Reflexión ciudadana

La verdad histórica,  reconocida como producto dialéctico

La intelectualidad mexicana, tiene una deuda consigo misma y con la sociedad, pues la historia reciente la cuentan solamente los actores o quienes resultan beneficiados por los enemigos del México del milagro mexicano.

La mayoría de quienes tuvimos la oportunidad de asistir a la universidad, siendo hijos de trabajadores, sentimos un profundo respeto por el esfuerzo realizado por el pueblo de México, para fortalecer las instituciones que debieran contribuir a la evolución cultural del pueblo, que habría de mejorar las instituciones que generarían, una realidad capaz de ser vivida en paz y justicia.

Es probable que los que tuvimos la oportunidad de asistir a la universidad en la década de los sesenta del siglo pasado, hayamos olvidado que nuestro desarrollo social político y económico fue reconocido como el milagro mexicano. De este hecho, las nuevas generaciones sólo tienen una opinión parcial, cuando la hay, de ese episodio histórico.

La capacidad mostrada por nuestro país, para celebrar con toda dignidad la olimpiada de 1968 y el campeonato mundial de fut bol del año 70, fue, en su tiempo, motivo de orgullo para los mexicanos, que en esa época, respetamos y admiramos a nuestros gobernantes, quienes mostraron capacidad para cumplir y hacer cumplir la ley.

Gobernar, en serio, implica el riesgo de la censura. Cuando se aplica la ley, con frecuencia de tocan intereses poderosos, que hacen pagar con la fama o la vida a quienes se atreven a gobernar, siguiendo la letra y el espíritu de la ley.

Quien llega al poder con el afán de enriquecerse o tomar venganza, hace retroceder la evolución de la historia. El ciudadano debe ser precavido a la hora de juzgar la conducta de los gobernantes y evitar que, por temor o conveniencia, desistan de aplicar la letra de la ley y espíritu que la motivó.

Es probable que la sociedad haya juzgado el pasado inmediato de la vida política de la nación, atendiendo a intereses de poderes fácticos, comprometidos en detener la marcha evolutiva de nuestra historia y evitar que la nación se pueda convertir en actor importante de su futuro.

Repensar la historia reciente a la luz de una autocrítica rigurosamente lógica, es un imperativo que habrán de atender: los partidos políticos; los gobernantes; las cúpulas empresariales y religiosas y, los intelectuales, obligados a poner su esfuerzo al servicio de la evolución de la sociedad a quien todo deben.