Si todos ponemos el hombro, la cruz será llevadera

Los problemas, como las necesidades, son ilimitados en número, pero limitados en capacidad. Reflexionando bajo esa forma, no podremos encontrar la existencia con todos los problemas resueltos, pero sí atemperar su virulencia, utilizando el diálogo como instrumento permanente para la convivencia, que será menos problemática, en la medida que trabajemos todos por la paz, desde la trinchera cotidiana.

Haber utilizado la desigualdad sin límites para auspiciar el desarrollo económico fomentó desmedidamente el egoísmo que sentó sus reales en casi todos los países en vías de progreso económico, de tal manera que el sujeto apreciaba que cuanto mayor fuera la diferencia entre su patrimonio y el de sus prójimos, mayor sería su importancia en el seno de la sociedad, y esa coclusión le llevó entender la vida como una competencia sin límites. De ahí, la acumulación tomó dimensiones colosales y las consecuencias, entre otras, fueron la invasión de territorios donde la prosperidad era evidente.

Así miles de personas murieron tratando de evitar una realidad, en la que nacieron, pero que cambió de tal manera que para ellos fuera preferible la muerte a permanecer en donde nacieron.

En lo individual, es difícil crear condiciones para vivir en paz si la realidad no se transforma; si es imposible que la gente tenga acceso a casa, vestido, sustento, educación y recreación, o por lo menos, asegurada la comida para mantenerse vivos. Pero la cantidad de personas que no tienen asegurado el sustento diario, crece de manera exponencial.

No obstante, es imposible mantenerse ajenos al sufrimiento y percibir pasivamente la destrucción de las instituciones. La calidad humana, que aún deteriorada conserva parte importante de su esencia, reclama acción para paliar, por lo menos, las condiciones lamentables en las que se encuentra la mayoría de las personas con las que se convive o aquellas que languidecen a poca distancia de sus ojos.

Si cada uno de los que están en posibilidades, se empeñara en aliviar la miseria de una persona y se diera a la tarea de hacer suyo su dolor, probablemente pudiera cambiar esta realidad que amenaza la tranquilidad de millones que están cada vez más cerca la violencia que genera la miseria y el hambre, ya sea física o fisiológica.

Buscar soluciones y no propiciar enconos que no llevan a la cordura. Hacer todos juntos una alianza contra el sufrimiento, sin pretender aumentar la brecha entre unos y otros. Buscar que la desesperanza no destruya más vidas que creen encontrar salida perdiéndose en la locura; cuando para ellos debiera comenzar un ciclo de vida, es un llamado a la consciencia, mientras que nos abandone del todo.

La cruz que cargamos es cada vez más pesada, contribuyamos a que no aplaste más espíritus, a que no se pierdan porque nos falte caridad.