Otras voces

Aroma de rosas blancas

Karol sentía miedo. Sangraba y no estaba consciente de dónde. Sólo veía una herida en la mano izquierda, en su dedo índice. Sobre el vehículo descubierto que le permitía estar cerca de las personas, cruzaba la plaza de San Pedro cuando sintió las balas entrar en su cuerpo. Era 1981. Las personas que lo apoyaban lo cubrían con sus cuerpos, y todo se movía muy rápido. A pesar del miedo y el dolor, tenía en el fondo de su corazón la certeza interior de que no iba a morir ese 13 de mayo. Unas horas más tarde, después de entrar a cirugía y atenderse de cuatro heridas de bala, dos en el intestino grueso, una en el brazo derecho y la de su mano izquierda, Juan Pablo II, sobrevivía a un intento de asesinato.

Nunca se supo quién planeó y ordenó el magnicidio, se nombraron en su tiempo actores como la CIA, la KGB, la mafia turca y el gobierno Búlgaro pero finalmente la única persona responsable que se identificó fue el que llevaba la pistola 9 mm. Mehmet Alí Atca, un asesino a sueldo originario de Turquía, había huido unos años antes de su país por el asesinato de un periodista y vivía oculto desde entonces en Italia. Por alguna razón su destino estaba ligado al del Papa para siempre. Su ‘Santidad’ sobrevivió, y Mehmet fue detenido  y encerrado con sentencia de por vida. Un tiempo después, el hombre que recibió las balas, fue a visitar a su agresor, estuvieron uno frente al otro durante 21 minutos solos en la celda, Juan Pablo y Mehmet, y lo dicho ahí sólo ellos dos lo saben. Pero ese día Juan Pablo II le expresó su perdón y de ahí nació una amistad que perduró toda la vida. Después de un tiempo el Papa logró que dejarán libre a Mehmet por su crimen, y fue deportado a Turquía donde cumplió condena por el asesinato previo. Su condena allá también disminuyó y salió en 2010 convertido al cristianismo. Juan Pablo II vivió hasta 2005. Poco después de salir Mehmet, como hombre libre visitó la tumba de Karol Wojtyla y dejó dos docenas de rosas blancas para su amigo.

El perdón tiene una capacidad transformadora mayor que cualquier otra emoción. No necesitamos ser el Papa para tener ese poder, simplemente debemos practicar nuestra capacidad de perdonar a nuestros agresores. Suena fácil al decirlo pero es un trabajo complejo. El investigador Michael McCullough ha pasado parte de su vida estudiando esta faceta del comportamiento humano, y ha comprobado que existen grandes ventajas para la persona que es capaz de dejar sentimientos como el rencor y la venganza a un lado.

Para empezar los beneficios en el cuerpo son evidentes, desde una mejora en la presión arterial, un corazón saludable y un sistema inmune fortalecido. Adicionalmente, perdonar favorece nuestra autoestima, disminuye el estrés y ahuyenta la depresión. Perdonar no significa que el daño que nos hicieron desaparezca o que el agresor quede libre de responsabilidad.  Perdonar nos libera a nosotros del rencor y del dolor que nos causaron, hace desaparecer la sensación de traición y demás emociones dañinas de nuestro cuerpo y mente.

Si permitimos que estas emociones persistan y nos negamos a perdonar, podemos caer en depresión, ansiedad , falta de propósito en la vida y conexión con los demás.

No estoy diciendo que perdonar es fácil. Juan Pablo II definió el hecho de perdonar como un ‘acto heroico’. No tenemos que ser santos para perdonar, existen muchos casos sobre personas comunes que han realizado actos de perdón que van más allá de lo convencional. Theforgivenessproject.com es una iniciativa llena de historias conmovedoras a nivel mundial que vale la pena conocer.

La mejor forma de comenzar un proceso de perdón, es hacer una reflexión profunda de lo que nos lastimó y quien nos afectó. Posteriormente puedes realizar una carta donde describes todo el dolor que te ocasionaron, y donde te niegas a continuar siendo una víctima de ese dolor. Recuperas el control de tu vida y decides seguir adelante. No es nada sencillo, pero es posible. Si lo deseas, busca alguien que te acompañe y te ayude en este proceso, se vale pedir ayuda.

A veces no queremos reconocer que a la primera persona que debemos perdonar es a nosotros mismos, y ese es un proceso que requiere mucha valentía y honestidad, pero si te atreves puedes soltar una carga innecesaria. Te invito a que tomes los siguientes dos minutos para recordar a alguien que te haya causado dolor, comienza con algo sencillo, tráelo al presente y permite que el perdón sane tus heridas del pasado, y tal vez, con suerte puedas percibir un leve aroma de rosas.