Ahora que las tecnologías de la información proporcionan una posibilidad de conexión a gran escala entre los miembros de una pareja, aparece una pregunta que se torna pertinente: ¿a qué nivel es conveniente mantenerse conectados en el día a día?

Antes de la aparición de los teléfonos celulares la pareja (o alguno de los dos miembros) salía por la mañana de casa, se despedía y volvía a verse al final de la jornada (o a la hora de la comida, para luego regresar al trabajo y reencontrarse por la noche). El espacio de pareja y el espacio individual era una constante. Por lo que en cada reencuentro había cosas para compartir. Con cada separación la relación se oxigenaba.

Con la aparición de la telefonía celular aumentó la posibilidad de mantener contacto a la distancia, en medio de la jornada laboral. Pero la llegada y accesibilidad al internet, a las redes sociales y a los diversos dispositivos tecnológicos permitió mantener un nivel de conexión total. Esta posibilidad de los últimos tiempos plantea el reto de aprender a utilizarlos de la mejor manera.

No obstante, se aprende con base a ensayo y error. Si antes de esta tecnología, las parejas se despedían por la mañana sin expectativa alguna de saber uno del otro sino hasta que volviesen a encontrarse presencialmente, la posibilidad de conectarse paulatinamente fue aumentando la expectativa de mantenerse en conexión permanente.

“¿Por qué no me mandas un mensajito durante el día? ¿Acaso no piensas en mí?” Paulatinamente se fue instituyendo la costumbre de enviarse primero un mensaje, después dos, después más (en función de la exigencia de cada pareja) durante el día.

El WhatsApp terminó por consolidar las relaciones conectadas de manera permanente. Anteriormente el mail tenía la característica del correo postal: el remitente hacía su envío y quedaba a la espera de que el destinatario lo leyera y respondiera cuando pudiera o cuando así lo deseara, y no había problema, pues no existía una exigencia de respuesta inmediata (para eso se seguía utilizando el teléfono). Pero con el WhatsApp apareció la expectativa de respuesta inmediata. Sacrilegio dejar el mensaje en visto, porque tal cosa se toma personal. Hicimos de este medio una tiranía.

Con este tipo de recursos las parejas han ido aumentando su expectativa de conexión, convirtiéndola en exigencia. Ahora se pretende que se informe cada paso que se da o que no se da. En ocasiones el motivo suele ser la seguridad, en otras simplemente es por costumbre y en otros casos se trata de un asunto de control (explicitado o velado).

La pregunta es: ¿Qué tan útil, conveniente o benéfico es llevar a este extremo la conexión en la relación?

No debemos olvidar que los humanos somos seres semigregarios, es decir, gozamos tanto de la cetrcanía como de la distancia y la soledad. Si de la pareja se trata, nos emparejamos para vivir en compañía, claro está, pero no las veinticuatro horas del día, pues tal cosa resulta asfixiante.

Y es que, a mayor cercanía e intimidad en la relación, mayor posibilidad de darnos cosas buenas, pero también mayor posibilidad de darnos cosas malas. Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre, dice el refrán.

Los individuos necesitan espacios de soledad, espacios para socializar con otras personas, para vivir experiencias diferentes a las que aporta la convivencia con la pareja. La vida no se reduce a una sola esfera.

La pareja se nutre de los momentos de convivencia y encuentro en la medida que tienen algo que contarse al reencontrarse. Si su vida transcurre en conexión permanente a través de los medios remotos, ¿de qué hablarán cuando se reencuentren?

El deseo surge ante la ausencia. Sí, es ese ir y venir individualmente a la vida con sus experiencias, actividades, aventuras y retos lo que acumula experiencias que luego han de ser contadas a la pareja para nutrirse de la experiencia individual.

Cada pareja ha de decidir su propia dinámica en función de sus propias necesidades y motivaciones, sin olvidar que el corte que proporciona la convivencia-separación-reencuentro enriquece la relación al aportarle la novedad.