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Otra vez, el asedio a la Universidad

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Otra vez, el asedio a la Universidad

En 2019 celebramos un importante aniversario de la Ley Orgánica de la Universidad Nacional de 1929, que abrió la puerta a la autonomía de la Universidad. La hemos conservado, contra viento y marea. En 2019 festejamos con entusiasmo, pero también con cautela. Dijimos que las victorias que proclamamos pueden convertirse en derrotas si no cuidamos con esmero y energía el espacio conquistado. La selva puede recuperar en un santiamén sus antiguos territorios.

Esto pretende cierta iniciativa de reforma presentada ante la Cámara de Diputados, con gran desenfado y flagrante ignorancia. Ignorancia (¿o no? ¿tal vez plena conciencia? ¿calculada intención?) de lo que la propuesta de marras puede implicar para la vida de la Universidad Nacional y, por este medio, para la vida de México. No es posible guardar silencio ante la temeraria iniciativa. En consecuencia, hablemos. Hagámoslo en alta voz. Se trata de defender a la Universidad de la Nación frente a la enésima arremetida que se le dirige.

Me explicaré. La autonomía universitaria, iniciada en 1929, culminó en la Ley Orgánica de 1945, en vigor. Esta ley no ha sido reformada, a diferencia de otras, frenéticamente modificadas o sustituidas. Se mantiene intacta, pese a los infortunios que ha enfrentado la Universidad en 75 años. No ha variado porque los universitarios han opuesto una voluntad lúcida y rotunda a diversos amagos de reforma, que no han cesado y probablemente no cesarán. La Ley de 1945 conserva su vitalidad porque ha funcionado bien. Esto no significa que se haya “petrificado” la normativa de nuestra casa de estudios. Se mantiene al día, merced a la actividad constante del Consejo Universitario, que actualiza las disposiciones que rigen la vida institucional.

La ley de 1945 se fraguó en medio de otra turbulencia que mantuvo en vilo a la Universidad. En esos días, el sabio rector Alfonso Caso, acompañado de juristas eminentes, pero sobre todo de universitarios animosos y esforzados, sugirió un novedoso método de elección de las más altas autoridades universitarias. Ese método estableció un procedimiento electoral consecuente con la naturaleza, las necesidades y las expectativas de la Universidad de la Nación.

Fue así que se creó la Junta de Gobierno, dotada con atribuciones para elegir al Rector y a directores de escuelas, facultades e institutos. Los integrantes de esa Junta son designados por el Consejo Universitario, cuyos miembros son electos directamente, a su vez, por estudiantes, profesores, investigadores y parte de la comunidad universitaria.

En momentos de grave quebranto, crisis profunda de la vida universitaria, la Junta de Gobierno ha permanecido en pie, como garantía de la integridad de la UNAM. Esa integridad, cuyo cimiento es la autonomía, constituye una doble garantía: garantiza a la sociedad que puede contar con una Universidad donde prevalecen el trabajo y la libertad. Y garantiza a los jóvenes mexicanos un medio de desarrollo y progreso. Por ello el pueblo se ha identificado con la Universidad y ésta, a su turno, con el pueblo de México.

La intempestiva propuesta presentada a la Cámara de Diputados pretende sustituir el modelo actual por un asambleísmo que expondría a la Universidad a toda suerte de intromisiones. Éstas quebrantarían la autonomía universitaria y afectarían el enorme esfuerzo de la institución por dotar a los jóvenes mexicanos de un instrumento competente para asegurar su desarrollo al margen de las contiendas partidistas y los asedios del poder público. No sería la primera vez —y no será la última— en que bajo la aparente bandera de la democracia se intenta dar marcha atrás al progreso y a la libertad. La demagogia, que acecha en todos los rincones y se mantiene en vigilia, sustituiría a la razón.

Llaman la atención los constantes embates que sufre la educación pública superior, y con ella el desarrollo de la nación. Quienes atacan la autonomía de la Universidad parecen seguir un deliberado itinerario de demolición. Pretenden destruir la obra educativa de muchas generaciones. Esa obra, que ha costado “lágrimas, sudor y sangre”, se vería sustituida por la irresponsable improvisación y la degradación flagrante de la educación superior. Hace unos días me pregunté en este mismo espacio periodístico por la “mano negra” que se abate sobre la Universidad: Tomé la expresión de una frase del presidente de la República. Recurro a esa misma frase para preguntar ahora por la “mano que mece la cuna” de las arremetidas contra la Universidad.

Afortunadamente el rector de la UNAM ha reaccionado con presteza, inteligencia y firmeza frente a la propuesta demoledora. A esa reacción debe sumarse la comunidad universitaria —y más todavía: la sociedad en pleno— para reclamar el respeto a la autonomía y rechazar las nuevas embestidas que la ponen en peligro. En este caso, como en tantos otros, el silencio cobraría un alto precio. ¿Lo pagará el pueblo de México?

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Ángela

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Ángela

Hace unos días me enteré de una terrible noticia. En una colonia de Valle de Aragón, en Netzahualcóyotl, encontraron el cuerpo de una niña, que estaba dentro de una mochila. El examen médico forense reveló que la bebé de no más de dos años de edad presentaba lesiones, contusiones, edema cerebral, trauma craneoencefálico y huellas de violencia sexual.

En las redes sociales los usuarios la denominaron “la bebita de Neza”. Hasta el momento en que escribo este artículo permanece en calidad de desconocida. O sea que nadie ha comparecido a reclamar el cuerpo, lo que resulta altamente sospechoso y verdaderamente inverosímil.

Aparte de sentir horror, tristeza, asco e indignación por este execrable crimen, es de llamar la atención a las autoridades investigadoras que este hecho delictuoso tiene semejanza con otro sucedido en año 2015. En ese entonces apareció el cuerpo una bebé de no más de 1.8 años de edad, en una mochila abandonada en las calles de Berlín, en esta ciudad capital.

El examen forense dio cuenta de lesiones como las de la niña encontrada hace unos días. Las dos fueron violadas y, lo más sorprendente son las repugnantes coincidencias del traumatismo craneoencefálico y la violencia sexual. Igualmente nadie se presentó a reclamar su cuerpo.

De acuerdo con la ley de la materia, el cadáver debía quedarse bajo resguardo del Instituto de Ciencia Forense que depende del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México. Los días, semanas y meses transcurrieron hasta que después de un año, sin que persona alguna se presentara a reclamar el cuerpo, entonces, por mandato legal, su cuerpo debía ser inhumado en la fosa común. En aquel año el que esto escribe fungía como Presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México y, de plano, me opuse a que esto fuera llevado a cabo. Impulsado por un sentimiento de profunda tristeza, dolor y compasión me atreví a llamarla “Ángela”, un ángel sin nombre, un ángel sin ser identificado y así se le bautizó coloquialmente con el nombre de “Ángela”, las redes sociales de ese momento la llamaron la joven de la maleta, negándonos nosotros a llamarla así.

El pleno del Tribunal apoyó mi intención y la inhumamos en un cementerio particular. Esto que debiera considerarse una bofetada a toda la sociedad me obliga a reflexionar varias situaciones ¿por qué nadie reclamó su cuerpo o la desaparición de ella; acaso no era la hija, la nieta o la sobrina de alguien? Como padre que soy, me duele, horroriza e indigna, y me niego a pensar que a nadie le importara o que nadie la echara de menos. Estoy cierto que debe haber un lugar donde viven sus parientes y que, al igual que la niña de Balbuena, por alguna terrible razón, no han denunciado ni se han presentado a reclamar sus cuerpos. ¿Qué horror se esconde en esto?, ¿quién será la siguiente víctima?, ¿qué se ha hecho para evitar una tercera bebé violada, torturada y ejecutada traumáticamente? La autoridad debe indagar más a fondo en estos crímenes porque son muy parecidos entre sí; no solo por las lesiones, sino por el extraordinario parecido que existe entre los dibujos hechos por los peritos forenses de ambas bebés. Hoy solo me queda el alivio, por llamarlo de alguna manera, que los magistrados de aquel tiempo nos negamos a enviar el cuerpo de la niña asesinada a la fosa común, con un número de identificación. Hoy descansa en paz nuestra “Ángela”, pero realmente estará descansando en paz o estará exigiendo su derecho de que su asesino sea identificado, que sepamos quién es, diluir el repugnante enigma de saber cómo cayó en las manos de este asesino.

Hoy debemos todos, hacer todo porque no aparezca una tercera víctima.

*Magistrado del TSJCDMX y Exembajador de México en los Países Bajos

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La mejor política interior es la exterior

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La mejor política interior es la exterior

La crispación política impide ver objetivamente lo que pasa en el país. La visita de AMLO a Washington muestra la intolerancia de los opositores de la 4T. Tal parece que la admonición bíblica del presidente cobra vigencia: “El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama” (Lucas). Los opositores aceptan que hubo un buen manejo diplomático y que “salió bien, porque no salió mal’. Hay un regateo mezquino y poco constructivo sobre la primera incursión internacional.

La crítica al viaje de AMLO se ha centrado en lo que no se hizo: No se concertó ningún acuerdo político; no se habló de migración, seguridad y cuestiones fronterizas; no hubo contacto con Biden; no hubo contacto con miembros de la Casa de Representantes; no se dio reunión con grupos de migrantes mexicanos, a pesar de la importancia del envío de las remesas (E.Berruga).

En las visitas oficiales se negocia una agenda previa a la que hay que ajustarse. Se evita así lo que ya alguna vez hizo la anti diplomacia mexicana, nada menos que a Fidel Castro, con el legendario “comes y te vas”. La visita a Washington salió bien, no porque no saliera mal, sino porque fue la mejor opción. La preocupación de que AMLO encendiera una antorcha electoral estadounidense se ha disipado. A la fecha ni republicanos ni demócratas la han utilizado electoralmente.

Una mirada económica indica que después de la pandemia los países quedarán debilitados. México no será la excepción por lo que parecía jugar a dos bandas, con acercamientos a China que suministró equipo médico, pero también con su vecino histórico, socio y amigo. Por ello la reunión de Washington es prometedora si México aprovecha el cambio geopolítico generado por Covi-19. Desde semanas antes Cristopher Landau, el embajador de EU había advertido la gran oportunidad para México de ocupar el lugar de China en un nuevo sistema de cadenas de producción y distribución. El encuentro AMLO-Trump podría modificar la tentación de acercarse más a China. Lo oportuno sería ocupar el vacío comercial que dejará el distanciamiento China-EU.

El discurso de AMLO en la Casa Blanca apunta a esta posibilidad. Al referir el déficit comercial de la región, (no exclusivamente de México) y la necesidad de revertirlo, la lectura es que las cadenas de distribución podían mudar de China a México. En otra oportunidad AMLO fue más directo al señalar que el TMEC será fundamental para México, especialmente ahora que la planta productiva China enfrenta los problemas derivados de la pandemia.

Así lo entendió Robert O’Brien, el National Security Advisor, en entrevista nada menos que con Lou Dobbs, otrora la piedra en el zapato mexicano, para analizar el encuentro de los presidentes y las enormes posibilidades de México de ocupar el vacío previsible que dejará China.

La reacción en México a la visita ha sido de aprobación, a pesar de la crítica unánime del comentopool mexicano. Así lo muestra la encuesta de El Financiero sobre la visita: 47% piensa que fue un éxito, 25% un fracaso y 28% no sabe. 59% cree que ayudará a crear más empleos en el país, mientras 33% piensa que no y 8 % no sabe. 53% cree que no ayudará a Trump a reelegirse, 30% piensa que sí y 17% no sabe.

AMLO había dicho, entre las muchas cosas extrañas que se le ocurren, que la mejor política exterior es la interior. Con el viaje es probable que reconsidere: la mejor política interior es la exterior. Por lo pronto, de las pocas cosas que el gobierno puede presumir está la visita diplomática y semanas antes la elección abrumadora de la ONU para que México ocupe un lugar en el Consejo de Seguridad. El reto y la importancia no es menor y México tendrá en el Consejo un representante excepcional por su formación, sus antecedentes, sus cualidades políticas, académicas y morales. Juan Ramón de la Fuente habrá de poner en juego su experiencia como Rector de la UNAM y como Secretario de Salud en el complicado manejo de la realpolitik internacional. Seguramente tendrá, como ha ocurrido en sus encargos anteriores, el éxito que México merece.

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Una transfiguración

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Una transfiguración

Reflexioné sobre el título que daría a este artículo. Uno pudo ser el que le habría dado hace tres o cuatro días. Pero esperé para ver —la incredulidad del profano, deseoso de conversión— el desarrollo de la visita presidencial a los Estados Unidos. Dudé entre varios títulos: transfiguración —aunque la palabra evoca cierto significado religioso, que no es mi intención—, o bien, escapismo o escamoteo. Todas son aplicables, como podrá advertir el lector, pero elegí la más solemne y espectacular: transfiguración. Y voy sobre ella.

De verdad, las cosas ya no son como antes. No quiero decir un antes remoto. Vamos, ni siquiera uno cercano: unos meses o unos años. Antes, por ejemplo, de que el presidente anfitrión tomara su iniciativa contra los dreamers, o adoptara los acuerdos ejecutivos que dispersan familias de migrantes —niños inclusive, cuyo destino se halla sujeto a “investigación”—, o amenazara con medidas fiscales si el de aquí no frenaba el flujo migratorio, o calificara como criminales a los migrantes de origen mexicano.

Si las cosas que ya no son como antes para el gobernante norteamericano, tampoco lo son para el mexicano. La diferencia es notoria entre las cosas que pensó y proclamó el candidato, hoy presidente, cuando reivindicó la dignidad de los migrantes y reclamó al vecino poderoso el trato que se les infligía, ofreciendo que pondría su autoridad al servicio de un nuevo trato: humano y generoso. Las cosas ya no son como las ha observado la representación consular mexicana, ni como las han mirado los analistas y los periodistas que siguen de cerca el difícil tránsito de los migrantes y su retorno a México en espera de que se resuelva su porvenir. Las cosas han cambiado, de cabo a rabo. La transformación (no aludo a la cuarta, que ya expande sus beneficios en todo el país, con más celeridad que la pandemia o la declinación de la economía) sino al cambio en las palabras y en el estilo. Supongo que este nuevo giro se debe a la mudanza de la realidad: antes desoladora y hoy venturosa. Presumo que nos encontramos en plena era de novedades, aunque aún no las registren los testimonios de la relación bilateral. Pero las cosas ya no son como antes y no volverán a ser como fueron.

Por lo pronto, la transfiguración comenzó a operar en la preparación del viaje. Quien se resistió a utilizar el tapaboca recomendado a todas las personas y a practicarse un examen para detectar la ausencia del Covid-19, optó por ajustarse a la realidad —es decir, al protocolo que allá se observa y aquí no—, portar el tapaboca y recurrir al examen. Buena decisión, por cierto, que pudo iniciar aquí. Pero más vale tarde que nunca.

Antes de emprender el histórico viaje fuera de México, primero que realiza en un año y medio de gobierno laborioso, el alto funcionario aprobó —entiendo que tras una cuidadosa negociación, como recomiendan la razón y la cortesía— el programa de su estancia. Excluiría entrevistas con migrantes de origen mexicano (que podrían manifestarse, si lo desearan, en la calle y atrás de la guardia de seguridad), e incluso con residentes tradicionales del mismo origen; prescindiría de conferencias de prensa y se abstendría de expresiones improvisadas, y evitaría cualquier encuentro con personajes del proceso electoral norteamericano (salvo con el presidente-candidato, su anfitrión) para impedir que sesgos indeseados empañaran la neutralidad de la visita.

Hubo justificaciones para el viaje y su programa. Se iba a lo que se iba: celebrar el tratado comercial suscrito hace ya algún tiempo, y nada más. Se festejaría con o sin Canadá. Frente a la crítica amarga —como suele ser la crítica— con respecto a la pertinencia y oportunidad del viaje, se opuso una razón persuasiva: evitar “pleitos” con los Estados Unidos, su gobierno o su presidente (que no siempre es muy cauteloso en sus expresiones sobre México, aunque ahora sí lo fue, como prueba de que las cosas ya no son como antes y ni siquiera como eran en la víspera, cuando el mandatario norteamericano visitó y elogió el “bello” muro fronterizo).

Nuestro presidente ocupó un discreto asiento ordinario en un avión comercial. Quedó sujeto a la curiosidad de sus compañeros de viaje y se abstuvo de conversar con ellos; apenas cruzó algunas palabras, silenciadas por el tapabocas. Ni hablar de entrevistas de prensa. Bien que el mandatario conservara su modestia característica. La investidura presidencial no necesita más. El mandatario puede viajar con sencillez y representar sin mayor aparato a ciento treinta millones de mexicanos, embelesados por ese rigor franciscano.

En el único día completo de su visita a Washington, nuestro mandatario rindió honores a los próceres de ambas naciones, celebración que sí fue como las de antes, y escuchó elogios y diatribas de migrantes y connacionales callejeros. Seguramente fueron más intensos los elogios, a los que pronto se sumaría el discurso de su anfitrión. Por fortuna, éste se deshizo en alabanzas hacia su huésped —como el huésped hacia su anfitrión— y exaltó la magnífica contribución de los migrantes de origen mexicano a la vida y el desarrollo de los Estados Unidos. Quienes lo oímos a través de la radio o la televisión escuchamos extrañados —y conmovidos— esa amable convicción. Y desde luego conocimos los elogios que se tributaron mutuamente ambos presidentes, prenda de amistad que será perdurable y que esperamos se refleje en los hechos de nuestra relación bilateral: quiero decir, la relación entre los países, no sólo entre los flamantes amigos. Por cierto, ojalá que el afecto que el liberal mexicano tiene hacia el conservador norteamericano se derrame igualmente hacia los conservadores de aquí, que también son mexicanos (lo dijo Juárez; yo lo repito).

En suma, esta visita salió a pedir de boca, cualquiera que fuese la boca que la pidió. Cada uno de los nuevos amigos obtuvo lo que podía desear conforme a su agenda particular. De eso no hay duda. Lo que no me explico, al cabo de esta transfiguración, es por qué aún existe en algunos ciudadanos de nuestra sufrida república —ya desagraviada— un extraño sentimiento de frustración, cierto desconsuelo. Pero ya sabemos que siempre velan antiguas amarguras, sean del neoliberalismo, sean de la reacción.

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