Tras la tragedia en una escuela primaria de la ciudad de Uvalde, Texas, ocurrida el pasado martes 24 de mayo, deberían encenderse todas las alarmas en nuestro Sistema Educativo y de manera particular en cada una de las más de 12 mil escuelas de educación básica del estado. Así, fuera de alarmismos aventurados, el triste acontecimiento donde perdieron la vida ya 22 personas, entre las cuales se encuentran 19 menores, bien podría tomarse como antecedente detonador del diseño o revisión de protocolos de seguridad escolar.

Ciertamente que por cultura burocrática, en nuestro país y estado, se estila dejar pasar las cosas evitando el menor ruido posible, dejando que el silencio y la distracción con otros temas disipe preocupaciones, pánico y riesgos de eventuales experiencias. Sin embargo las tragedias, como los casos que ocurren en comunidades diversas, deberían servir para que estratos similares se ocupen de asegurar sus mecanismos de prevención y seguridad, con la finalidad de evitar situaciones semejantes.

Por desgracia las eventualidades trágicas ocurridas en escuelas o colegios, son siempre reflejo de la cultura negativa de la sociedad en que se desarrollan, como en el caso de los atentados en instituciones estadunidenses que se relacionan con el uso de armas de fuego, pero que asimismo son actos de trastornos socioemocionales albergados en el sentir de los perpetradores y que pueden emerger en cualquier otro lugar bajo sus propias condiciones.

En México ya ha habido casos de proyecciones violentas que terminan con asesinatos de docentes y alumnos, baste recordar los atentados lamentables como el del Colegio Americano del Noreste, en la ciudad de Monterrey en 2017, o el ocurrido en la escuela Cervantes en Torreón, Coahuila en 2020. En ambos casos el agresor utilizó armas de fuego asesinando a sus maestras, hiriendo a varios compañeros y suicidándose, lo que implica la concurrencia de factores de riesgo socioemocional muy serios y fallas significativas en los protocolos o mecanismos de prevención de la violencia escolar.

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En el caso de la masacre de Uvalde, no sólo falló la previsión al subestimar los avisos o señales de peligro expresadas por el asesino en sus publicaciones en redes sociales, sino también los protocolos y mecanismos de seguridad de la escuela y de manera incomprensible los dispositivos de acción de la policía, que se mantuvo expectante más de una hora en franca actitud negligente.

Estos detalles rescatados de la desgracia reciente y los antecedentes de conflictos diversos que han ocurrido en el pasado cercano en nuestro estado, debieran ser suficientes para que el secretario de educación, Jorge Enrique Hernández Meza, convocara a su equipo de inteligencia educativa y revisaran su atlas y catálogo de riesgos escolares, si es que cuentan con uno, pues la responsabilidad de lo que ocurre en los centros educativos es suya y la negligencia cuesta. En estos casos más vale pecar de escrupulosos que ser omisos e irresponsables.

Resulta por demás deleznable que en nuestra sociedad se “normalice” la existencia de sucesos catastróficos y que, por disminución o perdida de la capacidad de asombro, se vean los asesinatos o las masacres en colonias y comunidades de varias ciudades del estado como algo sin mayor impacto, donde el pánico ya ha sido asimilado en nuestros acomodos emocionales, pero las señales de alerta por violencia escolar, drogadicción, violación o acoso están latentes en todo el ámbito educativo no sólo en Comonfort, Irapuato o León.

Ahora tras la pandemia y el confinamiento obligado, comenzarán a aflorar las represiones emocionales y las pasiones contenidas que nuestros educandos guardan en su devenir existencial. Hoy es tiempo oportuno de actuar, pues el silencio manipulado y la evasión de la realidad imperante no mitigarán una desgracia, ni librarán la conciencia gubernamental de las culpas imputables.

La previsión de catástrofes evitables, preservará la vida social y distinguirá al gobernante competente.