Cabalgando a todo galope, cual brioso corcel, esta semana se disparó en el país la ola de contagios de manera por demás alarmante. Se dice, datos en mano, que ya estamos en condiciones de mayor riesgo debido a la rapidez con la que la variante Delta hace víctima a poblaciones que incluyen niños y jóvenes.

Sorpresivamente la cifra de infectados menores de 20 años se ha triplicado en el estado y, aunque somos de las entidades que mantienen el semáforo amarillo, el riesgo de ser desbordados por el virus es latente. En la actualidad el mundo observa con preocupación un fuerte incremento de contagios, de hecho, ya registra más de 193 millones de infectados y más de 4 millones de fallecidos, mientras que el país da cuenta de más de 2 millones 700 mil contagios y casi 238 muertos.

A este día la mitad de los estados en nuestro país han regresado al semáforo anaranjado y uno incluso al rojo, nada menos el jueves pasado se registró un nuevo máximo de contagios con 16 mil 244 nuevos casos y 419 fallecimientos, lo que amenaza con convulsionar nuevamente al sistema hospitalario de relajar las medidas sanitarias. Ciertamente que el índice de vacunados ha evitado que la cantidad de infectados y fallecimientos sea mayor, pero la población de menores de edad y la no protegida está enfermando.

Bajo este contexto es seguro que la tercera ola, impulsada por la variante Delta, sea una amenaza alarmante y de alto riesgo, pero el ambiente festivo de la reactivación económica y las ganas de volver a la escuela generan un falso imaginario de resignación y negación al peligro. Ahora que la capacidad de asombro y pánico ha sido asimilada por una engañosa sensación de que lo peor ya pasó, la posibilidad de que los descuidos y el incremento de interacción social favorezcan la dispersión intensiva del virus es de altísimo riesgo.

La pandemia está de regreso y el fantasma de la muerte se cierne acosador, aprovechando que nuestra memoria histórica parece desactivada, anidando en el olvido las severas convulsiones sanitarias a las que nos sometió hace apenas unos cuantos meses. Así las cosas y ante nuestra negativa a aprender de la historia, estamos condenados a ser abatidos por la repetición de los hechos.

Ciertamente que, aunque las circunstancias sean diferentes, la pandemia de la Gripe Española ocurrida ya hace un siglo y con un estimado de 50 millones de muertos, muchas enseñanzas dejó a la humanidad, pero volvemos a cometer los mismos errores y ya invadimos plazas y calles, ya tenemos feria estatal de verano, vacaciones y olimpiadas, pero el enemigo sigue en el aire y la ruleta rusa dando vuelta. Hoy nuestro gobierno debería replantear la crisis y prever escenarios de pánico, con la finalidad de privilegiar la seguridad y salud de la población, sin sacrificar la planta productiva ni la economía de manera contundente.

La prudencia gubernamental obliga a incorporar una variable de alta significancia en la Actualización del Programa de Gobierno 2018-2024, ¿Qué hacer para contener las secuelas de la voracidad infecciosa del Covid en el desarrollo socioeconómico? ¿Qué estrategias o programas emergentes implementar para aminorar lo más posible las brechas educativas y tecnológicas que la pandemia nos dejará? ¿Cómo aprovechar este impasse para visualizar las nuevas vertientes que regirán el modelo futuro de los diferentes rubros del gobierno, la sociedad y las actividades productivas?

Ahora que se verifica una nueva batalla, quizá más encarnizada que las dos ya superadas, se debería considerar el endurecimiento de las medidas sanitarias y los protocolos de cuidado y autocuidado, que sin caer en el extremo de medidas de choque y contención del siglo pasado prevean la urgente necesidad de protección y salvaguarda de nuestros niños y jóvenes, ya que éstos además de ser el futuro de la humanidad, son la población sin vacunar

Las crónicas de esta pandemia, serán las memorias que heredemos a las generaciones futuras.