En varias ocasiones he referido que, aunque la tecnología enriquece con nuevas palabras nuestra lengua (neologismos), también se han abandonado muchísimas otras. Esto ha generado que de los casi cien mil vocablos con que cuenta el diccionario oficial, hayamos reducido a tan solo 150 palabras nuestro vocabulario diario. Esto tiene repercusiones más allá de la evidente pobreza de lenguaje; al desconocer muchas palabras que reflejarían nuestro pensamiento y sentimiento, nos limita la comprensión de la realidad, la toma de decisiones y propicia angustia por ser incapaces de “sacar” lo que llevamos dentro (catarsis).

Por esta razón, hace unos días me resultó sumamente grato ver un reto en una red social donde pedía a los miembros de un grupo que escribieran voces que provocaran a los demás recurrir al diccionario. La participación fue copiosa. He de confesar que hubo muchas palabras que, en efecto, me llevaron al Diccionario.

Para que dejen de ser palabras extrañas, recomiendo su uso regular. Lo anterior porque hay algunas de ellas que satisfacen la necesidad expresiva cotidiana; es decir, son palabras que podrían sustituir construcciones más largas (u ofensivas para algunos). Por simple economía del lenguaje y precisión son más recomendables.

Alipori es un vocablo que podría satisfacer un uso regular que escucho en las charlas cotidianas. Según el Diccionario de la lengua española, DEL, significa vergüenza ajena. En efecto, he oído a muchas personas decir en sus conversaciones que pasaron vergüenza ajena por alguna situación en concreto, aquí está la alternativa directa.

Toca el turno a la palabra baldragas. En otra generación, en México se utilizaba el término Guitierritos. Este se refería a un oficinista sin expectativas y que era maltratado por todos, incluso su familia. Actualmente, se ha cambiado a Godínez, pero se le ha restado el maltrato familiar, aunque algunas personas consultadas aseguran que está implícito por la falta de carácter y ambiciones. Entonces, recomiendo sustituir por baldragas (y así evitamos ofender a quienes lleven los apellidos a que refieren).

Una persona que quisimos mucho y ahora ya está ausente (física o moralmente) es alguien digno de ser llorado. Pero también podría referirse a una situación dramática, angustiosa o lamentable puede ser digna de ser llorada. Pues esto es lo que significa el término flébil, informa el DLE.

Cuando alguien es un impostor o un calumniador (que calumnia, dice falsedades sobre situaciones o personas), el vocablo por utilizar es sicofanta. Esta palabra nos viene del latín que, a su vez, deriva de un vocablo griego. Es decir, es una voz ya muy vieja en nuestro idioma. Sin embargo, su falta de uso la ha hecho casi desconocida pero muy recomendable para aplicar.

Finalmente, para decirle a alguien que expresa muchas tonterías y que le falta razón, lógica o está francamente equivocado en lo que dice o sostiene, el vocablo recomendado es estólido.

Si incorporamos estos vocablos, además de pasar por personas cultas, estaremos enriqueciendo no solo el vocabulario personal, sino el de las personas que nos escuchen o lean y apoyamos a las nuevas generaciones a enriquecer su vocabulario.