En medio de cierta tranquilidad y visualizando una tenue luz al final del túnel, esta semana el mundo ha visto replegarse al virus depredador. Los otrora hospitales saturados de enfermos y los hornos crematorios ardiendo a todo gas, ahora se han visto vacíos, siendo en verdad sorprendente que el pasado miércoles el hospital civil de Guanajuato no registrara un solo paciente de coronavirus.

Asimismo, resultó gratificante ver que las noticias de algunos diarios del estado resaltaran que las camas de las áreas especializadas en atención a pacientes de Covid lucieran vacías y que la tregua diera un descanso a los héroes de la salud. Ciertamente existe la sensación y la evidencia de que la pandemia ha bajado su intensidad en cuanto a contagios y defunciones, en nuestra ciudad, estado y país, pero aún no lo hemos vencido.

De pronto pareciera que las vacunas, las oraciones, la capacidad de adaptación del cuerpo humano, la resiliencia social o la disciplina al adoptar las medidas sanitarias de uso de cubrebocas, higiene y sana distancia surtieran efecto y el virus comenzara a ser domado. De pronto dejamos de leer en redes sociales llamados desesperados de ayuda para encontrar tanques de oxígeno, de cadenas de oración por la salud de un contagiado, de esquelas y condolencias por algún familiar fallecido por el Covid-19.

Hoy para la federación ya no hay estados en semáforo rojo y en amarillo únicamente la mitad de entidades, luciendo a 15 estados con pandemia casi superada y ya en color verde. Así, aunque la pandemia no se ha extinguido, sí ha bajado significativamente su impacto en la salud colectiva, dejando en simple amenaza la tercera ola tan anunciada.

Con la pandemia en franco retroceso hoy debemos prepararnos para asumir el regreso de la vida, si no en pleno sí con restricciones menores y con el aprendizaje de que ante el ataque de un virus desconocido, ni la ciencia ni la tecnología evitaron que el mundo se detuviera. Hoy debemos prepararnos para volver a las escuelas, las oficinas y calles, sin olvidar que en el año que llevamos en confinamiento fuimos dejando sembrados en el camino a casi 3 millones y medio de personas que cayeron abatidas mortalmente.

Para salir de plano a las calles y volver a abarrotar escenarios, plazas, estadios, restaurantes y hasta bares no debemos abandonar lo aprendido, no debemos dejar de usar cubrebocas, ni el gel antibacterial, evitando en todo momento las muestras de afecto con saludos, besos y abrazos, ya volverá ese momento. Ya viene el momento de los encuentros familiares y sociales, de los pesares y ceremonias solemnes en memoria de nuestros muertos.

Pronto también abrirán los templos, para orar en la casa del Padre agradeciendo la vida y la suerte de superar la pandemia sin haber caído víctimas de ésta. Pronto la vida volverá a brillar en cada rincón, volverán las fiestas, los eventos, las carreras a la escuela, los días de supermercado, las jornadas laborales y un sinfín de actividades.

Volverán las risas, los viajes, las bodas y los XV años, graduaciones y comidas, la alegría, lo cotidiano, pronto esto será el pasado y todo casi olvidado. Pero como en todo, no sólo lo bueno regresará, también por desgracia volverá la inseguridad, la violencia familiar, los problemas existenciales, el bullying escolar, las injusticias y seguirán imperando las promesas de campaña y un mundo convulsionado.

En fin, que la problemática social en lugar de replegarse y extinguirse volverá más fortalecida por los saldos del desempleo, el desgaste de la economía y los errores políticos que tienen al país al borde del colapso del estado de derecho y la armonía del poder. Esperemos que el calentamiento global no transmute al calentamiento social, la violencia no es solución ni es opción, México necesita paz no guerras ni división.

El fin último de la política, es lograr las condiciones para que la persona alcance su realización, no su destrucción.