La urgencia política por incorporar plenamente diversas estrategias de reactivación económica en la vida municipal y estatal, nos ha llevado a la programación de actividades desmesuradas que pretenden acabar con la pandemia ignorándola. Así hemos visto cómo las acciones de gobierno permiten la realización de eventos con grandes concentraciones que relajan los protocolos sanitarios esenciales.

Hoy vemos calles abarrotadas y plazas comerciales con aforos a su máxima capacidad, sin que el pánico por posibles contagios nos abrume o espante. Hoy pareciera que la capacidad de asombro y sentido de alerta se hubieran derretido ante el cansancio y la desolación por un virus que ha provocado la mutación semántica de la muerte, que extingue la valoración plena de la vida y sesga el sentido trascendente de la humanidad.

Ciertamente que ya debemos levantar el sitio y salir a dar la batalla por la supervivencia, que ya es tiempo de enfrentar las condiciones sanitarias dominantes y que a pesar del peligro nos sobrepongamos a los vestigios de terror y espanto para recuperar la vida que hemos visto sometida. Sí, debemos decidirnos a retomar el rumbo, pero también debemos demostrar que sabemos descifrar los enigmas de la existencia y aprender de las lecciones que el devenir de la humanidad y su destino nos imponen.

Ahora que nos domina la levedad del ser y lo efímero del vivir, deberíamos abrir espacios de reflexión que permitan revalorizar a la persona en su amplia dimensión, reencontrar el sentido de su esencia y entender que sus cualidades accidentales no deben ser las rectoras del fin de la vida. Hoy la programación de actividades y eventos de reactivación económica, debería someterse al tamiz del bien de la persona y la satisfacción de sus cualidades esenciales antes que la simple generación de ganancias.

Sin lugar a dudas que el dinero y las buenas haciendas gubernamentales representan la existencia de administraciones con posibilidades de ofertar acciones que satisfagan las necesidades de la sociedad, como bienes y servicios en seguridad, instalaciones médicas adecuadas, obras públicas que faciliten el desarrollo, programas generadores de empleos, educación y cultura, pero al mismo tiempo deben mesurarse para obtenerlos sin el sacrificio de la vida o el deterioro de la salud.

Hoy bien vale la pena revisar los beneficios cualitativos y de crecimiento personal y espiritual que la celebración de festivales y programas conmemorativos dejan en nuestros niños, niñas, jóvenes o adultos, más allá de los fines circunstanciales que les dan origen. Ahora que estamos en plena crisis existencial de la humanidad, debemos someter al escrutinio social y político los atributos trascendentes de los eventos emblema de cada ciudad y estado, para cotejarlos con el aporte cultural, educativo y de desarrollo de la persona que debieran tener.

Bajo este panorama y contexto, sería justo hacer un recuento de la derrama formativa del ser persona que las 49 ediciones del Festival Internacional Cervantino han dejado a la sociedad guanajuatense, más allá de un alto porcentaje de ocupación de cuartos de hotel, millones de pesos en derrama económica o cantidad exorbitante de visitantes registrados, pues lo justo es que ya hubiera inspirado la fundación de diversas academias o conservatorios que capten y formen talentos artísticos y literarios. Podríamos inferir que con casi medio siglo de vivencia de la cultura universal, Guanajuato debería ser semillero de talentos culturales y albergue de centros forjadores de grandes artistas.

Ojalá que con la adopción de un nuevo festival internacional de cine que impulsa la capital del estado, se cuide su enlace al establecimiento de una academia formadora de talento histriónico, que recupere la inversión y le haga significativo para el futuro cultural de la ciudad patrimonio de la humanidad.

La riqueza de una sociedad, se mide en el desarrollo del ser de cada uno de sus miembros.