Hay un toque siniestro en los tiempos que estamos viviendo. Salimos a las calles de cualquier ciudad o pueblo en la República Mexicana y el recuento pone la piel de gallina. Muchos locales tienen las cortinas abajo, una gran cantidad de negocios murieron en el intento de sobrevivir, no pocos empresarios fueron los que, al hacer números, cayeron en la cuenta de que lo mejor era cerrar que seguir agonizando y eso impacta directamente en la pérdida de empleos. Esperamos con ansias el momento en el que nos avisen que ya hay una vacuna lista y de inmediato reculamos. ¿Te vacunarías de inmediato o esperarías a ver?

De repente, ya no sabemos en dónde ponemos nuestras veladoras ni qué es lo que queremos pedir. Claro que todos anhelamos el día en el que podamos elevar el puño al cielo para celebrar la victoria de la ciencia sobre el virus. Pero, una cosa es lo que se logra en los laboratorios y otra lo que se conquista en las mentes de cada uno de nosotros. La reticencia es un fenómeno curioso que tiene patrones muy curiosos, casi tan indescifrables como el propio virus. Desde intelectuales hasta los menos preparados, entre ricos y pobres hay un porcentaje alto que prefiere seguir usando tapabocas antes de ponerse la vacuna.

Ya antes de que se desatara la pandemia de Covid-19, había una tendencia en cierto sector de la población que estaban en contra de las vacunas y decidieron que los efectos secundarios que traía el piquete era peor que lo que trataban de remediar. No se trataba de un grupúsculo pequeño de ignorantes, sino un conjunto creciente de personas. No me imagino las pesadillas que tendrán estas personas o si, de plano, ya se imaginan un futuro de tapabocas, desinfectantes, cloros y entornos sanitizados.

La lógica nos diría que, si estamos tan enfadados de estar encerrados, si estamos desesperados porque necesitamos salir a trabajar y reactivar la economía, haríamos lo posible por conseguir un remedio. Si ese remedio es una vacuna, habríamos de salir corriendo a ponernos la vacuna. Y no, no es así. Parece que nos podríamos dividir entre los valientes que se vacunarían de inmediato y los que manifiestan dudas. Hay recelos que no se resuelven con fórmulas químicas ni con experimentos en tubos de ensayo.

Una de las principales razones para no querer vacunarse al liberarse la vacuna es la duda: ¿qué tal si la del otro laboratorio es mejor? Hay miedo a precipitarse y tomar una decisión equivocada. Hay temor sobre el resultado que pueda devenir de una elección veloz. Los recelosos quieren ver lo que va a pasar, darse un tiempo para ver lo que les sucede a los valientes que sí se van a animar.

Claro que hay recelosos de todo tipo. Mientras unos hacen sus tablas de decisión otros valoran y otros, como los alemanes ponen un pie en el presente y otro en el futuro. Analizan con escrúpulo y paciencia antes de dar un paso, pero ya están haciendo planes para el momento en el que la vacuna esté lista. Parten de una premisa firme: la vacuna se va a liberar en cierto momento y tenemos que estar preparados. Por lo tanto, están haciendo planes de vacunación. Ya están decidiendo cómo será el programa de distribución: quienes irán primero y quienes después –la población vulnerable y el servicio médico son los que tienen prioridad–, como serán los puntos de vacunación, dónde estarán. En fin, están poniendo manos a la obra y centran su atención en lo relevante.

De todos los tipos de recelosos que existen, me gustan los que se aproximan más a ser precavidos que los que se van al extremo de la estridencia, el escándalo y la ceguera que lleva a la inacción. Tampoco, los que van por la vida sin hacerse preguntas y brincándose el filtro de análisis, para algo tenemos algo entre las cavidades parietales.

Tener dudas es inevitable, es la consecuencia de ser seres pensantes, inteligentes. Lo importante es saber que hacemos con ese recelo. Y, de ahí se desprende ese espíritu siniestro que deambula por las calles. ¿Te vacunarías de inmediato o esperarías a ver?