Otras Voces

Ni tanto que queme al santo

Manuel, el hijo mayor de Don José y Doña Margarita esperaba que lo nombraran, volteando de vez en cuando hacia donde estaban sus padres, tratando de interpretar sus rostros y así adivinar como se sentían. Manuel se sentía muy nervioso, pues estaba por convertirse en el primero de su familia en salir de la universidad y eso ya era carga suficiente. Pero sobre todo le interesaba su papá y siempre era difícil descifrar en su rostro cualquier emoción. Desde muy pequeño Manuel vio en Don José un ejemplo a seguir. A pesar de que solamente completó la primaria, el padre de Manuel era un frasco lleno de sabiduría siempre dispuesto a compartirlo con sus hijos. La escuela de la vida, decía Don José. Y su vida no fue fácil, ya que desde muy pequeño Don José aprendió a golpes lo dura que podía ser la vida. Su padre, el abuelo de Manuel, era un hombre que creía que una mano dura era necesaria para forjar el carácter, y para él una mano dura significaban golpes y humillaciones. Don José jamás recibió un abrazo o muestra alguna de cariño por parte de su padre, mucho menos palabras de aliento o consejos. Lo único que lleva Don José como recuerdo de su padre son las cicatrices que le dejó en cuerpo y alma. Don José finalmente se convirtió en un hombre, como su padre quería, pero fue tanta la presión que fracturó profundamente su alma. Hasta que llegó Doña Margarita a su vida y le inyectó al padre de Manuel motivación para salir adelante, con tanto cariño y comprensión que por primera vez en su vida no se sintió como un fracasado.

La vida de Manuel fue muy diferente, gracias a que sus padres siempre estuvieron cerca de sus logros y de sus fracasos. Don José le dio siempre consejos y lo orientó en el camino de la responsabilidad y el esfuerzo, pero sin golpes ni sufrimiento. Por supuesto que la vida no fue sencilla para Manuel, y ningún logro se le ha dado fácilmente, pero siempre se las arregló para que cada vez que la vida lo derrumbaba, él volvía a levantarse, muchas veces de la mano de su familia.

Por fin lo nombran para recibir su título de ingeniero, al levantarse de la silla una sensación cálida le llena el corazón, y lo estremece hasta que las lágrimas comienzan a llenar sus ojos pensando en todo lo que pasó para llegar a la meta, y se aguanta, por un instante, hasta que voltea a ver a su padre y sonriendo con él, suelta en llanto, pues en el rostro agrietado de Don José se puede ver en su sonrisa, en sus lágrimas y en el brillo de sus ojos que las cicatrices de su alma se han borrado para siempre.

El estrés se utilizó por primera vez como un término relacionado con la salud en el año 1932 por Walter Cannon, y desde entonces ha sido parte del vocabulario de la sociedad actual. El intenso nivel de competitividad en el que se desenvuelven muchas personas, ha disparado los diferentes síntomas del estrés, como la presión alta, el insomnio y la ansiedad a niveles que pueden afectar de manera importante la calidad y expectativa de vida.

En lo general el estrés se ha considerado un elemento nocivo pero realmente es su falta de control a lo que debemos poner atención. Nuestro organismo cuenta con herramientas para toda ocasión. Puede regalarnos una dosis de dopamina para relajarnos y sentir placer, o un cóctel de adrenalina y cortisol para ponernos en alerta.

Desde nuestros antepasados menos evolucionados, la adrenalina y el cortisol, nos han ayudado a sobrevivir, poniendo a nuestro cuerpo en un estado de alerta, generando el estrés necesario para reaccionar ante un peligro inminente, como el ataque de un león, o de un chofer de autobús desenfrenado. Este mecanismo de huida-ataque, prepara al cuerpo para reaccionar, proporcionando el enfoque perfecto y la energía necesaria para muchas actividades. Los problemas comienzan cuando nos mantenemos constantemente estresados, sintiendo que el león esta atrás de nosotros todo el tiempo. Pero mantener un nivel de estrés adecuado puede ser muy positivo para alcanzar nuestros objetivos. Un estudio realizado por Yerkes y Dodson, demostró que un nivel de estrés o alerta adecuado, nos hace más productivos incrementando nuestra memoria, la capacidad intelectual y de enfoque entre otras cosas. Un nivel de estrés muy bajo o muy alto simplemente nos mantiene tirados en la cama, sin ninguna motivación.

Es importante conocer nuestro nivel de estrés, y mantenerlo en equilibrio, y así sacar el máximo de nuestra capacidad sin afectar nuestra salud.

Piensa por dos minutos cuanto estrés le metes a tu vida y a la de tus seres queridos, y si descubres que te presionas demasiado o muy poco, siempre pon lo más valioso en primer lugar.

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