Las Ventanas Opinión

Mujeres mirando a otras mujeres

Algunas somos fuertes y otras débiles; unas andamos descalzas y otras usamos zapatos de tacón alto; estamos las que hemos labrado la tierra, las que hemos tallado los pisos, las que hemos repujado los libros; estamos las que soñamos despiertas y las que dormimos de pie; unas somos ágiles y otras torpes; nuestros nombres significan amor, dolor, pena, felicidad, gloria. Muchas tenemos la risa fácil y otras no tanto. Hay ocasiones en las que ni tiempo tenemos de mirarnos al espejo y otras en las que fijamos nuestra atención en otros ojos femeninos.

Tendemos a creer que el mundo de mujeres es un espacio encogido en el que sólo se vive en función de algo más, como si se tratase de una especie de redil en el que vive un grupo amorfo, indivisible, en el que los signos de individualidad son incomprensibles. Por fortuna, como si se hubiera roto un hechizo y por fin se nos hubiera otorgado voz, empezaron a aflorar ideas y opiniones. De repente, el sector femenino de la población emergió para definirse. Armamos un juego creativo en el que confrontamos ideas: exponemos nuestro haz y nuestro envés y llenamos de metáforas los espacios en blanco.

Desde mi propio espacio, miro a otras mujeres. Huyo de esa intención de quienes buscan victimizar el papel femenino. No somos mártires por el simple hecho de no ser hombres, ése sería el peor camino para tratar de reivindicar nuestras voces, luchas y decisiones. Quiero pensar en todas aquellas que han pisado fuerte y se han hecho escuchar como científicas, artistas, líderes, personas lúcidas con ideas brillantes a las que se les ha prestado atención. Cuánta luz a salido del sector femenino. Cada uno que lee y la que escribe vino de una mujer.

Eso no quiere decir que no haya espacio para lo masculino, por el contrario. Nos gusta convivir en equidad. Tampoco significa que no haya habido otras que han tenido que luchar y dar su resto para hacerse notar. Mujeres que han tenido que interpretar el acto supremo de la rebeldía, valientes que han encaminado sus pasos a pelear para encontrarse en el cuadro de honor en el concierto mundial. Pero, me gustaría quitarles ese halo de santidad. Más bien, me gusta verlas en toda la plenitud que les da la humanidad con virtudes y defectos, con filias y fobias, con éxitos y fracasos, como cualquier otro ser humano que haya habitado este planeta.

Y, también, ¿por qué no? Mirar a mujeres como mi madre, en su mundo concreto, en el espacio doméstico desde el que siempre nos cuidó a mis hermanos y a mí, en el que apoyó a mi padre en sus proyectos y al cual sus nietos regresan a buscar cariño y consuelo. Ella, como todas las madres, son un lugar que nos transforma en personas, en el laberinto de sus ideas y con la solidez de sus convicciones. O el de mis hijas con tantas incógnitas por resolver.

Me sobreviene una alegría que es también una añoranza que tiene que ver con la repetición de los ciclos, de los ritmos femeninos, de la traslación de la luna, de abuelas y nietas, madres e hijas, cólicos y partos, Diana, Ishtar, Artemisa, Venus, Albión, Gálata, María, doncella, vieja, hechicera, bruja, productiva, infértil, fructífera, seca  y de todo lo maravilloso que es la vida en clave femenina

Somos mujeres que nos miramos entre nosotras y ensanchamos las posibilidades de definirnos, ya no por aquello que nos dicen que somos o que debemos ser, sino por aquello que hemos decidido ser. Decidimos desembarcar en tierra fértil, abandonar nuestro destierro y proclamar nuestra fortaleza sin querer intimidar a nadie con nuestra fuerza.

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