Un modelo educativo para el regreso a las aulas

A unos días de que cierre este fatídico año pandémico, la educación registra ya sus primeros cuatro meses de aventura presencial híbrida, mezclada con un porcentaje de alumnos más autodidacta que asistido. Esta semana se cierra el primer periodo escolar para dar paso a las vacaciones de Navidad y Año Nuevo, pero también se cierra la oportunidad de analizar el estatus de las variables más significativas de la enseñanza.

Como se ha venido anunciando, a reserva de que la estela fatídica de la última mutación del coronavirus obligue a nuevas restricciones sanitarias, en enero del 2022 ya deberá incorporarse la totalidad de alumnos en una dinámica presencial atípica. Sin embargo sería interesante conocer el proyecto educativo que la SEG habrá de adoptar para el abordaje presencial, ya que hasta ahora sólo se ha puesto atención al rubro logístico de los protocolos sanitarios.

Al decretar el llamado total a la presencialidad escolar, sería ideal que padres de familia, estudiantes, docentes y sociedad en general, tuviéramos acceso al proyecto integral de la recuperación educativa, que contemple entre otras cosas el diagnóstico académico y psicosocial, la preservación de la salud e integridad física de los alumnos, las condiciones de infraestructura material de las escuelas y la disposición de recursos didácticos y tecnológicos auxiliares del acto de la enseñanza.

El cuidado de lo anterior, se reviste de capital importancia para optimizar los procesos sustantivos de acceso al conocimiento y desarrollo de la personalidad, sin descuidar los vacíos o brechas de aprovechamiento, los ajustes curriculares necesarios para una nivelación académica adecuada y la implementación de un cuadro de estrategias psicoafectivas que determinen la situación de los factores de riesgo emocional y el contrarrestarlos fortaleciendo los factores protectores.

Después de 21 meses de sujeción de los procesos educativos a modelos improvisados y emergentes sin programaciones adecuadas de impartición de clases, sin recursos didácticos apropiados para el aprendizaje en soledad y ausencia docente, sin instrumental tecnológico que garantizara los indicadores mínimos para una eficiente educación a distancia y sin programas curriculares pertinentes para la modalidad invocada, el recuento de daños es obligado si se quiere atender responsablemente un regreso responsable que valga la pena de acuerdo con el peligro que se ha decidido correr.

Hasta el momento y según las apreciaciones expresadas en redes sociales y corrillos escolares, el regreso parcial no se ha matizado y enfocado a una nueva visión educativa, pues en lo académico se ha regresado a operar el proceso enseñanzaaprendizaje bajo la dinámica y modelo de antaño, como si los ya casi 2 años de relajamiento escolar nada significaran y las brechas de aprendizaje fueran un juego de la imaginación. A este momento nadie se ha detenido a medir condiciones y riesgos en los rubros sustantivos de alcance de conocimientos y personalidad, de la dimensión de pérdidas académicas producto del abandono escolar, la deserción, el duelo familiar de los casi 14 mil hogares que registraron alguna pérdida por el virus o los que son asfixiados por el desempleo o la inseguridad.

Asimismo es necesario que el diseño del proyecto educativo oficial contemple las condiciones y competencias profesionales del magisterio, para abordar eficientemente la recuperación de los estándares escolares y abatir los rezagos existentes en el menor tiempo posible. Por lo que para el logro de lo anterior, el Secretario de Educación ya debería “acuartelar” a su equipo de asesores y expertos en su sala de crisis o cuarto de guerra, para elaborar el proyecto trascendente del regreso presencial a las aulas, sí se puede hacer y es materia obligada, pues el tiempo apremia y el 2022 está a la vuelta de la esquina.

La educación es el baluarte de la conquista del futuro y el compromiso gubernamental del éxito.