El sol del verano sigue brillando fuerte. Cuando uno está de vacaciones no quiere pensar ni en la escuela ni el en trabajo. Nos alejamos de la cotidianidad para descansar, recargar las pilas y regresar a la vida diaria a cumplir con nuestras obligaciones felices y con entusiasmo. No hay peor cosa que una llamada del trabajo en medio del descanso ni tener que estudiar para un examen cuando los demás se están divirtiendo. Nadie quiere estar hablando de la oficina o de las clases cuando es tiempo de ocio. No obstante, un tema recurrente entre los jóvenes es el regreso a clases.

Siempre creí que volver a clases presenciales sería una ilusión en los jóvenes y caigo en la cuenta de que no lo es para todos. Me sorprende ver que si bien hay estudiantes que ya no soportan las clases en línea y están entusiasmados por regresar en forma presencial, también hay un grupo grande de alumnos que están retrasando el regreso a las aulas físicas y han decidido quedarse en casa. Uno se pregunta por qué los jóvenes salen a restaurantes, a la playa o a otros lugares y no quieren ir a la escuela. La respuesta es evidente: no se sienten seguros.

Ni el Estado ni las autoridades escolares ni nadie que esté involucrado en este proceso ha sido eficiente para hacer sentir a los estudiantes que estarán cuidados, protegidos y bienvenidos. Tenemos que asumir la realidad: la certeza de que no habrá contagios no se da con un golpe en el escritorio ni se genera por decreto. La escuela debe ser un espacio seguro y hay evidencias de que los contagios de Covid-19 van al alza. Y, también creo que hay otros tipos de razones que están contribuyendo a que los estudiantes prefieran el modelo en línea. No sólo tienen miedo del contagio, tienen miedo de entrar a convivir con sus compañeros. Este es un fenómeno mundial que se observa como un efecto de la pandemia.

Según Estelle Goli, de la Universidad de Harvard, hay estudiantes que están presentando resistencia a una serie de cambios que se darán cuando entren a clases. Incluso, los que no lo reconocen en primera instancia, pero que con un poquito de reflexión caen en la cuenta de que, además de tenerle miedo al Covid-19, hay reticencia a dejar la rutina que establecieron en sus casas. Volver significa levantarse temprano, bañarse, vestirse, salir de casa y entrar a un espacio que no conocen. A todos nos ha dado cierto temor entrar a un espacio nuevo, todos hemos sentido dolor de panza o cosquillas en el cuerpo, hasta el actor más experimentado siente que le tiembla la piel antes de volver al escenario.

Es preciso hacer que nuestros estudiantes se sientan seguros. Más que gritos y sombrerazos, más que arengas políticas y amenazas desde púlpitos del poder, tenemos que hacer que los jóvenes tengan ganas de regresar a clases. Cada estudiante quiere sentirse seguro, bienvenido, aceptado, valorado. Vamos, quieren sentir que formarán parte de una comunidad que los respeta y los espera para brindarles lo que ellos esperan: conocimiento, debate y un lugar en la sociedad. Nos encerraron de golpe y los quieren de vuelta igual. Pero, habría que entender que quedaron cicatrices.

Las escuelas e instituciones educativas deben construir un ambiente de seguridad tanto física como psicológica. No bastan los geles antibacteriales y los cubrebocas. Para volver, la comunidad estudiantil debe sentirse tranquila. Eso no se logra poniendo a los profesores como carne de cañón a ir a dar clase con careta y cubrebocas, atendiendo a personas que están en forma presencial y en línea a la vez. Las experiencias de quienes ya lo han vivido no son gratas y eso, más que mejorar la situación, la empeora. Tampoco ayuda ver que para ingresar a un recinto educativo hay más restricciones que para entrar a la bóveda de Fort Knox. Tanta barrera desinhibe y marchita las ganas de entrar. Intimida, pero es lo que hay.

Por lo tanto, en este regreso a clases que será tan peculiar, habría que ser más amigables y buscar acciones que muestren apoyo a quienes se sienten temerosos. Al final, tarde o temprano tendremos que recorrer el camino. Si esto es así, es necesario contribuir a que nuestra vuelta sea segura y agradable. Lo mismo por los que regresan a las aulas universitarias y los que lo harán a salones de preescolar.