Dicen que para que las palabras no se las lleve el viento, hace falta respaldarlas con hechos. También dicen que todas las reglas tienen su excepción que las confirma, últimamente, el mundo ha tenido una gran dosis de pautas que se rompen. La pasión que muchos de los votantes de los políticos de hoy es tan grande, que son capaces de pasar por alto los datos duros y fijarse sólo en lo que les dicen. Nada más basta ver como López Obrador cumple dos años en el poder y sigue contando con una amplia aceptación por parte de los mexicanos. Dicen que el poder desgasta y no ha sido el caso, al menos, no tanto, dadas las circunstancias.

López Obrador sabe hablarle a la gente. Tiene una gran intuición para seleccionar las palabras adecuadas. Se trata de un operador experimentado que sabe apretar los botones de su tablero de control en el momento indicado. Las decisiones que ha tomado le han pasado facturas muy baratas. Si esto hubiera sucedido en otras circunstancias, con otro mandatario, su popularidad estaría rota y él estaría agitando a las masas para reclamar resultados que le hicieran la vida más fácil al pueblo. Pero, el presidente está dotado de una capa impermeable y goza de un amor del bueno de su cantera de admiradores.

Cualquier cosa es buena para transformarla en un motivo político que le lleve agua a su molino. El uso del tapabocas —que es molesto y le choca a la mayoría de la población—, López Obrador lo usa como un símbolo de libre albedrío. Me imagino que sólo los conservadores y los enemigos de la 4T ven con buenos ojos eso de taparse la nariz y bocas para evitar contagios. Y, le creen. De nada sirven las cifras de contagiados, el índice de ocupación de los hospitales, el número de muertos por Covid-19 en el país. Tal vez, fueron sus adversarios políticos los que trajeron desde China este horrible bicho que le ha acentuado el regadero que le dejaron sus antecesores. 

Y, como un buen prestidigitador, va haciendo actos de magia que su gente aplaude con verdadero arrobo. Pero, si tenemos una mirada crítica y objetiva, llegaremos a la conclusión de que no tenemos muchos motivos para alegrarnos y sí muchos para lamentarnos. Las cifras de salud son de lágrima, del crecimiento ni hablamos —incluso antes de la pandemia, estábamos estancados—, el empleo no progresa y la inseguridad va en aumento. Las promesas se quedaron volando como globos de helio y vemos como se desaparecen en el firmamento mientras a nivel de piso todo se pinta color de hormiga.

La terquedad del señor presidente se vende como convicción, las estrategias fallidas se soslayan y si personas de la talla del director de la Organización Mundial de Salud apuntan a los datos del mal manejo de la pandemia en territorio nacional, se le tacha de neoliberal y la descalificación hace eco mientras la gente sigue padeciendo los efectos de tantas malas decisiones. En medio de tantas palabras que se le siguen creyendo al presidente, se van encendiendo infiernitos que pueden llevarnos al averno. Pero, seguimos corriendo felices en esa dirección. Las voces que claman advertencias se desestiman y López Obrador se parapeta en Palacio Nacional a emitir palabras que no se transforman en bienestares.

En territorio nacional, el caos, la destrucción y la enfermedad se pasean como tres alegres comadres a las que parece que nadie ve ni oye. Nos asustamos del muerto y nos abrazamos de la mortaja. Eso sí, vamos rodeados de palabras, palabras, palabras.