El asesinato del exgobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval nos pone la piel de gallina en un ambiente enrarecido por una pandemia que nos exige sana distancia y quedarnos en casa. Pensaríamos que en estas épocas navideñas en que debiéramos estar reflexionando sobre temas menos dramáticos, el crimen vuelve a ponerse en el centro de la escena política y las balas toman el protagonismo en el discurso.

Las especulaciones ya están por todos lados. De este crimen, volvemos a jalar a atención internacional, se habla de ello en medios de todas partes del mundo. La acreditada revista Time le da la portada al equipo de gobernadores del PRI que el expresidente Enrique Peña Nieto presentó como un equipo de apoyo que lo ayudaría a transformar el país; los muestra como un grupo en el que hay presos, perseguidos por la ley y la tristeza de enterarnos de la ejecución del jalisciense Aristóteles Sandoval. ¿Qué nos está pasando?

Los hechos sucedieron en un negocio de Puerto Vallarta, justo cuando el subsecretario López Gatell está pidiendo y casi suplicándole a la gente que se quede en casa para aplanar la curva de contagios. Pero, en la playa se antoja ir a cenar y ahí llegaron los sicarios a matar a un hombre que estaba súper custodiado. Los criminales vencieron el cerco de seguridad y balacearon al exgobernador cuando estaba en el baño. Lo balacearon por la espalda. Para empeorar el panorama, el negocio limpió la escena del crimen y no hay un sólo detenido. Hay acontecimientos sumamente extraños. Cuando nos enteramos de cómo sucedieron las cosas, no más no entendemos.

Claramente, nos falta información. Lo primero que uno se pregunta es ¿cómo pudo ser eso posible? Si el semáforo epidemiológico está en naranja en el estado de Jalisco, el del crimen está al rojo vivo. Eso debe alertar a la población a conducirse con prudencia porque si el peligro de contagio es alto, queda claro que hay otros riesgos que debiéramos evitar. Si la policía está siempre en vigilancia y las fuerzas armadas en guardia para proteger la seguridad nacional, los criminales no descansan.

Mientras en territorio nacional el mapa se sigue tiñendo de rojo y exgobernadores y gente de a pie sigue derramando sangre a manos del crimen organizado, mientras hay familias que lloran a sus muertos, buscan a sus desaparecidos, hay gente que está entrando en el torbellino del vicio. Por un lado, están los jovencitos que se dejan encandilar por tanto narcocorrido, series y videos en los que se presume la vida criminal como si fuera algo a lo que se debiera aspirar; por otro, están aquellos que se meten al cuerpo sustancias para divertirse y llevar la realidad a otro nivel.

Ambas vertientes acaban mal. Unos atrapados en las redes delictivas, usados como carne de cañón y otros engarrotados por un vicio que les destruye el cerebro y les atenaza la vida. Entre risa y risa, se venden y se compran espejismos. Los hay que se compran la idea de las pistolas adosadas con joyas y los que consumen para sentir rico, para notar menos la fealdad, para seguir volando. En los dos grupos, la muerte es dura. Y se suben en la canasta de un globo que los llevará a volar alto, hasta que revienten y se estrellen con la dura realidad.

Hay voces que claman, como si estuvieran gritando en el desierto que ese camino no es el correcto. Hay risas que estallan al escuchar esas advertencias. En vez de que estemos preparándonos para celebrar la Navidad, vamos llorando otro mexicano muerto. Sabemos lo que le pasó a Aristóteles Sandoval. No sabemos por qué le sucedió eso. Tal vez, nunca lo sabremos.

Otro asesinato nos tiñe de rojo lo que debiera ser una temporada blanca. El nombre quedará inscrito, junto a los de tantos otros mexicanos a los que les llegó una muerte de bala.