Es deseable que el relevo político se dé en paz, para iniciar una época nueva en las relaciones sociales. Los cambios pertinentes, no vendrán por arte de magia, en el momento que los relevos accedan al desempeño de los cargos públicos; si no media convicción creciente, entre quienes conducirán el rumbo de las instituciones, para conceder viabilidad al principio de legalidad.

No es posible reorientar la marcha de la sociedad, si media indolencia por un lado y, por otro, ambición de los poderosos que hagan inútiles los esfuerzos de los ciudadanos de buena voluntad, para combatir las causas del sufrimiento, en aumento, que padece la sociedad.

Combatir científicamente y con actitud altruista, las causas determinantes de la pérdida de salud mental, entre la población, es sin duda el quehacer prioritario que deban realizar los políticos, para que la generación en el desempeño del poder público, justifique su trabajo, de manera especial, ante la propia conciencia, pues el elevado número de indolentes, nos convierten en una masa amorfa susceptible de ir a cualquier lado, incapaz de reclamar en justicia, menos aún, por el camino de la cordura.

Crear condiciones, para que la generación que ejerza el poder público, encuentre campo propicio para evitar esta guerra en el seno de la sociedad, que destruye sin pausa la paz y la tranquilidad; que perdidas, no tendremos asideros para avizorar camino que pueda conduciros a puerto seguro.

Debemos tomar conciencia, para evitar que se dé la ruptura sin retorno, que tardaría generaciones en sanar. Son abundantes los casos en la historia universal, que nos narran esa locura, de tal manera que, aceptemos la posibilidad de caer en las condiciones que, en otras latitudes, han sacrificado generaciones completas, sin salir del conflicto.

Debe bastarnos la desdicha que padecen las nuevas generaciones a causa de la inseguridad, para que tomemos en serio el ejercicio del poder público, y, hagamos todo lo necesario, para volver a las instituciones por el camino seguro de los valores, en los que tuvieron fundamento su origen.

La paz social es condición sin la cual no es posible intentar, con seriedad, el cambio hacia la vigencia de los valores; pues contra ellos, no hay viabilidad, para una sociedad en donde la felicidad, sea utopía sin posibilidades de salir, más allá, del discurso académico o político.

Los valores deben practicarse en el seno de la familia, desde siempre. No podrá nacer la confianza en medio de una sociedad acostumbrada a mentir, si su clase política, practica la simulación como salida; en tanto logra el botín que le animó a correr el riesgo, de ser condenado de por vida, por su propia conciencia.

Reestructurar a la sociedad para cubrir la disfunción de la familia, no es asunto fácil, menos aún, si la improvisación accede a la cúpula del poder, de donde se hacen derivar las instituciones, para remediar la crisis social. Tenemos que perder el miedo a confesar lo que habremos de hacer, para que las generaciones que vengan detrás, no encuentren en la hipocresía, la respuesta a la angustia generada por una sociedad insensible, enajenada por sus propios prejuicios. 

Procuremos que el diálogo en paz, encuentre solución a nuestros problemas, comenzando por lo más difícil, lograr acuerdos en lo fundamental.