Conocer de viva voz a quienes vivieron la Revolución iniciada en 1910, es a estas alturas, imposible; por tanto, es necesario acudir a las fuentes históricas, a las experiencias de otros pueblos; o reproducir algunas películas que lograron mostrar los horrores propios de los enfrentamientos a muerte, entre los protagonistas de guerras o revoluciones.

El interés por la historia patria o universal, debe trascender del conocimiento a la valoración de lo que, desde el punto de vista del individuo o la especie, ha significado la lucha a muerte, por lo bienes, del humano contra sí mismo, por los bienes. 

Después de conocer los episodios de la historia en donde matar es una consigna ineludible; quien se interese por el pasado, debe hacerlo con el fin de saber, si las confrontaciones, han contribuido a la evolución del ser humano o le han debilitado su potencialidad racional.

La razón, debe ser el instrumento guía para tomar decisiones tan importantes, como aquellas, en las que se imponga el dilema de privar de la vida a un semejante, para salvar la propia. Romper la prohibición de privar de la vida, para convertirlo, de mutuo acuerdo entre los contendientes, en un acto loable, habla por sí mismo, del grado de enajenación en la que  se han sumido prósperas civilizaciones, que abandonaron la convicción de que la vida es el valor fundamental, para la realización de todos los demás.

Enaltecer la violencia por encima de la paz, implica la preferencia de la locura sobre la salud mental. Si antes de declarar la guerra analizáramos la insensatez que implica la preferencia aludida y fuéramos capaces de valorar la convivencia pacífica, nunca volveríamos a enfrentarnos a muerte, unos contra otros.

La violencia interpersonal como la interestatal, implica el abandono del aprecio a los valores y el desatino de aceptar el suicidio de la especie. Lo mismo ocurre en la actualidad con la conducta generalizada, en la que valoramos superior, la posesión de los bienes, a la paz espiritual que trae como consecuencia, la práctica del respeto a la naturaleza esencial del prójimo.

La propensión a la violencia se genera en el interior del individuo, en la escala de valores que rigen, consciente o inconscientemente, su existencia. De tal manera que la solución no puede venir de fuera, sino de la reeducación del individuo, por mediación de una educación dialógica, que debe tomar carta de naturalización de las políticas públicas, si realmente deseamos volver a la normalidad auténtica, en donde los valores, ocupen el lugar de privilegio que ahora ha tomado en disvalor. 

La revolución de 1910, fue un evento desgarrador. Al discurrir, la historia ha mostrado que la cerrazón y desprecio por valores fundamentales como el derecho a la vida digna, al término de la confrontación, fueron recobrados en alguna medida, pero después abandonados. El ejercicio de la razón debe hacernos volver a la cordura, por la convicción,  de que sea la convivencia, fundada en la justicia y la equidad, quien devuelva la paz perdida. Reevolucionar hacia la paz, por la senda de los valores.