Consumación 2021 Opinión

Miguel Hidalgo al frente de una turbamulta ataca el Real de minas de Guanajuato

La excitación de la población era general. La gente del pueblo, sobre todo de los minerales cercanos, se mantenía alerta para incorporarse a los rebeldes apenas llegaran. Los europeos, los adinerados y los funcionarios públicos, en respuesta al ofrecimiento del Intendente, se habían refugiado en el Castillo de Granaditas.

El 21 de septiembre de 1810, el mismo día en que fue nombrado Capitán General del ejército insurgente, Miguel Hidalgo escribió a Juan Antonio Riaño, Intendente de la provincia de Guanajuato, el siguiente párrafo:

“Sabe usted ya el movimiento que ha tenido lugar en el pueblo de Dolores la noche del 15 del presente. Su principio ejecutado con el número insignificante de 15 hombres ha aumentado prodigiosamente en tan pocos días que me encuentro actualmente rodeado de más de cuatro mil hombres que me han proclamado por su Capitán General. Y a la cabeza de este número y siguiendo su voluntad, deseamos ser independientes de España y gobernarnos por nosotros mismos”.

Guanajuato temblaba desde que se tuvo noticia del grito de Dolores, y los nuevos informes llegados de San Miguel el Grande y de Celaya acrecentaron la angustia; misma que se apoderó también de las autoridades al recibir el comunicado de Hidalgo; de hecho, el aviso de que avanzaba hacia la ciudad.

La excitación de la población era general. La gente del pueblo, sobre todo de los minerales cercanos, se mantenía alerta para incorporarse a los rebeldes apenas llegaran. Los europeos, los adinerados y los funcionarios públicos, en respuesta al ofrecimiento del Intendente, se habían refugiado en el Castillo de Granaditas. Allí también se habían trasladado grandes caudales públicos y privados, convirtiéndose en un botín sumamente codiciado.

— “Me he hecho fuerte en el Castillo de Granaditas; aquí lo espero con sus chusmas” – había sido la escueta y descortés respuesta de Riaño al mensaje de Hidalgo. Y aunque el cura le hizo llegar otra nota de intimidación y una carta personal horas antes de iniciar la ofensiva, el Intendente nunca mostró el deseo de pactar, ni aun en nombre de la amistad que algún día le había unido a aquel clérigo.

El 28 de septiembre de 1810, hacia las once de la mañana, los insurgentes iniciaron el ataque de Guanajuato con tres columnas: una al mando de Juan Aldama que ingresó por Tepetapa y el Carrizo; una segunda bajo la dirección de Ignacio Allende que penetró por la Calzada de Nuestra Señora y el Pardo hasta ubicarse en el barrio de Gavira, y la tercera, dirigida por Mariano Abasolo y el propio Hidalgo, que arribó por la Calzada del Tecolote. Todos ellos avanzaron hasta rodear la alhóndiga y combatieron fieramente en las trincheras que se habían levantado en las calles aledañas.

Defendiendo una de esas trincheras, en los primeros minutos de la batalla, murió el Intendente Riaño de un tiro en la cabeza. Su muerte trajo confusión entre los defensores de Granaditas, aproximadamente 200 civiles y 400 soldados, quienes, carentes de mando, lo mismo mostraban banderas blancas que disparaban fusiles y arrojaban explosivos fuera, sobre la muchedumbre.

Así, la situación parecía no tener salida: desde los cerros llovían balas y piedras que impedían a los realistas ocupar la azotea o al menos asomarse por las ventanas. Pero en las calles, las oleadas de atacantes se estrellaban contra los muros, una y otra vez, perdiendo en cada intento decenas de hombres.

— Si al menos tuviésemos un cañón para volar la puerta– debió ser un pensamiento recurrente entre los caudillos insurrectos. Y si bien no consiguieron esta arma, sí encontraron entre los mineros una propuesta practicable: barrenar o incendiar la entrada. Uno de ellos, El Pípila, se puso al frente de aquella hazaña, deslizándose cubierto con una losa hasta el portón, el cual quemó utilizando madera resinosa y brea.

Con la caída de Granaditas la resistencia terminó, Hidalgo y los suyos tomaron el real de minas más rico de la Nueva España; libraron con éxito su primera batalla y se dieron a conocer en todo el imperio. Desgraciadamente esta repentina fama no sólo se debió a su ideología independentista, sino también al pillaje y la crueldad practicados por la plebe luego del triunfo; excesos tolerados al menos en parte por sus jefes.

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