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Toledo y su protesta a través del barro

Juana Adriana Rocha

Guanajuato.- El 5 de septiembre de 2019, México perdió a Francisco Toledo. Gran artista plástico, activista e impulsor de jóvenes que perseguían las mismas inquietudes.

“Rasúrate y peínate”, reveló que le aconsejaron en su primera exposición importante en 1964, en París. También confesó que no recordaba qué obras presentó entonces.

Tamayo, el mecenas

En su adolescencia, Toledo estudió en la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca. Ese fue su primer acercamiento a Rufino Tamayo, quien criticó los métodos de enseñanza del lugar.

La familia lo envió a la Ciudad de México a los 17 años, para que desarrollara su talento. Un pintor, conocido de la dueña de la pensión donde vivía, fue su enlace con la galería de Antonio Souza.

En ese lugar exponían personajes de la talla de Leonora Carrington y Rufino Tamayo, quien otra vez aparecía para guiarlo.

En 1960, protegido por Tamayo, Francisco Toledo viaja a París, donde logra triunfar y vender sus obras a grandes coleccionistas.

Vivió en Barcelona, Nueva York, CDMX, lugares donde exploró el grabado, la pintura y la escultura.

Pero su personalidad, su espíritu sencillo, no estaban hechos para el lado frívolo del mundo del arte. En 1992 se instaló de forma definitiva donde todo comenzó, en Oaxaca.

Los 43 papalotes

Toledo siempre puso su voz y su arte a disposición de las causas sociales. Protestó contra la instalación de monopolios, contra la producción del maíz transgénico, financió más de 40 comedores comunitarios.

Sin embargo, la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa fue un episodio que lo impulsó a una de sus acciones más recordadas.

“Es una vergüenza que no tiene nombre. Los políticos quieren que se pase página, pero esa página no se podrá pasar nunca. Queda para la historia de la infamia”, declaró en 2015 a El País.

Meses antes, había diseñado 43 papalotes en los que plasmó los rostros de los estudiantes, y los elevó en el cielo oaxaqueño con ayuda de niños de una escuela primaria.

Duelo por los ausentes

En 2015 llegó al Museo de Arte Moderno (MAM) la muestra ‘Duelo’. La exposición fue un fenómeno por dos motivos: era el regreso de Francisco Toledo a dicho recinto después de 35 años; en aquella ocasión no exhibió pinturas, sino piezas de alfarería a la alta temperatura.

Noventa y cinco esculturas de arcilla, barro y porcelana, elaboradas en el reconocido taller ‘Canela’ de Oaxaca, fueron trasladadas a la capital del país.

La muestra, dedicada a las desapariciones en México, conservaba el sello de Toledo: los animales como arañas, monos, pulpos y perros, pero combinados con elementos que remitían a la sangre y la tortura.

El artista trabajó cada pieza sin un diseño previo, al azar, dejando que sus manos decidieron sobre la marcha.

“Elige la cerámica para hacer una especie de metáfora, utilizando elementos naturales, haciéndolos pasar por una especie de quema, que podemos asociar efectivamente al dolor”, explicó Marisol Argüelles, la entonces subdirectora del MAM.

Algunas de las figuras de ‘Duelo’ eran semejantes a urnas fúnebres. Tal vez, sólo en tercera dimensión y a través de colores violentos, Toledo fue capaz de transmitir lo que le hacía sentir la tragedia, la ausencia, las desapariciones.

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