La mesa del rincón Opinión

Polvo eres…

Esta semana con la conmemoración del miércoles de ceniza, dio inicio la etapa preparatoria para la Semana Santa, segunda de la pandemia. Así, el miércoles pasado resonaron lacerantes las palabras que inauguran la Cuaresma: “Recuerda muy bien que eres polvo y en polvo te has de convertir”.

Bajo esta sentencia religiosa se rubrica la cuarentena del Señor en su vivencia purificadora del ayuno del desierto, preparación para fortalecer el espíritu y soportar la tormentosa pasión. Pero de igual forma, esta ocasión la sentencia rememorante del principio y fin de la humanidad, origen y destino de la vida, resuena dolorosa por la vivencia de la pandemia y las secuelas hostigantes que para la vida en sociedad nos ha traído, incluso el simbolismo trasciende la tristeza y depresión humana por la pérdida de un ser amado, del cual únicamente sus cenizas nos quedaron.

Con la estela de sufrimiento carcelario y de una vida social entrecortada, hoy se vive un presente sin futuro determinado, un presente que puede ser contundente y absoluto, como un aliento desesperado en un mar embravecido que ahoga y mata. Hoy la vida es tan incierta que sintetiza en un solo momento nuestro presente y futuro: polvo eres y ahora más que nunca en polvo te puedes convertir.

Así, esta pandemia nos ha servido para toparnos de forma por demás agresiva y violenta con nuestra propia debilidad, nuestra tenue y relativa existencia, con lo frágil de nuestro ser y lo simple de nuestra esencia, polvo el origen y polvo el fin. Esta desagradable experiencia sanitaria, nos obliga a hacer un alto y reconocer que la fortaleza vana y la soberbia humana que nos hicieron creer los dueños del mundo son falaces, son ilusas fantasías, que en realidad son llamadas a entender que nuestra existencia pende de la armonía interactiva con otros seres, con la salud del entorno.

De alguna forma hoy, con un campanazo testimonial de 110 millones y medio de contagiados en el mundo y 2 millones y medio de fallecidos, el destino azaroso de este juego de muerte y dolor clama justicia divina por las conductas lapidarias del ser humano contra sí mismo y contra la naturaleza, que debiera servirle para ser mejor y trascender como ente racional. Hoy debiera reinar el aprendizaje y la construcción de un modelo donde el hombre transite por el mundo como una comunidad solidaria que desarrolle a todas las razas y culturas, sin la explotación económica, política o comercial, sin el abuso del hombre sobre el hombre.

Quizá este paréntesis existencial, debiera servir para conjuntar al género humano como un todo proactivo que fomente la paz y armonía, progresando todos juntos, sin egoísmos, sin codicias por abusar de los vulnerables, sin el dominio aberrante de un país sobre otro, sin la pandemia hostigante de pauperizar a una sociedad con dictaduras socialistoides o de someter comercialmente a los menos favorecidos con el imperio del capital sobre la piedad humana.

Esta semana ha comenzado el tiempo de reflexión, del enfrentamiento del ser y su escuálida naturaleza con las condiciones reinantes de suspenso y confinamiento, es oportunidad para pensar cómo recomponer nuestra historia. Ahora es tiempo de reflexión, de contrición por los errores cometidos y de asunción de acciones restaurativas que nos permitan construir un futuro mejor.

Esta época de recogimiento espiritual, también debiera serlo para el ámbito empresarial y gubernamental, para reorientar el rumbo y corregir lo que no se ha hecho bien. Hoy debieran revisarse las condiciones sanitarias para impulsar proyectos de la ciencia médica que garanticen la salud y el bienestar social, afinar el modelo económico para avanzar en el desarrollo consolidado o repensar la educación para edificar una sociedad científica y culta. Hoy debiéramos visualizar el futuro deseado en este presente incierto, antes de que se haga polvo.

Si hoy no se diseña y proyecta el futuro, éste nunca llegará.

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