Parentalidad

El brillante y las piedras

En el ‘Arte de vivir’, del filósofo Jaime Barylko, leí una historia sobre un finísimo brillante: Sucedió en una familia muy pobre de la vieja y antigua Europa, una familia judía que escasamente tenía para vivir. El padre encontró un brillante, en la puerta de su casa. Pero en lugar de venderla y alimentar a su familia, optó por ocultarla para tiempos aciagos. “Vendrán días peores”, pensó, “y lo necesitaremos”.

Entonces fue y lo enterró en el baldío que estaba al lado de su casa. Y para no perder de vista el lugar donde lo había ocultado, le puso encima una piedra que le sirviera de señal. Y no le contó a nadie. Temía que a alguien se le escapara el secreto y rápidamente los bandoleros de la zona se enteraran y viniesen a robar el brillante.

Su mujer salió y vio, al día siguiente, la piedra. Quiso quitarla pero su esposo le dijo que no. “¿Por qué?”, pregunto ella. “Porque trae suerte”, susurró él. La mujer, con indiferencia acató la voluntad de su marido.

Al día siguiente junto a esa piedra había ya otra piedra. ¿Quién la puso? La mujer, “porque si una da suerte, dos dan más suerte”, fue su lógica. Los hijos le preguntaron a la madre por las piedras. “Trae suerte”, les dijo con voz de rutina sobreentendida, “lo dijo papá y él sabe lo que dice”, completó la respuesta.

Entonces fueron ellos y pusieron más piedras para que trajera más suerte.

Pero no hubo suerte, hubo hambre, y desgracia, de más en más.

No obstante, el brillante nadie lo veía. Y sólo antes de morir el padre llamó a su hijo mayor y le contó la verdadera historia del brillante enterrado, que esperaba salvara a la familia de la desgracia en el futuro. El hijo guardó el secreto. Y le puso más piedras. Y así los hijos de ese hijo.

De generación en generación pasaba el secreto a una sola persona, y el resto creía que en las piedras había santidad.

Todo se llenó de piedras. La gente creía en la tradición de las piedras que traían suerte. Los jóvenes, en cambio, como corresponde, se rebelaban: “¡No queremos más piedras!”. Exclamaban revolucionarios: “Queremos trabajar y luchar por una vida más digna. No creemos en la suerte y esas otras pamplinas”. Pero los viejos los obligaban a callarse: “Hay que respetar la tradición. Si nuestros abuelos anunciaron que las piedras traen suerte, hay que seguir esa senda y ese derrotero”.

¿Cómo termina la historia? Los más rebeldes se fueron de la aldea a buscar mejor destino en otros parajes. No creían en la suerte. Creían en el trabajo que forja la suerte. La mayoría, sin embargo, se quedó con las piedras. Es más fácil, es más cómodo, y el facilismo y la comodidad siempre ganan. Las piedras crecían en número, y los muertos de hambre y de enfermedades también.

Si el brillante fuera nuestra vida, nuestros talentos y las piedras los obstáculos, los pretextos, las barreras que nos impiden llegar a él para ponerlo en juego, sería terrible dejarlo enterrado, apostándole a la suerte que le asignamos a las piedras.

Existen personas que se lamentan de su mala suerte, que se quejan de la fortuna del que está a su lado, que culpan a los otros de sus resultados. Piedras, piedras y piedras a las que les depositan la responsabilidad de su situación ante el temor a buscar y encontrar su brillo para ponerlo en juego.

Barylko extrae el siguiente aprendizaje de la historia: nos encanta ir detrás de lo fácil, y transformar cualquier piedra, cualquier cosa en la solución de nuestros problemas. Una frase. Un principio. Una palabra, un lugar, una cosa. Eso es lo santo. Eso trae suerte. Así decidimos, así creemos.

“Cada cual tiene su suerte, sus dones, y sus carencias o falencias –continúa el filósofo–. Una vez conocido eso, eso que te fue dado, debes componer tu suerte, y no dejarte llevar por piedras que son señales que indican un camino, pero ellas mismas no son el camino.

“Se hace camino al andar. Se hace brillante el camino en las honduras de la existencia. Ese es el arte de vivir. No es una idea, es un trabajo, una disciplina, conducidos por una fe: la luz está, pero a menudo está eclipsada; debemos aprender a des-enterrarla, re-vivirla”.