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Trump: ¡Estoy despedido!

Al final de su obra, Maquiavelo se refiere a los consejeros del príncipe. Advierte sobre la importancia de elegir a los ministros: “que serán buenos o malos según la prudencia que demuestre al escogerlos”. Si los colaboradores son capaces y fieles quiere decir que el príncipe ha sabido elegirlos capaces y mantenerlos fieles. En la historia de México abundan ejemplos de buenos gobernantes que escogieron bien a sus ministros, otros han fallado. Don Benito Juárez eligió bien: Melchor Ocampo, Francisco Zarco, Sebastián Lerdo de Tejada, Ignacio L. Vallarta, José María Iglesias, Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Matías Romero, Ignacio Manuel Altamirano. Ahora que México anda en busca de un Emmanuel Macron, cualquiera de ellos sería mejor que el presidente francés.

La cultura política mexicana aconseja no despedir tan fácilmente. Por ello varios miembros del gabinete actual siguen en sus puestos, a pesar de los tropiezos que hubieran justificado sus despidos. En México no se despide sino se enroca, no se corre al colaborador sino se le reubica, no se le persigue sino se le protege y oculta.

En Estados Unidos, particularmente desde Trump, los despidos son el espectáculo preferido del reality show en que se ha convertido la política estadounidense. En su breve, pero infatigable curso, Trump lleva muchos desconcertantes despidos. Maquiavelo ya lo hubiera reprobado: “un príncipe que no sea sabio por sí mismo no puede ser bien aconsejado”. Los buenos consejos “son los que nacen de la sabiduría del príncipe, y no la sabiduría del príncipe de los buenos consejos”.

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Antes de ser presidente, se hizo famoso por ‘The Apprentice’ un programa televisivo. Al final de cada emisión despedía a un concursante con un dedo que semejaba una pistola con la que disparaba: “Estás despedido”. A las dos semanas en la Casa Blanca alistó su dedo flamígero para despedir a Sally Yates, quien actuaba como abogada general. Después a otra abogada general Preet Bhara, la que no aceptó presentar su renuncia. Más adelante, en mayo, al poderoso director del FBI, James B. Comey.

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La semana pasada ante decenas de miles de boy scouts amenazó en despedir al secretario de Salud Tom Price, si no sacaba los votos necesarios para su ley de salud. Obligó al secretario de prensa de la Casa Blanca Sean Spicer a renunciar, como lo hizo con el importante jefe de Gabinete Reince Priebus. La renuncia de Priebus siguió después de que el recién nombrado director de Comunicación Anthony Scaramucci, como carretonero, insultara a Priebus. El general, marino de cuatro estrellas, John Kelly, ocupó su cargo. Kelly tratará de imponer disciplina militar en la caótica Casa Blanca y para empezar le entregó al presidente una charola con la cabeza de Scaramucci, mejor conocido como ‘Mooch’, que ahora ya sin el cargo que duró 10 días, debería buscar a su mamá para que le lave la boca con jabón.

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Trump tiene en la mira a Jeff Sessions, el abogado general, al que le hace la vida imposible hasta que ya no pueda más y renuncie. Se entiende bien por qué Sessions no ha renunciado, no se trata de dignidad, sino de conservar la tradición de independencia de la Secretaría de Justicia respecto a la Casa Blanca. Los republicanos tienen la esperanza de que el general Kelly ponga orden. Ciertamente los marinos de alto rango saben mandar (a los de abajo), pero sin duda antes que nada saben obedecer (al de arriba).

Los despidos de Trump no dejan ninguna enseñanza, salvo el cuidado que habrá de tenerse en México para elegir al próximo presidente. En Estados Unidos están consternados por el grave error de haberse deslumbrado por el sátrapa que dirige su destino.

Trump incorporó al debate la posibilidad jurídica de que el presidente, utilizando sus facultades constitucionales de indulto, pudiera perdonarse a sí mismo. Algo que a nadie se le había ocurrido. Se antoja que en ese tenor de extravagantes innovaciones pudiera despedirse a sí mismo, con lo que le daría una gran alegría, a los que ha despedido, al mundo, a Estados Unidos, y especialmente a México.