Scarleth Pérez

León.- Al final de un camino empedrado, en las calles aledañas a la plaza principal de Santa Ana del Conde, un cimiento cuadrado, con apenas metro y medio de altura, grafiteado y rodeado de heces, conmemora la batalla en la que Álvaro Obregón perdió el brazo derecho. Ahí, en medio del que fue el campo de batalla en época de adelitas y revolucionarios, los santanenses olvidaron su historia.

El monumento a Obregón se localiza a espaldas de lo que fue el casco de la hacienda.

Los cuatro muros de cantera, una larga chimenea y un ausente techo a dos aguas, reciben imponentes, desde la carretera, a habitantes y visitantes de Santa Ana, comunidad del municipio de León.

Lo que queda del escenario revolucionario, todo fue dividido. Ya nada se conserva tal cual fue construido. La iglesia y una casa aledaña ahora pertenecen a los Misioneros de la Natividad de María; el granero yace abandonado y cerrado con candado, tiene otro dueño; el casco pertenece a la familia Alatorre y los viejos y gruesos muros perimetrales, a la entrada de Santa Ana, sirven a diferentes propietarios. Entre cada inmueble, se levantaron decenas de casas.

El hijo del hacendado

El casco se ubica frente a la plaza principal; fue comprado por el papá de Paul Alatorre, allá por los años ochenta, “por un millón o medio millón de pesos”, no recuerda bien.

La centenaria construcción no será destruida por decisión de los Alatorre, pero saben que, por la antigüedad, es imposible darle uso.

Los muros, con más de 20 metros de altura, delimitan el total del terreno, unos cinco metros se suman al frente del domicilio.  En toda la planta baja, al interior de los muros, la casa de la familia fue construida.

Paul, de 35 años, no conoce detalles de la historia de su casa. Incluso, de lo poco que la Revolución les dejó conservar, son anécdotas de voz en voz sobre el conde propietario de la hacienda.

“Dicen que era gusto del conde subirse a esa chimenea, -ahora es imposible, te subes y toda se tambalea-, y estando allá arriba veía a su alrededor y decía a sus empleados: todo lo que alcanzo a ver es mío. Por eso la llamamos Santa Ana del Conde, todo era del Conde”, platica Paul.

No sabe cómo se llamó el conde del que todos hablan. Sabe que los muros guardaron las risas y el choque de las finas copas de las grandes fiestas que se celebraron en la casa. Por las noches, este peculiar eco a veces se escucha.

Pasadizos secretos

En Santa Ana, todos saben que en la hacienda había al menos tres túneles que conectaban con diferentes espacios. Todos tenían acceso por un lado del casco, pero el tío de Paul, propietario actual de esa zona, los tapó. El pueblo supo de una persona que en condiciones extrañas los pudo atravesar.

“Ese señor, ya falleció hace muchísimos años, a él le decían Miguel ‘el Chango’, porque todo el tiempo andaba sucio y tomado. Entonces, en una de sus borracheras se metió por allá (Paul señaló a un costado del casco). Solamente él sabe lo que se encontró, lo que miraría en el transcurso del camino, pero él se fue caminando hasta donde vio que alcanzaba a entrar luz y ahí el señor desesperado por salir, empezó a pegar y a pegar ya desesperado. Entonces un señor o una señora, que trabajaba en el Seminario lo escuchó y le abrió, al parecer, salía a la cocina esa puerta, que además estaba tapada y el señor salió todo sucio y que solo gritaba que ‘el diablo y el diablo’. La persona que le ayudó creo se enfermó del susto de verlo salir de ahí”, platicó Paul.

El brazo de Obregón

El joven apunta que en Santa Ana ya no hay adultos mayores que recuerden los hechos revolucionarios, en el pueblo solo quedan anécdotas de momentos extraordinarios. Y el casco, a sus espaldas, aún guarda los orificios de bala, asegura Paul.

Otras jóvenes, que caminaban por la plaza principal, se limitaron a responder con un “sí aquí perdió el brazo Obregón”, pero no pudieron relatar sobre el acontecimiento.

Sin embargo, Hugo, el de la tienda a un costado del abandonado granero detalló sobre el “cañonazo, que rompió la ‘Puerta de Trancas’, de la cual una astilla amputó el brazo al después presidente”, ya no platicó más, únicamente confirmó la versión de Paul sobre los túneles.

Muchos conocen el hecho, pero no su ubicación en la línea del tiempo de la Revolución Mexicana.

La batalla

Álvaro Obregón llegó a la Presidencia de la República sin el brazo derecho, en 1920. Cuatro años antes, en los primeros cinco días de julio de 1916, en un enfrentamiento en la Hacienda de Santa Ana del Conde, resultó herido de gravedad, su brazo fue imposible de rescatar.

Álvaro Obregón es el nombre oficial de la comunidad que los leoneses conocen como Santa Ana del Conde. A unos 45 minutos de distancia en vehículo, al sur de la ciudad zapatera, el pequeño poblado fue escenario de una de las batallas épicas de la Revolución Mexicana.

En tierras guanajuatenses, Obregón, al frente del ejército constitucionalista de Carranza derrotó con menos de la mitad de hombres a los de la División del Norte, zapatistas liderados por Francisco Villa. Lo único que Obregón perdió en el enfrentamiento, fue el brazo derecho. En ese combate, Villa fue derrotado.

El tomo de la enciclopedia ‘Imágenes y Recuerdos 1909-1920’, documenta que una granada villista cercenó el brazo de Obregón, el cual le fue retirado por completo en Celaya.

Tras perder esta y otras cuantas batallas Francisco Villa dejó de encabezar la División del Norte, solo fue cuestión de tiempo para que perdiera su fuerza militar, limitándose a combatir como guerrillero. De este modo, el gobierno carrancista pudo consolidarse en el poder y promulgar dos años más tarde, la Constitución Política que actualmente nos rige, registra un libro por el Centenario del Ejército Mexicano en el capítulo Batalla de Celaya (del 6 al 15 de abril de 1915).

Pocos son los santanenses que saben del hecho por el que su comunidad forma parte importante de la historia de México, en época de la Revolución.