Seguramente te ha sucedido que la vida te lleva por un camino diferente al que tenías planeado. Los planes son una extraordinaria herramienta para visualizar un resultado en el futuro, alcanzar nuestros sueños o simplemente llevarnos de un punto A a un punto B en nuestra vida. Los planes nos sirven para usar nuestros recursos de la mejor manera.

Y como sabemos, muchos de los recursos de vida que más valoramos son limitados, cómo el tiempo, la salud o el dinero. Para cuidarlos es importante planear.

Pensemos en el plan cómo lo que nos va a ayudar a mantener nuestro objetivo claro aún cuando las cosas vayan cambiando y los problemas lleguen. Después del plan necesitamos organizar los pasos que llevaremos a cabo para alcanzar nuestro sueño. Si no llevamos una organización — aunque sea básica—- de nuestros recursos, corremos el riesgo de quedarnos a la mitad del camino.

Ya que tenemos nuestro plan y organizamos nuestras tareas a realizar, sigue el paso más importante: Actuar.

Sin acción, no hay cambio y sin cambio no hay resultados, y pues el plan termina siendo una buena intención o un buen propósito.

¿Cuantas veces has comenzado el año con una idea o propósito importante para Ti? Estas sentado en la cena de año nuevo, convencido que vas a bajar de peso, comenzar a ahorrar o dejar de irle a ese equipo de fútbol que se la pasa perdiendo sin importar las horas que dedicas a ser buen aficionado frente a la televisión.

Comienzas Enero con toda la actitud, para alcanzar ese propósito y empiezas a hacer cambios que te llevarán al soñado objetivo. Normalmente no ha llegado Febrero cuando ya estás de nuevo sentado frente a la tele, con una cerveza en la mano y tu nueva playera del mencionado equipo, listo para afrontar otra derrota.

Recordemos que nuestro cerebro —acumulando siglos de evolución— no está diseñado para ayudarnos a dejar nuestras adicciones, o para alcanzar nuestros sueños; está preparado para ayudarnos a sobrevivir, ni más ni menos.

El problema es que la sociedad que hemos construido durante  siglos no tiene nada que ver con el entorno original donde estrenamos nuestro lóbulo prefrontal, cuando peleábamos por el territorio — y por las compañeras— de nuestros primos cromagnones.

La cada vez más compleja sociedad nos ha llevado a un constante proceso de adaptación que nos obliga a competir constantemente con los demás tan sólo para mantener nuestro estilo de vida,  definido por la misma influencia externa de los otros.

Y entonces al ser culpa de nuestro obsoleto cerebro, ¿debemos resignarnos a que nunca haremos ese viaje por el caribe? Todo lo contrario, lo que debemos hacer es salir de nuestra zona de confort.

La zona de confort es esa cueva imaginaria que nos mantiene tranquilos y sin cambios importantes en nuestras rutinas y hábitos. Los primeros estudios donde la zona de confort aparecía mostraban que cuando las personas realizaban actividades que les provocaran un grado de ansiedad moderado, alcanzaban nuevos logros, superando los problemas que se les presentaban.

Las personas que se aventuran fuera de la zona de confort  para entrar en una zona dónde pueden aprender algo nuevo tienen que enfrentar la resistencia de la parte primitiva de nuestra mente.

Nuevamente nuestro cerebro va a evitar que salgamos a esa zona de peligro —fuera de la comodidad de nuestra cueva— para ver si otra vez le podremos ganar la carrera al tigre. Al contrario, nos tratará de proteger y por eso detona todos los mecanismos de seguridad que tiene, entre ellos el miedo.

Podemos mantener un desarrollo saludable si planeamos nuestra salida de la zona de confort.

Primero decidamos que queremos lograr.

Ese sueño debe ser suficientemente alcanzable para que no nos parezca imposible y nos quedemos en la cueva,  pero también debe ser retador para que nos provoque esa ansiedad saludable que nos mueva al cambio.

El plan nos dará la motivación necesaria para comenzar y si hacemos nuestro plan a detalle, también te guiará a través de  los pasos que debemos dar para que finalmente lleguemos a cumplir nuestro deseo.

Para evitar que el cerebro intente protegernos y saboteé la expedición a lo desconocido, debemos tomar algunas acciones; cómo construir  hábitos y contar con algo que nos recuerde para qué queremos cambiar —cómo una frase en la pared, o una foto en el refrigerador.

Sobre todo, lo más importante es saber que a veces vamos a fracasar en el intento de salir de la zona de confort y que cuando eso suceda, seamos capaces de identificar lo que nos hizo retroceder, aprendamos y tratemos de hacerlo diferente en la siguiente ocasión.

Porque lo valioso de equivocarse está en intentarlo de nuevo, ajustando nuestro plan con algo diferente para buscar salir se la zona de confort una vez más.

Te invito a que des ese paso que has dejado pendiente, te aseguro que cuando lo logres te darás cuenta que lo que te alejaba de tu sueño existía sólo en tu mente.