“En la juventud aprendemos, en la vejez entendemos”.

Marie von Ebner Eschenbach

El cineasta austriaco Ingmar Bergman, que murió de ochenta y nueve años, dijo que: “Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”. La edad es algo curioso, mientras una persona acumula años, se van mermando las fuerzas. El caminar se hace lento, recordar se vuelve complicado y aparece la maña de repetir varias veces lo mismo. En el mundo actual, en el que la inmediatez es el elemento reinante, parece que no hay la paciencia para escuchar lo que un viejo tiene que decir y menos si lo está reiterando a todas horas. Nos desquician sus olvidos y nos desespera su presencia. Sin embargo, si tuviéramos esa entereza y largueza de espíritu, nos veríamos recompensados con sabiduría.

La vejez necesita rodearse de longanimidad, cariño y generosidad. La evidencia nos deja ver que no siempre estamos dispuestos a dar lo que se requiere. Preferimos dejar a los abuelos en un rincón, alienarlos y remitirlos a un espacio en el que ni se les vea ni se les oiga. Nos hemos dejado absorber por lo material y estamos trastornados por tanta prisa. Andamos acelerados y no nos detenemos por nada, mucho menos ante tus llamadas. Incluso en la pandemia, no nos hemos despertado ante las necesidades de los ancianos. Nos parece mucho empujar una silla de ruedas, no estamos dispuestos a quitarnos los audífonos para escuchar lo que nos quieren decir, está fuera de nuestro interés ayudarlos. Los transformamos en elementos transparentes de nuestra realidad.

La pandemia nos desveló una realidad doble: por un lado, somos seres interdependientes, no sobreviviríamos en soledad —no nos gustan ni la soledad ni el encierro— y por otro vivimos enfrentados a fuertes desigualdades. El papa Francisco dice y tiene razón que: “Todos estamos a merced de la misma tormenta, pero en un cierto sentido, se puede decir, que remamos en barcos diferentes, los más frágiles se están hundiendo cada día”. Y entre las fragilidades, las más lacerantes se encuentran en los extremos de la vida: la infancia y la vejez. Lo triste es que hemos condenado a nuestros viejos a una salida indigna: los hemos dejado solos.

Lo que pocos nos ponemos a pensar es que las manecillas del reloj van avanzando para todos. Los años no pasan en vano y esa ambición materialista ha adelantado las etapas de la vida. A los cuarenta años, ya somos demasiado viejos para ser considerados para ciertas posiciones laborales. El desempleo afectó mayoritariamente a la franja de la población que tiene más de cuarenta y cinco años y la posibilidad de recontratarse es menor, mientras máyor es la edad. Entonces, la condena que le hemos echado a nuestros viejos, nos está alcanzando a pasos agigantados. La amenaza nos puede alcanzar, incluso si nos sentimos jóvenes y fuertes. En suma, todos vamos en el mismo barco.

Lo que pocos nos ponemos a pensar es que las manecillas del reloj van avanzando para todos. Los años no pasan en vano y esa ambición materialista ha adelantado las etapas de la vida. A los cuarenta años, ya somos demasiado viejos para ser considerados para ciertas posiciones laborales. El desempleo afectó mayoritariamente a la franja de la población que tiene más de cuarenta y cinco años y la posibilidad de recontratarse es menor, mientras máyor es la edad. Entonces, la condena que le hemos echado a nuestros viejos, nos está alcanzando a pasos agigantados. La amenaza nos puede alcanzar, incluso si nos sentimos jóvenes y fuertes. En suma, todos vamos en el mismo barco.

La fraternidad solidaria es una pasión que abre los horizontes a un origen más profundo y a un destino más elevado. Debieramos afiliarnos a este pensamiento porque es correcto y conveniente. Ninguno de nosotros quiere verse en la condición de estar arrinconado, olvidado y en soledad. Nuestros viejos tienen tanto que ofrecer y si como dice Bergman, la vida es como una montaña, nos corresponde ayudar a subir a quienes tienen la fuerza física mermada. Y, puede que la vida les haya arrugado el rostro pero no debemos condenarlos al olvido. Como tampoco podemos dejar de ver que el reloj avanza parejo para todos.