Para muchos estudiosos de las ciencias sociales, la política es la ciencia por excelencia, pues a través de ella, se busca la convivencia armónica del ser humano. Si partimos de ese supuesto, la política debe convertirse en la principal preocupación de la sociedad en su conjunto.

Empero la política, frecuentemente, ha sido colocada por debajo de los intereses crematísticos y, con ello, colocado sus actores en el mercado. Quienes se dedican a hacer las veces de los políticos, sin serlo, utilizan la ciencia del mercado para “posicionarse” en una conciencia viciada, que acepta que la política sea subordinada a la simulación y, siendo así, pierda su importancia capital en el desarrollo del ser humano.

La política ha encontrado su mejor desarrollo en la democracia, práctica política que encuentra dificultades en el desarrollo desigual de la población, con cultura tan dispareja que oscila entre el analfabetismo y el posdoctorado.

La política debe tener como preocupación fundamental el arraigo y la evolución del proceso democrático. La población debe ser educada desde que tenga “uso de razón” en la defensa de la democracia como forma de vida, que se proponga como finalidad esencial, el apego a los valores de empatía y solidaridad.

La solidaridad y la empatía, son valores que no suponen en el otro la esperanza o a exigencia de la reciprocidad, sino que funda su valor, en la vigencia universal de su aceptación, la contraprestación, que el individualismo demanda para sí.

Ausente la exigencia de los valores condición, la política se convierte en un juego de intereses en los que los postulados doy para des y hago para que hagas, de convierten en leyes que, si bien rigen otro tipo de relaciones, en el caso de la política, revierten sustancialmente su finalidad.

Para fortalecer la acción social en la política es necesario reeducar a la población para que promueva la vigencia de los valores mencionados en todas la actividades relacionadas con la vida pública, de tal manera que quien tenga una visión mercantil se realice en ese campo, promoviendo el desarrollo de la iniciativa privada; pero que los políticos sean capaces de un comportamiento tan elevado como los héroes y que, si bien, no tengan que ofrendar su vida, no expulsen de la noble función, a quienes su comportamiento los acerca a la virtud cívica.

El político debe sacrificar muchos apetitos, que dominan las orientaciones mercantil y explotadoras del carácter, para regirse por conductas derivadas de la empatía y la solidaridad, que son actitudes que reafirman la legitimidad de quienes aspiren o actúen en el desempeño de las funciones públicas.

La violencia social, deriva de la injusticia en el reparto del afecto, para impulsar el desarrollo humano. El afecto debe prodigarse desde el cultivo de las normas de trato social, hasta el acatamiento de las normas éticas que elevan y justifican la condición humana.

Probablemente debemos reflexionar a profundidad, en qué medida la esperanza fallida de libertad, ata a la sociedad contemporánea, con descomunales grilletes.