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Gaudencio Rodríguez

Parentalidad

Para que una pareja sea constructiva y nutricia

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Para que una pareja sea constructiva y nutricia

Nos emparejados para sumar y multiplicar. Cuando uno o ambos miembros de la pareja deja de hacer cosas que le fascinan, renuncia a amistades, intereses, diversiones y actividades que le alegran y nutren y a proyectos que le enriquecen sólo porque a la pareja no le agradan, estamos restando.

Es importante nunca perder de vista que las relaciones de pareja no se sostienen con promesas sino con acciones, no se nutren con intenciones sino con detalles amorosos y respetuosos consumados, no subsisten y funcionan por sí solos sino gracias al trabajo cotidiano de cada uno de sus miembros, no abreva del “amor ilusorio” sino de la “ilusión amorosa” (en términos de la psicóloga argentina Clara Coria).

Una relación que no se cuida se deteriora y corre el riesgo de ser consumida por la rutina, porque la sustancia que la alimenta no encuentra abastecimiento.

Existen muchos motivos para que una pareja pueda subsistir en el tiempo, unos son de tipo amoroso, constructivo. Pero si estos se esfuman, aparecerán motivos destructivos (aunque suene raro). Los seres humanos hacemos todo lo posible por mantener el equilibrio en las relaciones. Por eso en la realidad podemos observar parejas que llegan juntos a la vejez amándose y otras odiándose.

Obviamente, es mejor mantenernos juntos sumando y multiplicando que restando o dividiendo. Para que tal cosa suceda son muchas las conductas, actitudes y habilidades necesarias. A continuación comparto diez básicas para tal fin.

  1. Amar, respetar y admirar al otro(a). Vale decir que amarse, respetarse y admirarse a sí mismo, es la condición previa para hacer lo mismo con la pareja.
  2. Ejercer los mismos derechos en el día a día y democratizar el poder en la toma de decisiones pequeñas y grandes (incluye el consenso y la negociación).
  3. Procurar tener buena comunicación para externar necesidades, expectativas, planes, sueños, resultados, sentimientos, ideologías…, es decir, compartir nuestro mundo interno para mantener al otro(a) actualizado sobre la versión de nosotros mismos.
  4. Enfrentar los conflictos de manera no violenta. Los conflictos son inherentes a las relaciones humanas, resolverlos de manera amorosa, buscando crecer a través de ellos, es un arte indispensable.
  5. Cumplir los acuerdos pactados para que la confianza se mantenga a la alza.
  6. Compartir las responsabilidades de crianza, domésticas, económicas… De acuerdo a la estudiosa del tema, Jessica Valenti, una de las principales razones por las que las mujeres —nuevas madres sobre todo— declaran ser infelices en sus matrimonios es por la división desigual del trabajo en el hogar, incluida la atención a los hijos. Los hombres tenemos en este dato una pista para abonarle a la felicidad de nuestro matrimonio y al bienestar de todos los miembros de la familia: participación, igualdad y equilibrio.
  7. Ser un facilitador(a) del crecimiento del otro(a) y no un obstáculo. Requisito indispensable para tal fin: evitar sentirse amenazados por la superación económica, intelectual, física o emocional de la pareja.
  8. Aceptar al otro(a) tal como es, con sus defectos y virtudes, pues se trata de un ser humano. Pretender cambiarlo es invertir la propia energía en lo incierto. Cada quien es como es, sólo se trata de construir acuerdos de relación. Y si esto no es posible, la relación tampoco, vale decirlo.
  9. Agradecer cada cosa buena que recibes de tu pareja.
  10. Nunca esperes que tu pareja contenga todo lo que esperas de la vida, al hacerlo puedes estar preparando el fracaso de la relación (parafraseando a Srhephen Briers).

Finalmente, no se trata de que el otro(a) sea perfecto(a) —cosa además imposible—, se trata de que sea compatible contigo y que te ame, es decir, que te acepte, respete y apoye en la convivencia diaria.

Psicólogo / [email protected]

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Gaudencio Rodríguez

Pasa el que sobreviva 

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Pasa el que sobreviva 

“Con la pandemia todo se detuvo”. Una frase recurrente en estos días que tiene sus salvedades, pues al parecer la escuela se opone a detenerse, o a bajar su ritmo a la velocidad que la emergencia sanitaria permita.

La pandemia llegó al mundo sin avisar. Y a México con previo aviso. Aun así, fue poco el tiempo para decidir qué hacer con la educación escolar ante una situación inédita en el siglo XXI, por lo que se tuvo que ir resolviendo a través de los días, en vivo y a todo color, resolviendo que sería de manera remota.

Ahora la preocupación del sistema educativo es cómo evaluar el aprendizaje escolar al cierre del ciclo escolar que se avecina.

Para resolver la nueva modalidad de educación en el contexto de pandemia –con su respectiva cuarentena–, así como para pensar la evaluación al cierre del ciclo escolar, las autoridades han invitado a expertos en el tema para escuchar sus propuestas y visiones (curiosamente, no han convocado a las y los protagonistas, me refiero a las niñas, niños y adolescentes, para escucharles seriamente al respecto).

Algunas consideraciones importantes y sensibles sobre la evaluación del ciclo escolar, se las escuché al consultor en temas de liderazgo y gestión del cambio e innovación educativa, Xavier Aragay, en el Foro Educativo Virtual “Presente y futuro de la educación a partir del COVID-19”, organizado por la Dirección General de Educación de León, Guanajuato:

Lo primero a considerar, de acuerdo con Aragay, es que el curso fue normal hasta la primera semana de marzo, “empecemos por ahí”, dijo, “porque a veces parece que esto es el fin del mundo. Oiga no; yo creo que estuvimos trabajando bien desde el inicio del curso hasta ahora. Entonces, empecemos a relativizarlo todo. Segundo, ¿es la primera vez en la vida que no vamos a dar todo el currículum? Yo creo que no, eh. Creo que esto nos pasa, más o menos y con más o menos intensidad, cada año… Se deben tranquilizar los directivos, las autoridades, los docentes, los propios alumnos y las familias, las familias también, porque a veces son ellas las que aprietan”.

Relativizar las cosas. No es el fin del mundo si este ciclo no se logra cubrir todo el currículum. No será la primera vez. Nos pasa en mayor o menor grado, cada año. Hago resonar sus palabras porque están cargadas de objetividad, sensatez, pertinencia y realismo.

Cada año por una u otra razón queda algún contenido por abordar, pero no se hace un escándalo. ¿Por qué? Porque no se hace público el dato. Pero, sobre todo, ¡porque no pasa nada en la vida de un niño, niña o adolescente si algún contenido curricular no es abordado!

“Hay otra idea que quizá nos ayudará”, dice el autor de Reimaginando la educación (Paidós, 2017), “¿qué aprendizajes de vida están haciendo nuestros alumnos en estas semanas? ¿Qué aprendizajes vitales pueden haber hecho nuestros alumnos en este trimestre? Porque a lo mejor es mucho más importante esto para su vida. Seguro todos nosotros hemos pensado que nuestros alumnos, evidentemente nosotros, pero nuestros alumnos, también se acordarán de esto toda la vida, ¡seguro! Vamos a hacer que no se acuerden sólo de la anécdota, ¿por qué no hacemos que se acuerden de los aprendizajes vitales que hicieron? Y, esto, si me permiten es mucho más importante que aprender el logaritmo neperiano, por poner un ejemplo”.

Finalmente, nos deja la siguiente invitación: “relativizar en estos momentos claramente la adopción de contenidos específicos, a levantar la mirada y a tener una mirada mucho más omnicomprensiva, con una mirada más de curso, y no obsesionarse por la calificación, sino trabajar una evaluación más integral, más holística, más general, que además puede recoger perfectamente todo el trabajo hecho (desde el inicio del ciclo) hasta el mes de marzo”.

Hagámosle caso a los especialistas. Hoy la tarea de niñas, niños y adolescentes, al igual que de toda la población, es salir librados de la pandemia. Sobrevivir, es la materia a aprobar. Descubrir cómo, es la tarea. Y las responsabilidades son diferentes: a las y los menores de edad les corresponde colaborar con las medidas sanitarias y adaptarse activamente a sus múltiples implicaciones y retos; mientras que a los adultos –mamás, papás, docentes y toda persona a cargo de aquellos– les corresponde cuidar, proteger y acompañarles en medio de la incertidumbre, el estrés y las limitaciones que impone la pandemia.

En este último tramo escolar, el personal docente puede fungir como una figura de apoyo ante el malestar y desasosiego que vive su alumnado, en lugar de convertirse en una fuente de estrés con su metralla de tareas desprendidas del currículum. Y si sobrevivir es la materia de hoy, y la tarea es aprender a atravesar la adversidad, el rol del docente será facilitar los aprendizajes para lograrlo. El resultado de este esfuerzo que pone a prueba los recursos de afrontamiento del alumnado, será la evaluación. Pasa el que sobreviva.

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Gaudencio Rodríguez

La invasión de la casa

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La invasión de la casa

“Mi cuarto era mi santuario y ahora me lo han robado”, dijo con un dejo de frustración y tristeza un adolescente saturado de actividades y tareas escolares durante la cuarentena.

“¿Cómo es eso, por qué?”, pregunté.

“Mi cuarto”, respondió, “era mi lugar, era mi espacio donde descansaba, jugaba, hacía lo que quería y era muy feliz. Ahora que tenemos que realizar las actividades de la escuela en casa, mi cuarto ya no es el mismo”.

Tiene razón, su cuarto ahora alberga los libros, útiles escolares y otros artículos necesarios para estudiar, su pantalla y sus muebles ya no están asociados a la diversión, el juego y al descanso, sino al trabajo escolar.

Pero agregó algo aún más fuerte:

“Estoy en casa pero no puedo estar tranquilo. Estoy estresado, no de manera insoportable, digamos que como a la mitad, pero así estoy todo el tiempo, ¿por qué? Porque todo el tiempo estoy pensando en lo que tengo que hacer de la escuela. Antes iba y regresaba de la escuela, por la tarde hacía algo de tarea y ya me desconectaba. Ahora no me puedo desconectar, día y noche estoy pensando en la escuela, ¡porque la escuela está en mi casa!”

Terrible. La casa y la escuela tienen espacios, funciones, momentos y experiencias diferentes. Hoy la escuela se trepó a la casa, y en la subjetividad de más de un niño, niña o adolescente, la aplastó. Las sensaciones de calma, seguridad, confort y alegría que detona el hogar se desvanecen ante las de estrés, tensión y agobio que generan las actividades, tareas y exigencias de la escuela hoy metida en la casa. Las fronteras se esfumaron y con ellas el orden y la calma mental.

Esta experiencia adolescente, al ser tan personal, tan fina, tan del mundo interno, tan subjetiva, los adultos solemos no verla, o si la vemos no la tomamos en serio, o si la tomamos en serio no le damos la dimensión que tiene. Por eso la escribo y comparto. Mi intención es que, en medio de esta pandemia, veamos lo que no estamos viendo, escuchemos a los protagonistas de la educación: el alumnado, pues es éste quien vivencia y padece los intentos de que la educación escolar no pare su ritmo y velocidad propio de la educación presencial que ahora, a tropezones (porque no puede ser de otra manera al recurrir en una situación de emergencia), trata de virar al formato remoto.

¿De dónde la urgencia porque el alumnado concluya los contenidos del currículum hoy que no hay escuela? ¿Por qué pretender que puede llevar a cabo todas las actividades que se le envían remotamente (por mail, zoom, correo, etcétera) sin el apoyo de su docente? ¿Por qué delegar la responsabilidad a los padres respecto a contenidos que el niño, niña o adolescente no logra entender? ¿Por qué no se puede asumir que los padres son padres, no docentes?

Escuché decir a otra adolescente, esta vez de preparatoria que ella le expuso al director de su centro de estudios que la manera en que le están enseñando durante la cuarentena no le gusta, no le sirve, no funciona, ni para ella ni para sus compañeras y compañeros de salón. A lo que el director le contestó: “Te escucho, te entiendo, pero las cosas son así, así lo ordenan las autoridades a las que respondo y yo sólo las implemento”. De esta manera seguimos violando su derecho a la participación en los asuntos que les afectan.

Por otro lado, escucho al personal docente compartir el desgaste al que hoy está expuesto al tener que dedicar muchas más horas que cuando su labor era presencial, todo con tal de hacer viable el aprendizaje de manera remota (aprender sobre tecnología, recursos virtuales, diseñar actividades para este formato, diseñar y enviar tareas para generar evidencias del trabajo del alumnado, revisarlas, etcétera). Muchos de ellos, además de ser maestros o maestras también son padres, madres de hijos que a su vez tienen que cumplir con sus respectivas tareas escolares en un hogar, en ocasiones, con una sola computadora e internet insuficiente.

La presión que vive el docente (que de por sí ya trabajaba en condiciones críticas antes de la cuarentena) inevitablemente es transmitida al alumnado, el cual mucho esfuerzo está haciendo para tolerar esta vida de encierro e incertidumbre familiar, económica, etcétera.

¿Por qué no dejamos de presionarnos unos a otros? ¿Por qué no ponerle freno por un momento a nuestra sociedad del rendimiento, a nuestra sociedad de la explotación y autoexplotación que ha traído grandes índices en el mundo de depresión, burnout, déficit de atención, hiperactividad, ansiedad, suicidio, entre otros malestares?

Hoy dejemos en paz a las niñas, niños y adolescentes, al personal docente y a los directivos, a padres y madres, para que juntos podamos construir espacios de paz posibles en medio de este caos sanitario.

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Gaudencio Rodríguez

El castigo corporal no es una opción

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El castigo corporal no es una opción

Una amiga, profesional de la salud metal y practicante de una maternidad consciente: respetuosa, amorosa, me compartió una vivencia que tuvo tiempo atrás, cuando se podía salir de casa, vivencia que me impactó de múltiples maneras.

“En días pasados me acordé mucho de ti Gaudi. Me fui de vacaciones con un grupo de padres y sus respectivos hijos de la edad de mi hija —cuatro años—. Me quedé impresionada al ver la cantidad de agresiones físicas que se comenten con un descaro y con el argumento: ‘tengo derecho a ponerle un límite’. Yo creía que el castigo físico estaba más a la baja…”

El castigo corporal está más vigente de lo que queremos ver como sociedad. Al ser una práctica recurrente, extendida e histórica se vuelve parte del paisaje y dejamos de verla, o si la vemos, no nos impacta, pues resulta tan ordinaria como ver un árbol en el bosque.

“Me vine muy preocupada y quería decirte que sigas adelante en la prevención y erradicación del castigo físico, es muy importante el trabajo que estás haciendo. En la intimidad de las familias la agresión es grandísima, y es así, a chinga-quedito, perdón por la expresión pero así es, suave, suave pero de un constante que va marcando a los hijos”.

Tiene toda la razón mi amiga. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, en pleno siglo XXI entre el 80 y el 98% de los niños y niñas reciben castigo físico en su proceso de educación y crianza (¡sí, casi todos!), y de estos un tercio lo reciben con objetos: cinturón, cable, zapato…

“Al final del viaje incluso alguno de estos papás me decía: ‘Eh, amiga, es que deberías de ponerle un buen golpe a tu hija y verás que así se tranquiliza, ponle un límite’. O sea, invitándome a usar el golpe como límite. Yo reconozco que mi hija es inquieta y que necesita de muchos espacios para descargar tanta energía pero, ¡¿recomendarme tal cosa?!”

La nuestra sigue siendo una generación de padres/madres a la que aún le cuesta imaginar la educación sin castigos y tratos humillantes debido a que los adultos que nos cuidaron y educaron lo hicieron, en mayor o menor grado, con ese tipo de métodos autoritarios, fáciles, rápidos, arbitrarios, violentos —valga la redundancia—.

Algunas personas hemos cuestionado tales estilos y estamos optando por pautas de crianza bien tratantes, respetuosas de la corporeidad de nuestros hijos. Sin embargo, aún somos minoría. Por tal motivo, resultamos raros, ¡raros por respetar los derechos de nuestros hijos!, vaya paradoja.

“Al final del viaje, ya cuando veníamos de regreso, me dice uno de estos padres en tono de exigencia: ‘insisto, si no le pones un golpe ahorita, se lo vas a tener que poner después’. Yo estaba impactada. Y en esos momentos me venía a la mente todo lo que leí en tu libro ‘Cero golpes’ y decía: ‘no, no le pegaré; sobre mi cadáver’. Y aunque el respeto a los hijos es mi postura, si titubeo, ahí están todos tus conceptos para cuadrarlo a uno. Muchas gracias”.

“Cero golpes”, fue escrito para describir las causas, dimensiones y razones por las cuales el castigo corporal (y cualquier otro tipo de castigo) como medida disciplinaria sigue tan vigente, para proporcionar evidencias acerca de su inutilidad como método educativo y del perjuicio que representa para los niños y para la sociedad en su conjunto. Mi apuesta es que al entender su dinámica y el daño que provoca, optemos por la práctica de las alternativas realmente formativas que aparecen en las dos terceras partes del libro.

Un dato importante: el uso del castigo físico y los tratos humillantes ya no quedan a criterio de posturas y creencias personales de los padres, madres o tutores. Actualmente más de 20 estados de la República Mexicana lo han prohibido a través de sus leyes o códigos y a finales del 2019 el Senado de la República también lo prohibió. Una razón más para aprender métodos respetuosos.

“Espero que mi mensaje te dé un poquito de ánimos para seguir adelante porque sé que estás picando piedra…” Palabras realmente necesarias en una labor que no encuentra el suficiente eco para hacer de ella un grito que se escuche, pero que como un murmullo comienza a entrar en los oídos de gente responsable, analítica, valiente, consciente de la trascendencia de la formación de las nuevas generaciones apegada al respeto los derechos humanos. A los hijos/hijas, abrázalos, no les pegues.

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