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TOMAS BUSTOS

Zabludovsky, el ciudadano

Algunas generaciones de mexicanos crecieron escuchando la voz de Jacobo Zabludovsky informando los acontecimientos más destacados, ocurridos en las últimas 24 horas. Su figura elegante y distinguida irradiaba cultura. No fue un hombre que haya accedido a los lugares que ocupó como producto del privilegio, sino de una disciplina que ha distinguido a millones de integrantes de un linaje, que ha vivido milenios, sin claudicar.

La elegancia de Jacobo, privó siempre en el análisis de los acontecimientos y jamás uso la injuria para llamar la atención o la descalificación, que ahora es frecuente, en comunicadores carentes de cultura, para transmitir reflexiones constructivas

A su edad y motivado por el privilegio de estar vivo, el hombre trabajaba tanto o más que una persona en la flor de la vida. Hablaba de un sinnúmero de temas con evidente propiedad y, como tantos otros judíos, estuvo cerca de la República, que supo aquilatar su sabiduría, pero de manera especial, su discreción.

Jacobo se integró a la sociedad mexicana porque tuvo la virtud de saber compartir su conocimiento, que incrementaba cada día. Quienes vivieron cerca del él, hablan de su disciplina férrea, que sólo tienen quienes saben y aceptan que la vida es una oportunidad, y es imperativo aprovecharla íntegramente, en la cadena que perpetúa la especie e imprime el sello de quienes aprendieron a respetar a los que con ellos comparten la vida.

Con tal brillantez, es difícil ser ciudadano auténtico; frecuentemente resulta más cómodo atender al prestigio y permanecer alejados de las razones de Estado, que pueden lesionar la sensibilidad de “intelectuales” que fomentan más el narcisismo, que la responsabilidad ciudadana comprometida con un proyecto de país.

La elegancia de Jacobo, privó siempre en el análisis de los acontecimientos y jamás usó la injuria para llamar la atención o la descalificación, que ahora es frecuente, en comunicadores carentes de cultura, para transmitir reflexiones constructivas.

Sí, Jacobo fue un intelectual al servicio de la comunicación social, pero ante todo, un hombre apasionado de México, defensor de las instituciones y maestro no solamente de miles de comunicadores sino de quienes aprendieron de él, a no usar la injuria que es una forma de violencia que, utilizada por quien está al frente de un micrófono representa una conducta vergonzosa porque se da al amparo de la impunidad.

Hay opiniones en el sentido que Jacobo pudo expresarse con mayor libertad cuando dejó sus vínculos con el poder público; pero habremos de valorar su aporte a la consolidación de las instituciones y el manejo ético que hizo de su conducta, cuando antepuso el interés del Estado a su prestigio personal, haciendo a un lado el riesgo que correría al ser enjuiciado, por mentalidades incapaces de valorar la importancia de un Estado fuerte. Nunca propició el deterioro de las instituciones y no se avergonzó por ello, porque el verdadero ciudadano, no cede ante la injuria cuando está seguro que protege un valor superior.

Ojalá que su muerte, nos haga reflexionar sobre la importancia de que los comunicadores abandonen las conductas mercantilistas,  que colaboren para lograr la unidad nacional y abreven en esa conducta, ejemplo de disciplina al servicio de las instituciones.