Opinión Parentalidad

¿Rebeldía adolescente?

Que la adolescencia es una etapa de rebeldía desenfrenada, un periodo de sufrimiento para las mamás y papás debido a la oposición intensa, constante y permanente que encontrarán por parte de sus hija e hijos, un momento de la vida imposible para educarles o guiarles debido a que nada de lo que se les pida encontrará eco, es una creencia que goza de vigencia significativa en nuestros días.

Pero, ¿realmente existe la rebeldía adolescente? ¿De dónde la percepción adulta de que las y los adolescentes son insoportables sólo por ser adolescentes?

Las investigaciones han dado respuesta a la primera pregunta desde hace varias décadas: no, no existe la rebeldía adolescente, no en los términos del primer párrafo de este artículo. ¿Entonces por qué se piensa lo contrario? 

Papalia, Wendkos y Duskin lo explican: la idea de la rebeldía adolescente puede haber surgido en la primera teoría formal sobre la adolescencia, formulada por el psicólogo G. Stanley Hall, quien creía (1904-1916) que los esfuerzos de los jóvenes por ajustarse al cambio cultural y a las exigencias inminentes de la edad adulta anunciaban un periodo de “tormenta y estrés”, originando conflicto entre las generaciones.

Posteriormente, Sigmund Freud (1935-1953) y su hija Ana Freud (1946) afirmaron que la “tormenta y el estrés” era universal e inevitable, y que nacía de resurgir de la atracción sexual temprana hacia los padres. Sin embargo, fue una antropóloga, Margaret Mead (1928, 1935), quien estudió la adolescencia en otras culturas, específicamente en las islas del Pacífico Sur, y concluyó que cuando una cultura proporciona una transición gradual y serena de la niñez a la adultez, la “tormenta y estrés” no es típica, no es la constante, observación apoyada más tarde por otras investigaciones llevadas a cabo en 186 sociedades preindustriales (Schlegel y Barry, 1991).

Papalia, Wendkos y Duskin señalan que es evidente que en la actualidad la rebeldía total adolescente no es una constante, ni siquiera en las sociedades occidentales. Aun cuando existen algunas y algunos adolescentes que muestran rebeldía total a la autoridad de las madres, padres y cualquier otra persona educadora, no representan una masa crítica. Algunos estudios arrojan que en realidad sólo entre el 15 y el 25% de las familias con hijas o hijos en esta etapa de vida informan tener conflictos significativos, y muchas de ellas habían tenidos problemas antes que las niñas y niños llegaran a los 13 años.

Significa, pues, que la “tormenta y estrés” ni es universal, ni es inevitable. O sea, su fuente no es biológica –aún y cuando los cambios hormonales que hacen un tanto más volátil la esfera de las emociones, su efecto parece pequeño–, sino que, de acuerdo con algunas investigaciones, las causas apuntan a los cambios en el desarrollo en la regulación emocional, a la agresividad y búsqueda de sensaciones y a la privación de sueño, que a menudo se origina en la discrepancia entre las necesidades de sueño variables de las y los adolescentes y sus horarios escolares (¿sabías que después de pubertad la secreción de melatolina, hormona que induce el sueño, se realiza a horas más altas de la noche, lo que hace que las y los adolescentes necesiten dormirse más tarde y despertarse más tarde? Lo paradójico es que deben levantarse muy temprano para acudir a la escuela, o tomarla de manera virtual en época de pandemia). 

El mito de la rebeldía adolescente apareció hace poco más de un siglo y aún se conservan muchos vestigios debido a que impera la cultura adultocéntrica y patriarcal, la cual plantea expectativas de docilidad y obediencia incondicional hacia las personas adultas. De ahí que la mínima manifestación de desacuerdo por parte de las y los adolescentes se siga interpretando como rebeldía extrema, sin causa ni razón.

Lo que sostiene el mito de la rebeldía adolescente (con connotación negativa) es la cultura impuesta por las personas adultas, la cual se resiste al derecho de toda persona adolescente a opinar y participar en los asuntos que le afectan, a plantarle cara a la autoridad de las y los adultos cuando esta resulta injusta, irracional o errada. 

Para sepultar el mito de la rebeldía adolescente sería conveniente dejarles de criticar, sermonear, imponer, controlar y juzgar, y, en su lugar, observarles, preguntarles, escucharles, acompañarles, facilitarles oportunidades para que desplieguen su creatividad, alentar sus iniciativas y apoyar sus manifestaciones y denuncias, es decir, practicar una autoridad que les ayude a crecer, a ser más y mejores seres humanos y dejar atrás el autoritarismo.

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