“Tatau” es la palabra que utilizan en Samoa para referirse a los tatuajes, herramienta cultural importante de esta sociedad en particular y que supone ser el origen de la palabra que utilizamos para este tipo de expresión artística. El arte del tatuaje es controversial para muchas personas, pero la realidad es que ha acompañado a la humanidad desde sus comienzos. No tiene nada de nuevo.

El registro de una persona con tatuajes se remonta hasta la fecha de cinco mil doscientos años de antigüedad, tiempos en los que “Otzi” el hombre de las nieves recorría las heladas tierras que en el futuro serían conocidas como Europa. Bautizado por el lugar donde fue descubierto, los alpes Otzal, “Otzi”, fue una persona que momificada por causas naturales, fue descubierto en 1991 con 61 tatuajes en todo su cuerpo.

Aparentemente muchas de las marcas que tenía en las articulaciones principalmente tenían un objetivo terapéutico, y su localización —principalmente en las piernas— nos permite reflexionar sobre el tipo de actividades que podría haber realizado durante un día común en la prehistórica tundra europea.

La cultura egipcia también tenía la costumbre de tatuarse y en este caso particular, las mujeres eran las principales protagonistas de la actividad. Amuletos permanentes con gran poder y significado acompañaban hasta la tumba el camino diario de las mujeres egipcias.

Más de cuarenta culturas antiguas de todo el mundo tienen algún tipo de relación con esta expresión cultural, íntima y permanente en la piel de sus integrantes. Algunas son expresiones de veneración y de gloria, mientras que otras son símbolos de castigo y humillación; sin importar la razón o el objetivo del tatuaje, indiscutiblemente si algo llega a ser parte inseparable del cuerpo, es porque su relación con la historia personal es innegable, indeleble como la tinta utilizada para recordarlo.

En la actualidad, los tatuajes causan cierta polémica y cuestionamiento, como si fueran algo muy nuevo o disruptivo aún cuando en muchos casos representan ese vínculo con nuestra identidad antigua y tribal, trasladada a una situación contemporánea y vigente donde expresamos con fuerza lo que somos y lo que creemos tan sólo con observar con detenimiento las expresiones grabadas en nuestra piel.

A veces de forma prudente y tímida, el tatuaje puede estar localizado en un lugar oculto de nuestro cuerpo, presente solamente para las miradas elegidas, donde el mensaje es muy personal y por lo mismo exclusivo para compartir con algunos pocos.

En otras ocasiones el tatuaje se convierte en un grito profundo que busca llegar a todos los posibles públicos y que no tiene intención alguna de ocultarse, pues está ahí para compartir con el mundo la identidad y filosofía de su portador.

Finalmente el tatuaje es una experiencia vivencial que comienza sellando un pacto doloroso con el que se compromete a llevarlo en su piel, pues el proceso de imprimir la imagen elegida requiere paciencia y templanza.

Después de cinco mil años desde que “Otzi” utilizara sus tatuajes para quitarse el dolor de las rodillas, hoy seguimos explorando su utilidad en nuestra salud a través de tatuajes que cambien de color si nuestra presión arterial, glucosa o colesterol se salen de los niveles recomendados, lo cual nos hace pensar si después de tanto tiempo realmente nos hacemos preguntas diferentes, y tenemos diferentes necesidades a las de nuestros ancestros.

Sin importar lo que representen los tatuajes para Tí, sí estás en contra, o sí quieres tatuarte una calavera o una flor —o ambos— no podemos ser ajenos al fenómeno cultural que representa para la Humanidad, siendo una forma de expresión artística íntima y personal que, sin lugar a dudas asegurará que la tinta en nuestra piel nos acompañará y definirá cómo sociedad por un buen rato.