Urge acceder a la vida consciente

Sólo accediendo a la vida consciente podremos, como sociedad, arribar a estadios superiores de convivencia. Es evidente que las relaciones interpersonales son cada vez más conflictivas y derivan en conductas indeseables como el suicidio y el asesinato. Bueno será que en estos tiempos de matemáticas aplicadas pudiéramos, a partir de las élites, buscar un consenso para promover con expectativas de facticidad, políticas públicas para que una población creciente accediera al pensamiento crítico como forma de solucionar los graves problemas que nos aquejan.

La práctica dominante en el campo de la economía es uno de los factores generadores de enajenación social, pues a partir del consumismo nos alejan de la vida consciente en cuestiones de patrimonio, de vestido, de alimentación y del cultivo del espíritu. Sobre todo esto último, pues ¿quién piensa en cultivar el espíritu, con el estómago vacío y la nula expectativa de satisfacer la necesidad de casa, vestido, sustento, educación y recreación, elementos básicos para una vida orientada al desarrollo de las cualidades humanas esenciales?

La empatía deberá de pasar de la utopía a la convicción generalizada de la sociedad, para profundizar exitosamente en la conformación de la vida consciente. Debemos examinar las tendencias en materia de usos y costumbres, más allá del trillado concepto asignado a los “pueblos originarios”, para generar el pensamiento crítico desde la infancia, para acceder a la madurez, con un bagaje sólido que promueva la consciencia sobre la calidad de la especie humana.

Empero, pudiéramos estar de acuerdo en qué hace falta para comenzar a escalar en la vida consciente de la sociedad; pero juntos habremos de resolver el problema del cómo, del cuándo y del con quiénes, para que el propósito no sea reducido a la ocurrencia de gentes sin oficio, a cargo del destino de los esfuerzos de miles de gentes.

El ejercicio de la política deberá trascender de los calendarios a la intención firme, de enmendar el camino que lleva a la sociedad al suicidio sin pausa; no tan sólo de los individuos que deciden no continuar más por este “valle de lágrimas”, sino de una sociedad ajena al precipicio que le espera, si es incapaz de luchar con tenacidad y cabal conciencia, para eliminar el peligro que le destruye y del que espera se conjure por un milagro, sin realizar lo necesario para que ocurra.

Ser conscientes del peligro que como especie corremos, si eludimos la responsabilidad histórica que tenemos para con las nueves generaciones, debe ser nuestra capital preocupación; sin olvidar, por nuestro propio bien, que el daño más grande para el ser humano, es perderse a sí mismo.