cambiaron por pantallas, los pizarrones fueron dispositivos electrónicos y los cuadernos se sustituyeron por teclados. La tecnología se puso de lado de la educación para que el show pudiera continuar.

               En un abrir y cerrar de ojos, alumnos y profesores aprendieron a utilizar una serie de herramientas que abrieron la posibilidad de seguir en clases. Se hizo mucho con muy poco. El enfoque fue muy administrativo. Con una visión de orientación al logro, se posibilitó que las personas se involucrarán en la autodirección y la persistencia para reconocer y premiar los resultados obtenidos. Las clases continuaron y las personas se acomodaron a los nuevos tiempos.

               Pero, todo se pensó para ser una solución transitoria. Nadie se imaginó que el encierro fuera a durar tanto tiempo. Es verdad que el remedio ha sido bueno en tanto que ha salvado el escoyo y con grandes esfuerzos algunos han podido continuar. El problema es que no todos están incluidos en ese grupo. Para estar en clases a distancia hay que tener un aparato, conexión a internet y no todos cuentan con ese privilegio.

               Además de la exclusión de muchos, hay una serie de problemas que parecen empezar a brotar justo cuando vamos a cumplir un año de encierro. Hay universitarios que no han pisado el campus de su alma mater, que no han entrado a un laboratorio y que no han conocido en persona a sus maestros y compañeros. El aula universitaria para ellos es una máquina y la riqueza de la convivencia no es un activo que ellos han logrado atesorar.

               Hay pequeñitos cuyas primeras experiencias escolares han sido en su casa. Niños que empezaron a ir al colegio en línea no saben lo que es jugar en el patio del recreo, compartir la torta o llegar a ver a la maestra o a su profesor, no han tenido clases de educación física al aire libre ni se han sentado en una banca entre sus compañeros. A once meses de que se decretara el cierre de todos los centros escolares, esta ha sido la situación de la educación en México.

               Además, padres de familia que de repente están lidiando con pérdidas de todos tipos: unos enfermos, unos con seres queridos que no sobrevivieron, algunos que han sido despedidos de su trabajo o han visto que su ingreso disminuye. En medio de esta situación, hay quienes han optado por la educación en casa (home schooling). Las escuelas particulares a todos los niveles, desde prescolar hasta grados universitarios han visto como la matricula ha disminuido y muchos centros escolares cerraron sus puertas y no las volverán a abrir. Es triste, pero este sector tan resiliente ha sido muy golpeado por la pandemia de COVID-19.

En un acto que suena a desesperación, la Asociación Nacional de Escuelas Particulares de la República Mexicana (ANFE-ANEP) informó que el 1 marzo reanudarán clases presenciales en sus planteles. Esto sin importar el estatus del semáforo epidemiológico o las disposiciones gubernamentales. “Es de vital importancia que directores, maestros y padres de familia inicien actividades educativas presenciales para enfrentar los nuevos retos y nuevas condiciones de vida de la sociedad, generadas por la pandemia y que han causado otras crisis”, destacó la Asociación Nacional de Escuelas Particulares en un comunicado.

Estoy de acuerdo, es importante volver a clases presenciales. Muchos países en el mundo lo están considerando y otros ya lo están haciendo. El problema es que en México, con los niveles de contagios y de letalidad de la enfermedad esto es muy arriesgado. El riesgo se incrementa cuando la velocidad de vacunación es tan lenta y el suministro de las vacunas no llega en las fechas pactadas.

Volver, tenemos que volver. Queremos volver a las aulas en forma presencial. No es una cuestión de tecnología, ni de ocurrencias de un sector de la población: es imperioso. Dice Aristóteles que antes de ser seres racionales, somos seres sociales. Es una necesidad humana. Pero para que el regreso sea glorioso, hace falta un plan. Un plan que no existe, ni por parte de las escuelas partículares, ni por la Secretaría de Educación Pública. ¿No deberíamos de empezar por ahí? Hay que dialogar para que el show pueda continuar.