Dentro de mis viejos fólderes de cartón con hojas de papel, amarillentas y carcomidos, compañeros amenazados por las computadoras de metal y pantallas y teclas de materiales inmejorables, si no fuese porque envejecen demasiado rápido, encontré unas ideas añosas obtenidas de una revista médica. El artículo data de 1996. A 25 años de distancia, tanto a pacientes como al personal de salud les hubiese parecido adecuado ser testigos de modificaciones a favor de los enfermos terminales, de personas maltratadas por demencias seniles y de sus familiares cuyos dolores aumentan, con frecuencia, en forma paralela a la supervivencia de una persona casi muerta, un poco viva. A los médicos, lamento escribirlo, les falta interés y deseo de cambiar la cruda realidad de quienes pronto perecerán.

El estudio, objeto del artículo, se llevó a cabo en un hospital estadounidense. Pacientes con cáncer o demencia senil para quienes, salvo acompañarlos y brindar apoyo no había “medicamente” nada que ofrecer debido al avanzado estado de la enfermedad, fueron los sujetos de la investigación. Los hallazgos mostraron que en el 25% de los casos, en ambos grupos, se llevaron a cabo maniobras de resucitación cardiopulmonar; asimismo, cerca del 60% de los pacientes con demencia senil, la mayoría hospitalizados por periodos largos, tenían, al momento de la muerte, tubos de alimentación —la denominaré, por las características de la población, alimentación forzada—. Los autores concluyeron que, “en Estados Unidos es casi imposible morir con dignidad a menos que se trate de una persona pobre”.

El estudio invita. Mucho que bordar, mucho por tejer. Hoy en día, la acuciante realidad de los pacientes moribundos, conscientes o no de su situación, es similar a la descrita líneas arriba. La vida en general, la de los enfermos terminales y la de los viejos en particular, sigue medicalizándose: se prescriben fármacos sin sentido, se realizan maniobras y procedimientos innecesarios, y se hospitaliza sin fundamento en “buena parte” de los nosocomios occidentales, sobre todo, donde el dinero del enfermo o de los seguros permite hacerlo.

Prolongar agonías innecesarias es frecuente, en ocasiones por presión familiar, a veces por doctores cuyo repertorio terapéutico les impide pensar en la idoneidad de la muerte y otras veces por la falta de diálogos oportunos acerca de cómo y cuándo podría o debería ser el final de la vida. De ahí una de las conclusiones del estudio: los pobres tienen la posibilidad de morir con dignidad, idea, acoto, no siempre veraz; la falta de apoyo médico cuando se carece de dinero es un problema inmenso para quien sufre y no tiene la posibilidad de paliar dolores o desavenencias propias de la patología.

Sin embargo, de una u otra forma, sin que sea una verdad absoluta, los pobres suelen entregarse y acompañar a los suyos con apegos diferentes a los de las clases adineradas. La última afirmación es una visión personal.

Los fólderes viejos guardan papeles e ideas viejas también. No son “siempre” mejores que los incontables datos que se encuentra en un tris en la red, con frecuencia, información desinformada. Los textos viejos son diferentes: la memoria escrita en papeles amarillentos se lee de otra forma. El artículo de 1996 da cuenta de la medicina de ayer y la de hoy. Poco han cambiado la medicina y los galenos cuando se trata de acompañar a morir y de acelerar el proceso final; idóneo sería acompañar sin sondas de alimentación, sin hospitalizaciones, sin reanimaciones cardiopulmonares innecesarias, sin tubos por doquier, sin medicamentos apilados en el buró y sin recibos en las cajas del hospital.