Negligencia pandémica, la ola nefasta

Con el mundo sometido ante un avance inclemente de la mutación más contagiosa del coronavirus, hoy admiramos impotentes como el promedio de nuevos casos en la última semana superó los 2 millones 800 mil por día. De igual forma el índice de fallecimientos registró un promedio de 6 mil 700 diarios en la semana que concluye, para una pérdida acumulada mundial de más de 5 millones 500 mil vidas en lo que va de la pandemia.

Hoy los números son sorprendentes en cuanto a la cuota de daños globales, en virtud de que como sociedad moderna y progresista creímos estar científicamente blindados por los adelantos médicos, pero ni la ciencia ni la experiencia de la historia de riesgos sanitarios del pasado nos ha servido de mucho. Hoy el mundo entero se ve sometido por un virus microscópico que ha evadido todas nuestras defensas, pareciendo más inteligente que el mismo ser humano.

A juzgar por el grado de fatalidad que la pandemia le ha impreso a este nuevo año, nos adentramos hacia la zona más obscura del colapso sanitario, la que nos absorberá en una vorágine de contagios ineludible contra la cual las vacunas parecen inservibles. Pero lo más lamentable es la actitud derrotista que los gobierno parecen asumir, pues aunque las voces de los expertos alertan de los riesgos y escenarios catastrofistas, prevalece la tibieza gubernamental que prefiere exponer la salud y la vida de la sociedad, antes que decretar medidas contundentes de restricción sanitaria.

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En este contexto el pasado viernes fue inaugurada la Feria de León 2022, sin previsiones de mayor alcance que las recomendaciones básicas del uso de cubrebocas y una sana distancia, imposible de conservar por los más de 4 millones de visitantes que se espera recibir en los 27 días que tiene programados. A este festejo estatal se suman las fiestas regionales o locales de varios municipios y los eventos comerciales, turísticos, políticos y sociales que encuentren agenda en días próximos, ampliando la exposición al peligro de contagio.

De poco o nade sirven las alertas estadísticas de la gran capacidad de transmisión del virus, que mundialmente impulsa una cresta vertiginosa que desde el 27 de diciembre elevó los contagios de un millón 318 mil a 2 millones 819 mil nuevos casos registrados el pasado viernes 14 de enero. Asimismo en nuestro país se han visto superados los records de contagios diarios y este mismo viernes alcanzamos la cifra de 44 mil 293 y 195 muertos.

En medio de la ola enfermiza y fatal, que ya alcanzó a Palacio Nacional con una supuesta segunda infección del presidente y a Palacio Estatal con un gobernador también enfermo por segunda ocasión, el coronavirus se desliza como cuchillo en mantequilla sin resistencia firme de parte de las autoridades, como si ya resignados a alcanzar la inmunidad de rebaño abandonaran inerme a la sociedad con el sacrificio de vidas que inevitablemente esto ocasionará.

Bajo esta tesitura, calladamente Guanajuato, México y varios países del mundo caminan desvalidos hacia un destino rapaz, al que la negligencia gubernamental parece condenarles antes que volver a detener el aparato productivo y afectar la economía de una sociedad convulsionada. Por estos antecedentes no nos sorprenda que la enfermedad llegue a nuestros hogares, de no haberlo hecho ya, y nos cobre la cuota de dolor o muerte que su paso significa.

Aunque la capacidad de asombro y pánico social ha sido suavizada con discursos de consuelo, que califican a la nueva variante como simple gripe y de menor letalidad, es conveniente alzar la voz para convocar a la prudencia y cuidado familiar, para que adoptemos medidas de autocuidado y regulación sanitaria exponiendo lo menos posible a nuestros hijos. La ola pandémica se esparcirá inmisericorde antes de disiparse y darle un respiro al mundo, tiempos peores veremos antes del día final.

Si un gobierno abandona el deber de proteger a su pueblo, se expone a ser juzgado por negligencia criminal.