Otras voces

La media naranja

Tamara estaba ansiosa. La actitud de su novio no era normal o lógica desde su punto de vista. “Seguro va a terminar conmigo” pensaba.  Cuando se conocieron lo que más le gustó de él fueron sus palabras, y ahora poder comunicarse ya era todo un lujo. Carlos era un arquitecto famoso. Se conocieron en una fiesta del colegio de arquitectos y Tamara, dueña de una empresa organizadora de banquetes, se había encargado del evento. Ella era una persona activa y responsable, de esas mujeres que llevan la perfección a cada detalle de su vida. Había construido de la nada un negocio exitoso a partir de su carrera como chef. Además se mantenía en forma corriendo todas las mañanas y se daba el tiempo para su círculo de amigos. Eso era antes de Carlos. Cuando los amigos supieron que había conocido a alguien se pusieron felices por Tamara, lamentablemente esta relación la afectó profundamente y la convirtió en una persona aislada, insegura y angustiada.

Carlos se pagó la carrera trabajando en un despacho y en una constructora. Dedicado a su trabajo y a sus estudios nunca tuvo el tiempo para establecer una relación duradera que lo moviera de su rutina cotidiana. Al terminar la universidad recibió gran reconocimiento al ganar un concurso, proyectándolo a la cima de su carrera en poco tiempo. Carlos quería mucho a Tamara. Le gustaban mucho las conversaciones que tenía con ella y la compañía era inigualable. Tenían muchísimo en común. Sin embargo la frescura del principio se estaba perdiendo. Tamara se había vuelto muy dependiente desde el punto de vista de Carlos. Lo buscaba constantemente para cualquier pretexto y francamente los buenos momentos eran ya muy pocos. Últimamente inventaba reuniones de trabajo para evitarla. Carlos se sentía asfixiado, tenía que recuperar su libertad.

Tamara no sabe qué le está pasando. Antes tenía un equilibrio perfecto en su vida, sus anteriores relaciones fueron pocas y duraderas, siendo una pareja amorosa y comprensiva. Pero con Carlos era confuso. Primero la buscaba y le mostraba interés, y cuando ella lo comenzaba a buscar él se volvía hermético e insensible. Y luego la buscaba de nuevo, como si nada hubiera pasado. Ya tenían varios meses saliendo y poco a poco esta montaña rusa de emociones estaba dañando la autoestima de la imparable Tamara. Se dio cuenta que algo estaba cambiando en ella al reconocer que por esperar una llamada de Carlos, dejó de lado su vida, incluso dejó de correr. Tamara no sabe qué va a hacer si Carlos termina su relación.

La situación que viven Carlos y Tamara no tiene culpables. Ambos son personas exitosas en sus profesiones y equilibradas en los diferentes aspectos de sus vidas. Pero en lo que respecta a la forma de relacionarse sentimentalmente tienen diferencias importantes que están dándole un trago amargo a su noviazgo. A pesar de que ambos se quieren y disfrutan su compañía están atrapados en su propio sistema de apegos. Todos tenemos diferentes formas de establecer un vínculo emocional. Desde que somos pequeños varios factores definen como nos vinculamos con las personas que nos cuidan y mantienen seguros, principalmente nuestros padres. Esta necesidad de seguridad es un mecanismo de supervivencia que se extiende toda la vida. En la década de los 50, el doctor John Bowlby definió el sistema de apegos que se presenta en los adultos, siendo tres los posibles tipos de personas para relacionarnos. Una forma muy común de apego es el de las personas ansiosas. Estas personas son muy dependientes de la pareja y buscan estar el mayor tiempo posible con su compañero. Cuando algo sale de su control, o la pareja muestra algo de distanciamiento, comienzan a imaginar historias donde son abandonados, y se sienten incapaces de pensar una vida plena sin la otra persona. El perfil contrario es el de los que se alejan, los evasores. Estas personas se sienten amenazados por una relación cuando comienza a ponerse seria. Cualquier señal de cercanía es el primer paso para salir huyendo. Se sienten asfixiados y buscan cualquier pretexto para poner tierra de por medio. El tercer tipo de persona es la segura de sí misma. Son felices de estar con alguien pero no necesitan de ellos para sentirse plenos, cuentan con su espacio personal y se alegran de que su pareja lo tenga también. Estas son las personas que no juegan juegos y buscan acuerdos en su relación. Cuando un ansioso se encuentra con una evasora, la relación resulta atractiva, pero están casi condenados al fracaso. Cuando uno de los dos es del tipo seguro, hay muchas posibilidades de una relación estable y fructífera. Nuestro tipo de apego está muy definido, pero no está escrito en piedra, y buscando el ejemplo de personas seguras de sí mismas, podemos ir equilibrando nuestra personalidad y encontrar relaciones más satisfactorias.

La búsqueda de la media naranja nos hace pensar que alguien nos falta para estar completos, pero sólo estando completos podremos ofrecerle a la otra persona lo más valioso de nosotros.

Te recomiendo que si te identificas del tipo dependiente o del que sale huyendo de sus relaciones, dejes de buscar la felicidad en los otros, y te reconozcas como un fruto completo.