Si nos asomamos a ver el panorama que nos muestra el semáforo de riesgo epidemiológico en nuestro país nos sorprenderemos al ver la cantidad de estados de la federación que ya se encuentran en color verde. Después meses de haber visto que el mapa del cuerno de la abundancia estaba pintado de rojo, hoy no hay un espacio que tenga ese color. Cero entidades federativas se encuentran en aquella terrible condición en la que se advertía que no se debía salir a menos que fuera estrictamente indispensable. Vamos en camino de pintar todo el territorio mexicano de verde.

Tres estados de la República tienen el semáforo en marca naranja, es decir, con la sugerencia: Si puedes, quédate en casa. Son Chihuahua, Tabasco y Quintana Roo. Quince marcan semáforo amarillo, es decir, hay más actividades posibles, pero se sigue haciendo necesario guardar precauciones. La capital de la República está en esta condición. Por último, el color verde que nos pide no olvidar la prevención y la precaución, pero ya es el umbral de la normalidad.

¿En qué situación estamos? Guanajuato está en verde. Según la información del portal de la Secretaría de Salud de Guanajuato, hay ciento treinta y dos mil ochocientos setenta y nueve casos de Covid-19 confirmados y ochocientos noventa mil trescientos sesenta y nueve vacunas aplicadas. Ahora sí, como dijera José Alfredo Jiménez, ya vamos llegando. Estaremos en posibilidades de reencontrarnos, de recuperar esa parte humana tan necesaria que es nuestro ser social.

Aristóteles sostenía que antes que ser seres racionales, somos seres sociales y en esta pandemia nos ha quedado claro. Algunos, a lo largo de estos tiempos tan difíciles, tuvimos la tentación de saltarnos las trancas, de reunirnos con amigos, de visitar a nuestros familiares, de vernos, de ir de fiesta. También, aprendimos a usar el tapabocas, a ponerlo sobre nariz y boca, dejamos de usarlo como gorro o como adorno de la barbilla y entendimos que es la mejor forma de protegernos. Nos desesperamos al usarlo, nos choca tener esa barrera que nos llevaba a aspirar nuestros propios vapores bucales, nos empaña los lentes y nos pica la nariz. Parece que no nos vamos a deshacer de ellos tan fácilmente.

Pero, ya lo tomamos con filosofía. Ya dejamos aquellos cubrebocas aburridos y empezamos a ponerles color. Hay de todos tipos: de diseñador, bordados, de colores, de broma. A mí me regalaron uno que tiene unos bigotes bordados y realmente es muy simpático. La ciencia va ganando conocimiento, los programas de vacunación en el mundo van avanzando y en México, a diferentes ritmos, cada vez hay más personas que ya fueron inoculadas. Hay una ilusión colectiva que nos llena el corazón. Volveremos a vernos.

Por fin, regresaremos a la vida estudiantil y académica presencial. Será en forma hí brida, iremos de poco a poco. Volveremos a nuestras oficinas y espacios de trabajo. Podremos visitar a nuestros viejos, ver a nuestros amigos, salir y recuperar vida. Nos reencontraremos. Valoraremos aquello que en enero del 2020 era nuestra cotidianidad y que, por tenerla, dejamos de apreciarla. No hay mejor dicho que aquel que nos lleva darle la justipreciación correcta a aquello que dábamos por descontado. Por eso, siempre que nos picaba la tentación de la ingratitud, los grandes nos decían: el pan ajeno hace al hijo bueno. Y si antes nos daba flojera ir a visitar a nuestra gente o nos sentíamos muy ocupados para reunirnos con las personas queridas, hoy nos causa una emoción inmensa.

Nos reuniremos, ahora sí, podremos reencontrarnos. Sin bajar la guardia, sin olvidar por lo que pasamos, sin malgastar la experiencia. Y nada más de imaginar esos reencuentros — son muchos los que tenemos pendientes— nos ponemos contentos. No es para menos.