Parentalidad

Fotografìa: especial

 

GAUDENCIO RODRIGUEZ

En qué creo

Habrá que creer, habrá que creer

 en algo o en alguien tal vez 

Alejandro Filio

Los seres humanos necesitamos creer en algo, en alguien. ¿Para qué? Para vivir en un mundo y en una realidad compleja donde las certezas se escurren como el agua y las pocas personas que suelen dar inspiración caen estrepitosamente.

¿En qué creer cuando la desconfianza y paranoia en la sociedad del riesgo ha sido sembrada con suma eficacia? ¿En qué creer cuando la gente miente mirando a la cara en aras de conseguir un beneficio personal?

¿Cómo creer en las instituciones cuando estas son usadas para controlar, explotar y hasta someter a la población? ¿Cómo contactarse con Dios en medio del estruendo, la confusión, y el monopolio de la fe?

Las creencias suceden en nuestro interior mientras la vida ocurre afuera. Y entre más negro es nuestro interior, más grande es la urgencia de una luz en el exterior (y viceversa). Entre más adversidad y destrucción, mayor es la necesidad de creer en la capacidad humana para gestionar las condiciones para que emerja el amor y la bondad.

Algunas creencias asfixian, mientras que otras nos sirven para pensar, para convivir, para reír, para vibrar, para darle sentido a la existencia y de esta manera tocar la felicidad con la mayor frecuencia posible, para recordarnos que no estamos solos sino con otras y otros a los que amamos y que a su vez nos aman.

Habrá qué creer para evitar la desolación, el hastío, el sinsentido, la depresión, la alienación, la muerte en vida.

Con cierta frecuencia habrá qué hacer el balance, actualización y fortalecimiento de las creencias personales. ¿Que cuáles son las mías? Haciendo un rápido recuento puedo decir que hoy creo:

– En la vitalidad del agua, del aire y del amor.

– En la puntualidad con que aún hoy las jacarandas anuncian la llegada de la primavera.

– En el vínculo como vehículo para la influencia amorosa y cuidadosa.

– En el diálogo como puente que nos acerca al prójimo; en la conversación como vía para conocer al desconocido, desvanecer los prejuicios y hacer de las diferencias y conflictos encuentro y hasta regocijo.

– En la palabra, la educación y las bellas artes como instrumentos para la humanización y para la adquisición de las habilidades para vivir la democracia.

– En el poder de la gente organizada.

– En la muerte como vacuna contra la omnipotencia y la soberbia.

– En el cielo y en el infierno como metáforas que me recuerdan la libertad que tengo para vivir la vida asumiendo las consecuencias de mis elecciones y actos ahora, en vida, no después.

– En la desesperanza, la desilusión y el hartazgo como el límite para recomenzar.

– En la reparación del daño más que en la disculpa o el perdón solicitado.

– En la risa de la gente, pero sobre todo en la de los niños y niñas.

– En la valentía y el arrojo de gente como Vero, Magui, Rosy y Mónica en la defensa y acompañamiento de sus congéneres atrapadas en el triángulo de la violencia, pobreza y exclusión social.

– En la generosidad, el altruismo y el amor de los abrazos que desde el anonimato, Nati, Carmen y Paty regalan desde muchos años a bebés en situación de maltrato y abandono.

– En las propuestas educativas en constante construcción, como las de Ceci y Quetos.

– En el “Hoy por ti, mañana por mí”, sobre todo cuando la primera parte (que depende de uno) se dice con fe y confianza de que la segunda se cumplirá (aun cuando esto no dependa de uno sino del otro).

– En la propuesta más que en la imposición, en la cooperación más que en la competencia.

¿Creo en Dios? Aún. ¿En las personas cuya misión es acercarnos a él? Aun.

* Psicólogo

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