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Gaudencio Rodríguez

Parentalidad

¿Cuánto aprendieron?

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¿Cuánto aprendieron?

El ciclo escolar terminó y con él viene el balance. Rodrigo Sánchez Villa en su columna del 6 de mayo pasado, en SDPnoticias.com hizo una conclusión lapidaria: la educación en línea fracasó: “todos hacen, nadie aprende”. El columnista reconoce que las partes interesadas hicieron lo posible por salvar este año y que no hubo mala intención de nadie, sin embargo, el aprendizaje no fue el mejor.

Sí, el esfuerzo fue grande. Internet, televisión, radio, se utilizaron todos los recursos disponibles, de eso no cabe duda. Hubo aprendizajes múltiples para todos los actores: docentes, alumnado, padres y madres. Pero fueron aprendizajes relacionados con el manejo de la tecnología, con el diseño curricular. La pregunta es si en estos meses de pandemia se lograron de manera satisfactoria los aprendizajes del currículum.

                Si escuchamos a las niñas, niños y adolescentes, nos daremos cuenta que para muchos de ellos la sensación fue de mucho estrés y poco aprendizaje. Por momentos la metralla de contenidos (para quienes tuvieron acceso a Internet), la didáctica no efectiva (o la falta de ella), las dificultades con el acceso a la tecnología…, fueron avasallantes no sólo para el alumnado, sino también para sus padres, sobre todo para las madres de niñas y niños pequeños, que prácticamente tuvieron que estar a su lado, haciendo con ellos, y, en ocasiones por ellos, las tareas que sus retoños no lograban comprender o ejecutar.

                Las más altas autoridades en materia de educación pública han informado a través de los medios de comunicación los alcances y la cobertura lograda a través de la vía remota. Pero aún no comparten con la misma precisión y claridad las limitaciones que tuvo este tipo de educación.

Es claro que la primera condición para crear un sistema de educación remoto que sea funcional, es reconocer los alcances al mismo tiempo que las limitaciones observadas hasta ahora. Y, en este proceso de evaluación de la estrategia, será fundamental una variable que al día de hoy no ha sido considerada: la opinión del propio alumnado, pues quien mejor que las niñas, niños y adolescentes usuarios del sistema para saber qué sirvió y qué no, que fue útil y que no, qué facilitó y qué obstaculizó el aprendizaje en estos meses de emergencia.

Es verdad que existieron honrosas excepciones, escuelas y docentes que tuvieron el tino y la sensibilidad para adaptar la educación a la realidad impuesta con la pandemia, caracterizada por la incertidumbre, el estrés, el miedo al contagio y a la enfermedad, la muerte, la pérdida de empleo y un largo etcétera.

Analistas de la educación coinciden con la percepción del columnista Sánchez Villa, es decir, que el alcance fue limitado, debido a múltiples razones y causas ya conocidas, donde todos los actores están implicados –docentes, alumnado, padres, madres–. Por ejemplo, factores asociados al acceso a la tecnología, a Internet y hasta la alimentación y la vivienda, en ciertos sectores ha sido y siguen siendo el desafío cotidiano que consume toda la atención, motivación y energía familiar, urgencias que no dejan cabeza para los aprendizajes formales. No debemos olvidar que somos un país con índices de pobreza muy alto.

Se hizo lo mejor posible para cerrar el ciclo escolar y el resultado fue diferencial: mejor para quienes tuvieron más recursos, creatividad, motivación, etcétera y peor para quienes menos tuvieron, dejando, de paso, evidencia de las enormes desigualdades, otra vez.

El discurso de algunas autoridades educativas de alto nivel suele rayar en lo triunfalista. Y así será difícil que estas tomen las decisiones que proporcionen el tiempo, el recurso, la capacitación y condiciones necesarias para que el sistema educativo en general, y el personal docente en particular, puedan responder a esta nueva realidad.

La pandemia aún está lejos de terminar. Estamos ante la oportunidad de mejorar con voluntad y creatividad este sistema escolar que hace años requiere ser modernizado. Subrayo la palabra “sistema” porque se trata de un asunto estructural, donde muchas y muchos docentes hacen tremenda labor, pero en condiciones laborales que no son las más óptimas para la importancia de su rol en la sociedad. Por ahí hay que comenzar.

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Gaudencio Rodríguez

¿Cómo, cuándo y de qué manera hablar del origen de la adopción? 

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¿Cómo, cuándo y de qué manera hablar del origen de la adopción? 

“¿Decirle o no decirle que fue adoptado?” En la actualidad los padres que tienen un mínimo de información conocen la importancia que tiene para su hijo o hija saber acerca de su adopción. No ocultarle la verdad es una premisa que cada vez goza de mayor respaldo en las familias y en la sociedad, pues conocer su pasado, saber acerca de su origen, es su derecho y una de sus necesidades fundamental del desarrollo humano. 

No obstante, las preguntas que suelen aparecer giran alrededor del cómo, cuándo y de qué manera decírselo, sobre todo a la hora de platicarle algunos datos difíciles o dolorosos de su pasado. 

La parentalidad biológica y la parentalidad adoptiva tienen más semejanzas que diferencias, al mismo tiempo que tienen sus especificidades. Precisamente, una especificidad de la parentalidad adoptiva tiene que ver con la importancia de que papás y mamás tengan información y sensibilidad suficiente para abordar el tema del origen del niño, de la niña.

Necesitan tener claro que para el hijo adoptivo saber sobre su origen es fundamental para construir una narrativa que de cuerpo y solidez a su identidad. Necesitan tener claro que el derecho a la identidad (artículo 8 de la Convención sobre los Derechos del Niño) debe ser garantizado para todas las niñas y niños. Identidad no significa sólo tener un nombre plasmado en el Acta de Nacimiento, también significa la posibilidad de conformar un sí mismo que aporte salud a la personalidad, dicho sea de paso.

Los padres adoptivos necesitan adquirir conocimientos y recursos que contribuyan a la construcción de un lazo parento-filial basado en la verdad, la confianza, el amor y la sabiduría acerca de los vínculos familiares. Y es que, como dice la estudiosa en el tema, Dora Kweller, “el por qué se debe informar al hijo sobre la adopción, responde a una necesidad común a todo hijo adoptivo de confirmar el conocimiento previo (y casi intuido) de sus padres biológicos… El por qué tiene que ver con el derecho de todo ser humano a conocer la verdad sobre su historia”. 

Cuando algunos padres adoptivos optan por ocultarle la información del pasado a su hijo no lo hacen con dolo. Generalmente lo que buscan es evitarle la tristeza o el dolor al relatarle una historia de abandono, descuido o abuso. Es la aparición de la ansiedad y el miedo derivada de la historia del hijo aparece en los padres lo que provoca la dificultad para abordarla a través del tiempo.

El problema es que el silencio, el secreto y la mentira resultan perjudicial para el mundo emocional del niño. Conocer y resignificar la historia difícil puede resultar un proceso doloroso, pero al final resultará benéfico, pues permitirá dar dinamismo al psiquismo, entender lo que le pasó y darle un sentido viable. Lo innombrable, lo inasible se transforma en síntomas y los síntomas en trastorno.

Hoy sabemos que no es el pasado con sus pérdidas, rupturas y adversidades lo que genera sufrimiento, trauma o trastorno, sino la imposibilidad de poder rememorarlo, expresarlo y resignificarlo con la ayuda de los otros, sobre todo de los padres. Razón por la cual, los padres adoptivos necesitan herramientas para desempeñar su rol de tutor no sólo de desarrollo, sino también de resiliencia

No olvidemos que la información sobre el origen del niño que las instituciones entregan a los padres adoptivos, le pertenece al niño, los padres sólo son custodios de dicha información y transmisores de la misma a través de la vida del hijo. 

Está por demás tratar de silenciar la adopción, pues el niño sabe su condición de adoptado desde el inicio, lo lleva en su cuerpo, en su inconsciente, en su memoria sensorial; él lleva el olor y el sonido de la voz de quien le procreó, lo único que necesita es que, a través del tiempo, le aclaren cómo sucedió, le vayan compartiendo los sucesos ayudándole a dar un sentido a dicho relato.

En resumen, saber cómo, cuándo y de qué manera abordar los aspectos del pasado de la hija o del hijo adoptivo, así como contar con directrices para hablarle sobre su adopción de tal manera que contribuya a la construcción de una identidad positiva y una sana personalidad gracias a la creación de una narrativa que aporte seguridad, fortaleza interna y autoestima, es una condición necesaria para que los padres puedan acompañar a sus hijos en ese largo proceso de crecimiento. 

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Gaudencio Rodríguez

XV aniversario

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XV aniversario

“¿Recuerdas que hace muchos años hablabas de parentalidad en tu columna del correo y era una palabra media desconocida? Hoy debes estar orgulloso porque el concepto está llegando lejos”, me dijo una colega al salir de una capacitación sobre políticas públicas para la niñez, donde la parentalidad positiva fue eje central de dicha jornada.

Ya son 15 años escribiendo esta columna semanal que lleva como título “Parentalidad”. El objetivo siempre ha sido aportar reflexiones, datos, evidencias, información y todo aquello que abone a una de las funciones más importantes en la sociedad: la formación de las nuevas generaciones.

La parentalidad positiva favorece el desarrollo de relaciones paterno-filiales beneficiosas y la optimización del potencial de desarrollo del niño. A partir del 2006 el Consejo de Europa consciente de la gran importancia que tiene la tarea de ser padre o madre, no ha dudado en promoverla. Y a través de los años ha cruzado las fronteras. De tal manera que países como Chile, lo tienen como instrumento en sus públicas.

En México, las políticas y las medidas de apoyo al ejercicio de la parentalidad han de plantearse en un marco en el que se considere a hijos y padres como titulares de derechos y obligaciones, tal y como apoya el Consejo de Europa, toda vez que nuestro país ratificó en 1990 la Convención sobre los Derechos del Niño, acto en el cual se comprometió como garante de los derechos.

Desde ese compromiso, hecho norma en el 2014, al expedirse la Ley General de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, debe reconocerse que los padres son los principales responsables de sus hijos, salvo en caso de que el Estado deba intervenir para proteger al niño, Estado que es responsable de ofrecer a los padres las oportunidades para el desempeño de su rol. Padres e hijos han de considerarse como socios y ha de hacerse todo lo posible por garantizar igual participación por parte de ambos padres.

Durante 15 años he podido reflexionar y promover la parentalidad positiva a través de este espacio gracias a la apertura del equipo editorial de este diario, llegando a más de un lector que ha permitido ser tocado por las ideas, regalándome palabras de aliento para continuar en esta labor, al constatar que algo valioso aporta a quien desea leerme: “Lo felicito sinceramente por el contenido de sus columnas sobre parentalidad. Es de gran ayuda para mí darme cuenta de que en muchas ocasiones reprendí de manera inadecuada a mis hijos. Por eso trataré de enmendar errores para buscar el acercamiento y vivencias que lleven al bienestar familiar. Por tal motivo le doy las gracias infinitas”.

Mis colaboraciones editoriales, son mi aporte a la sociedad en pro de la infancia, al aportar recursos a papás, mamás, docentes, instructores y a toda persona responsable de promover el sano desarrollo de niñas, niños y adolescentes.

Me cuentan que esta columna ha servido para detonar diálogos entre comunidades de padres/madres y docentes, como ideas para algún programa de radio o televisión y de marco para la respectiva guía del programa, lo cual me alegra, pues somos nosotros, adultos contemporáneos, la generación coyuntural en la historia de la crianza que puede cambiar el paradigma de los malos a los buenos tratos gracias a que hoy contamos con información basada en evidencia que nos permite conocer qué acciones parentales promueven el sano desarrollo.

Esta actividad editorial comenzó como un ejercicio de denuncia de la violencia y abusos que vivían niñas y niños menores de seis años y que eran atendidos en el centro de asistencia social donde laboraba hace más de una década y terminó fungiendo como un ejercicio semanal de análisis y síntesis que obliga a poner en un par de cuartillas una idea, una propuesta, una denuncia, una herramienta parental.

Semana con semana se fueron sumando los artículos, y un día, un par de personas conocedoras de la educación y del mundo editorial, me sugirieron compilar mis colaboraciones y publicarlas. Les hice caso y compilé, actualicé y escribí algunos artículos nuevos que, en el 2014 se convirtieron en el libro Cero golpes, el cual tiene énfasis en la erradicación del castigo corporal y demás recursos disciplinarios humillantes, crueles y degradantes, pero, sobre todo, proporciona alternativas para el buen trato. Seis años después, tal vez sea momento de publicar un segundo título.

Gracias al periódico correo por la invitación a colaborar y en ese acto, hacer eco a información necesaria para la construcción de vínculos humanos. Gracias a quienes cada semana deciden dejarse tocar por estas líneas y las difunden.

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Gaudencio Rodríguez

Cuando le pegas a tu hijo

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Cuando le pegas a tu hijo

Días atrás publiqué lo siguiente en mis redes sociales donde promuevo el buen trato, con énfasis en la erradicación del castigo corporal y demás tratos humillantes y crueles utilizados como medida disciplinaria (F/Gaudencio Rodriguez J Parentalidad y Buenos tratos):

“Cuando le pegas a tu hijo sueltas las amarras que lo unen a ti y lo dejas a la deriva, en un mar emocional embravecido, amenazante, desolador. Abrázalo, no le pegues. Guíalo, no lo atemorices. Respétalo, no lo avergüences. Protégelo, no lo dañes. Ámalo, no lo alejes de ti. No olvides que cuando peor se porta es cuando más te necesita”.

Esta, como la mayoría de las publicaciones que hago, no son producto de mi inspiración o de mis creencias, sino que suelen estar basadas en evidencia. De ahí que el público que me sigue agradezca sus contenidos, los cuales a través del tiempo les han permitido entender la trascendencia de acabar con toda práctica de crianza que sea perjudicial. Por lo mismo, hace mucho tiempo que no aparecía dicha red social alguien que estuviera en desacuerdo con tratar respetuosamente a las niñas y niños.

Pero, recientemente, a la publicación de renglones arriba una persona comentó: “Unos buenos mangarriazos no le hacen daño al infante, a nosotros no nos dejaron traumados ni nada, de hecho, yo le agradezco infinitamente a mis padres por corregirme a tiempo, de hecho, aún lo hacen. Para mí eso es exagerado. Por eso hay muchos niños y adolescentes que no respetan a sus padres o mayores y hacen su voluntad frente a ellos en la vía pública. La corrección a tiempo también es educación, es respeto, es disciplina, es necesaria”.

¿Por qué existe gente que apuesta por pegarle a las niñas y a los niños? ¿Por qué lo dicen a los cuatro vientos sin pudor? ¿Por qué promueven algo que en México prácticamente es delito, exponiéndose a entrar en conflicto con la ley?, preguntas que tienen respuestas precisas:

Pegamos porque cuando nos estaban criando nos pegaron y a través de la vida no encontramos a una persona que nos protegiera, ni que nos dijera que pegarle a un niño, a una niña, no estaba bien. Pegamos porque podemos. Sí, es un tema de poder, de un ejercicio arbitrario del poder. Se les pega a las niñas, a los niños, a las mujeres, a las y los ancianos, predominantemente, de acuerdo con las estadísticas. No se le pega a un par al que se le considera con igual o mayor poder.

Existe gente que promueve a los cuatro vientos y sin pudor los métodos perjudiciales, irrespetuosos, crueles y humillantes, por ignorancia, por desconocimientos de los avances de las ciencias del cerebro y del desarrollo humano que hoy nos indican que este tipo de medidas disciplinarias no disciplinan, es decir, no enseñan nada valioso, no promueven la adquisición de ningún conocimiento ni habilidad importante para la vida, sino que duelen, atemorizan, estresan, activan circuitos cerebrales asociados a la sobrevivencia, y, en ocasiones generan heridas, traumas que pueden ser arrastrados a través de la existencia.

Justo una evidencia del trauma, es la apuesta a los golpes y tratos humillantes como medidas disciplinarias, la creencia de que esto hace bien. Ignorancia, pues, hacia los efectos dañinos que tiene sobre el cerebro, las prácticas de crianza maltratantes. Ignorancia sobre los derechos humanos, propuesta universal sobre lo que se puede y no se puede hacer hoy las niñas y niños. Ignorancia del marco jurídico que indica lo permitido y lo prohibido. Ignorancia sobre sí mismo, sobre las causas que nos enceguecen las emociones y con ello la visión humana, caracterizada por el respeto, la empatía, la compasión hacia los otros, sobre todo hacia los más indefensos.

Los altos niveles de destrucción y violencia que tenemos en nuestro país y en muchos países del mundo son indicador de que no hemos logrado instituir prácticas de crianza positivas, que promuevan el sano desarrollo al más alto nivel.

Probablemente a muchas personas no se nos ocurre que existen otras formas mejores y más humanas para corregir, acompañar, formar, educar, porque nosotros, adultos contemporáneos, no las vivimos de manera suficiente en nuestros respectivos procesos de crianza. Pero existen. Lo sé porque a eso me dedico desde hace más de 20 años, a investigar, vivir y acompañar la parentalidad. Y desde ahí sé que muchas personas en el mundo ya aplican formas nuevas, positivas, respetuosas, bientratantes con sus hijos e hijas y estas tienen alcances mayores en términos de desarrollo, salud mental, moral, etcétera.

¿Puedes imaginar que existen países donde hace más de 30 años se prohibieron los “mangarriazos” y hoy tienen los mejores índices de salud, productividad y paz, así como menores índices de criminalidad y violencia?

En psicoterapia son muchos los niños, niñas, adolescentes y adultos que me han compartido el miedo, frustración, desconcierto, dolor, odio, tristeza, confusión, desolación, etcétera, que experimentaron cuando sus padres les pegaron, gritaron, amenazaron… para corregirlos. A mí con eso me alcanza para buscar y promover diariamente otras formas de educar, unas que sean respetuosas y que no generen miedo ni resentimiento, sino seguridad, confianza, salud.

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