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Maduro: pescador de pleitos

La conversación filtrada de Peña Nieto con Trump será motivo de muchas interpretaciones. A los mexicanos les hubiera gustado leer al presidente más directo, menos tibio, defensivo, agazapado y prudente ante las agresiones disfrazadas de amabilidad. La invitación para reelegirse es una intromisión inadmisible que debió atajarse por el riesgo político aparejado. Finalmente, el partido político del presidente enarboló la razón de la Revolución Mexicana: la no reelección presidencial. Decía Borge que de lo único que uno no puede arrepentirse en la vida es de haber sido valiente.

Una vez filtrada la conversación, no sabemos si por el mismo Trump, Maduro cobró revancha por la intromisión mexicana en la desastrosa política venezolana. Maduro insultó al presidente de México, algo intolerable para la diplomacia.

La diplomacia no son sólo buena educación y buenas maneras a la hora de cenar con manteles largos, no es únicamente reunirse entre embajadores y platicar sobre el clima, las mascotas, perros o gatos, el hándicap golfístico o la gastronomía en los recurrentes cócteles, que se ofrecen recíprocamente, sino diplomacia significa, además de dialogar entre países, fijar posiciones, hacer alianzas ante la comunidad internacional.

No basta la respuesta del canciller Videgaray, tan admirado por el mismo Trump para decir que no, que el cobarde es Nicolás Maduro. Ni la interpretación que da Emilio Gamboa, en el sentido de que Maduro pretende generar una crisis diplomática, lo que México no puede permitir por la amistad con el pueblo venezolano. La crisis ya existe, ¿qué es sino una crisis que un jefe de Estado le diga cobarde a otro? La amistad consta, basta ver el aprecio mexicano a los venezolanos que llegan al país en busca de mejores derroteros. Lo que no existe, es el respeto que merecería el jefe del Estado mexicano de su contraparte venezolana. México y España no tuvieron relaciones durante décadas y en nada afectó la proverbial amistad de mexicanos y españoles.

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La ofensa al presidente afecta la política exterior, se comparta o no la manera como México es gobernado. Cuando la invasión norteamericana a Veracruz, durante Victoriano Huerta, las tropas de línea abandonaron la plaza sin intentar la defensa, pero cadetes de la Escuela Naval y particulares, jarochos valientes, murieron en el intento de defender el puerto. La invasión favorecía a los opositores de Huerta, pero antes estaba la patria. Ahora, nadie puede celebrar dignamente la injuria al presidente.

Algunos quieren escudarse en principios del derecho internacional, contenidos en la Constitución para no mirar lo que sucede en Venezuela, sin percatarse de que desgracias, como las de los venezolanos, podrían no resultar tan ajenas ni lejanas.

Es aparentemente cierto que el presidente debe apegarse a la Constitución: observar principios como la autodeterminación de los pueblos y la no intervención. Pero eso no le impide atender otra de las obligaciones contenidas en el mismo rango constitucional (artículo 89) como es “el respeto, y promoción de los derechos humanos” en el ámbito internacional. Como la Constitución no se contradice, este principio significa que la defensa de los derechos humanos son la estrella polar de la diplomacia mexicana. Es claro que, si se acreditan violaciones de derechos humanos, como sucedió antes con Franco en España y con Pinochet en Chile, México debe denunciarlas, condenarlas y aplicar las sanciones diplomáticas que correspondan.

México debería reaccionar ante el insulto, entregando una nota de protesta al embajador venezolano en México. Dependiendo de la respuesta, se podría llamar a consulta al embajador mexicano en Venezuela con lo que se estaría al filo del conflicto, un paso antes de la ruptura de relaciones a que se refiere el artículo 45 de la Convención de Viena.

No es defensa personal de la persona Enrique Peña Nieto, es impedir que el insulto al jefe del Estado mexicano quede impune. Suficiente impunidad hay en el país como para dejar pasar este agravio. Seguir creyendo válido lo de ‘pasado, pasado’ es no darse cuenta de que lo pasado finalmente es semilla del futuro.