Septiembre es el mes patrio. Festejamos el arrojo que tuvieron La Corregidora, Allende, Aldama, Mina y tantos otros para conspirar. Honramos y reproducimos las arengas que gritó el cura Hidalgo la noche del quince de septiembre de 1810, hasta nos damos el lujo de inventar algunas otras. Nos hermanamos en la fiesta. Así somos los mexicanos, cualquier pretexto es bueno para desternillarnos de risa y andar contentos. Aunque, luego nos preguntamos ¿qué nos da tanta risa?

La ilusión que tuvieron los padres de la Patria era darnos un mejor porvenir, al menos, eso es lo que nos enseñan desde los primeros años de instrucción. En el jardín de niños, pegamos con engrudo nuestras banderitas tricolores hechas de papel de china y nos enseñar a respetarla y a amarla. Nos ejemplifican las costumbres heroicas con lo que sucedió en 1847 en el Castillo de Chapultepec cuando seis jóvenes defendieron con su vida el lábaro patrio y en la demostración máxima de amor a México, Juan Escutia se enredó en la bandera y se tiró al precipicio antes de verla sometida ante el extraño enemigo. De nada vale que ahora nos digan que todo es una leyenda que más bien parece mito.

Los actos heroicos de tantas mujeres y hombres mexicanos buscaron darnos a las generaciones venideras una situación mejor en la que pudiéramos gozar de libertad para decidir de qué manera aprovechar la oportunidad de pasar por este mundo y tener una vida lograda. Eso aprendimos. Eso queremos creer. Si las intenciones profundas buscaban algo diferente, esa es otra Historia. Lo que yo aprendí es que esas personas eran gente que se ofrendó con tal de que nuestro futuro como nación mejorara.

Puede ser que algunos crean que soy ingenua y que por eso, a estas alturas del partido, andamos muertos de risa. Habrá quienes se pregunten qué rayos tenemos que festejar si ha corrido tanta sangre, si el suelo nacional esconde muchas tumbas clandestinas, si hay tantos feminicidios, si las desigualdades son tan profundas y si ponemos atención, alcanzamos a ver que las variables económicas empiezan a rechinar.

Sí, puede que lo digan y puede que tengan razón. Pero creo que es momento de hacer un reencuadre.

Hoy, nos toca a nosotros. Hoy, la responsabilidad es de los mexicanos que estamos sobre la faz del territorio nacional. Es el momento que nos hay que aprovechar para imaginar cuál es ese México que queremos celebrar. Estoy segura de que no es uno en el que avanza la pobreza o se lastima a niños migrantes; en el que se asesina a los semejantes o en donde impera el crimen organizado. No queremos un país en el que estamos al borde de un estado fallido ni uno en el que la justicia se alcanza si tienes recursos y si eres pobre no. Tampoco nos gusta ver un México en el que se protege a criminales confesos y se golpea a los que no forman parte de cierto grupo o abraza cierta ideología.

Insisto, hoy nos toca a nosotros. Nuestros héroes y nuestros villanos ya tuvieron sus oportunidades, nuestros antepasados ya ejercieron sus momentos de vida. De hecho, sus decisiones son las que nos tienen en el aquí y ahora del México que somos. Al contemplarnos, es fácil engancharse con las malas elecciones, ¿cómo no? No obstante, no todo está mal. Por eso es que los mexicanos tenemos derecho a morirnos de risa, a abrazar con cariño patrio a nuestros símbolos nacionales. Al hablar de mi México se agrietan las palabras. México es más que un nido de alacranes o una manada de serpientes, que también hay

Tal como lo expresó Octavio Paz: “Mi abuelo, al tomar el café, me habla de Juárez y de Porfirio, los zuavos y los plateados. Y el mantel olía a pólvora. Mi padre, al tomar la copa, me habla de Zapata y de Villa, Soto y Gama y los Flores Magón. Y el mantel olía a pólvora”, en el fragmento de su poema Interminencia del oeste. Somos todo ese prisma y todo ese prisma es México.

¡Viva México! Es nuestro grito unificador, hermanado, cargado de esa energía particular electrizante. Es un disparo de mexicanidad que lanzamos al universo, que se nos escurre por la piel y revienta en la garganta. Eso, se entiende muy bien, lo entendemos muy bien los que levantamos la frente y con orgullo nos confesamos mexicanos. ¡Viva México, sí señor! Ese contento, ese orgullo es lo que nos trae muertos de risa.