Otras voces

El hierro número 7

David era igual que muchos otros adolescentes de 18 años.  Era egoísta, no sabía qué hacer con su vida y le gustaba correr riesgos. Cuando la vida le mostró el camino que debía seguir, no lo hizo de forma delicada. Una noche antes de la navidad de 1966, mientras recorría en su auto una calle a 120 km por hora, perdió el control del vehículo, este se subió a la banqueta y chocó de frente contra un árbol. El coche quedó destrozado y el rostro de David se estrelló contra el parabrisas. El joven David terminó en el hospital con varias lesiones graves siendo una en especial la que le brindaría su mayor enseñanza. Cuando la enfermera, le pidió que dirigiera la mirada hacia la luz de la linterna que sostenía en su mano, David supo que había un problema grave. No veía ninguna luz. El doctor le explicó que su nervio óptico había sido destruido con el impacto y que no volvería a ver en su vida. El médico también se encargó de explicarle todas las cosas que ya no podría hacer, como si quisiera asegurarse de que no fuera a intentarlas. El padre de David pensaba diferente. Quedar ciego de un día para otro fue abrumador para el joven David y su padre le explicó que era mejor poner su atención en las cosas que podía realizar, no en lo que estaba perdiendo.

Antes del accidente David había aprendido a jugar golf, y resultó ser bueno en ese deporte. Cualquiera pensaría que el golf sería una actividad de esa larga lista que le había negado el médico, sin embargo cuando sanó sus heridas, el padre de David lo llevó al campo, colocó la pequeña bola en posición, y le puso un hierro del número 7 en sus manos. Cuando David Meador, hizo su movimiento y golpeó la bola con fuerza, sus oídos y manos fueron suficientes para reconocer que el tiro había sido bueno, y en su interior ese primer tiro le demostró que si un ciego podía jugar golf, había muchas otras cosas que podría hacer.

David Meador ha sido tres veces campeón nacional de golf, ha vencido un cáncer de colón y la enfermedad de Hodgkin, está felizmente casado y da conferencias a empresas ayudando a las personas a creer en sí mismos. No ha olvidado el apoyo de su padre y ese hierro número 7.

Cada vez que tenemos un golpe en la vida tenemos la posibilidad de aprender algo. Si vemos las experiencias negativas como enseñanzas, nos permitimos crecer y buscar ser mejores en el trayecto. La resiliencia es la habilidad que permite a las personas recuperarse rápidamente de sus caídas, aprendiendo de ellas y siguiendo adelante. No es fácil ser resiliente, pero se puede aprender. Tiene que ver más con nuestro interior que con nuestro exterior.  Jon Kabat Zin, experto en técnicas de atención plena, dice que “no puedes detener las olas, pero puedes aprender a surfear”, esta es una buena referencia de lo importante que es ver el vaso “medio lleno” y es que cuando nuestras creencias nos llevan a esperar que nuestra vida “debería” ser de tal manera, o que nosotros “deberíamos” ser diferentes, o que las personas “deberían” tratarme de tal modo, nos ponemos una camisa de fuerza emocional que nos presiona cada vez más y nos impide adaptarnos a lo que la vida nos ofrece además de aceptarnos a nosotros y a los demás tal como somos.

Las expectativas que podemos tener, nos llevan a ser muy críticos con nosotros y con nuestro entorno, y a veces la vida tiene otros planes. Si la vida ya nos cambió la jugada ¿por qué no tratar de llevar el nuevo juego con optimismo?

Fortalecer nuestra tolerancia a la frustración, y enfrentar las cosas lo antes posible, nos pueden ayudar a formar una personalidad más resiliente.

Llevar una dieta sana, hacer ejercicio y dormir bien, también son buenos para tener una actitud más positiva y flexible ante la vida.

Cambiar nuestro lenguaje, sustituyendo palabras como ‘debo’, por ‘prefiero’, hacen gran diferencia, así como rodearnos de personas que nos ayuden a crecer y que sirvan de apoyo, como el padre de David.

Es importante planear nuestro futuro, ponernos metas y esforzarnos por tener éxito. Pero ¿qué pasa cuando algo no sale como queríamos? Sólo nos queda levantarnos, limpiar nuestras heridas y reiniciar el camino, un poco más sabios y un poco más fuertes.

Te invito a que tomes dos minutos y reflexiones que tanto te resbalan los problemas que ya no puedes resolver y si eres de los que les cuesta trabajo soltarlos, simplemente cierra los ojos, imagina que lo que te agobia es una bola de golf y mándala lejos.