Memoria histórica

Tropezamos con la misma piedra histórica

México es un país rico en recursos, también en historia. Desde nuestros orígenes prehispánicos hasta nuestra postmodernidad democrática. Un pueblo que pareciera no tener memoria, pero que en la sangre de cada uno de los mexicanos, conserva el ADN de los genes de hombres guerreros y valientes, que transitamos por distintos periodos dolorosos, a los que el actual régimen denomina como grandes transformaciones, que si repasamos bien la historia no son cuatro, sino seis etapas importantes. Como fueron: 1ª. La conquista 1521, 2ª.La independencia 1810, aquí debemos agregar la 3ª. La guerra de reforma de 1857, y una 4ª. Que constituyen las intervenciones extranjeras (Estadounidense 1846 y Francesa 1862) en las cuales perdimos más de la mitad de nuestro territorio nacional, así como una 5ª. La Revolución en 1910, y el Maximito o la 6ª el fin de un régimen de partido hegemónico, a partir del año 2000 como resultado de una elección de democrática.

Nos guste o no, el régimen actual de gobierno, es producto de un sistema democrático que ha ido madurando para trasmitir el poder, a través del voto ciudadano. Al que aún le faltan muchos ajustes para ser un sistema democrático que funcione de manera eficiente.

Durante más de 500 años de historia hemos vivido la experiencia del poder, como la voluntad de un solo hombre, ya sea un tlatoani, un emperador, un virrey, un dictador, un caudillo, un gobernador, del líder de un partido único, al presidencialismo. Hasta nuestros días, seguimos evolucionando en nuestra civilización, buscado sano desarrollo y el equilibrio de poderes; pero no siempre hemos tenido éxito, a veces volvemos a tropezar con la misma piedra histórica, que hemos heredado de generaciones atrás.

No pasamos de un país donde la voluntad de un solo hombre es la que decide su destino, al de la voluntad ciudadana; pues actualmente nuestro sistema de gobierno republicano, representativo y federal, requiere de ciertos ajustes, los cuales no se pueden conseguir en un periodo de inestabilidad, sin el riesgo de romper el pacto y la armonía social.

Debemos extender la participación democrática por cauces adecuados, abrir canales de comunicación de ida y vuelta, dejar a tras las protestas grotescas y violentas, y sentarnos a dialogar, pero no ese diálogo de sordos que hasta ahora se ha visto, en verdad escuchar el punto de vista distinto al nuestro.

Los partidos políticos tienen una gran deuda social con México, por dos razones:

Primera.- No han sabido formar verdaderos líderes comprometidos con las causas sociales dentro de sus institutos políticos, con una doctrina y filosofía propia; creando solo mercenarios del erario público.

Segunda.- Han provocado el rechazo generalizado de los ciudadanos, quienes no ven representados sus intereses en los partidos políticos, sobre todo los jóvenes que ven desilusionados sus ideales, faltos de un mejor futuro, optan por engancharse al crimen organizado a más temprana edad, por eso vemos niños convertidos en sicarios o moto ratones.

Cuántas veces necesitamos que despierte el México bronco, ese tigre salvaje, para desangrar y expulsar gobiernos, y luego volver a dormir. Estamos en una de las etapas más cruentas de la lucha contra el crimen, donde la conciencia social, ese mecanismo de autodefensa que tiene la sociedad para sacudirse los vicios de la corrupción está a punto de reventar provocando un estallido social, donde las instituciones que hemos construido, se están desmoronando sobre sus propios cimientos. Ante la incapacidad del estado para resolver los problemas que a diario enfrentamos, provocan una sensación de injusticia e inseguridad. La violencia que vive nuestro país, solo refleja los efectos; pero debemos atacar las causas, la impunidad, la corrupción y la pobreza; para que puedan ser revertidos eficazmente por el estado.

Esta colaboración periodística que hoy inicia en esta casa editora, a quien agradezco la oportunidad de compartir estas ideas, no pretende ser una clase de historia, más bien una reflexión, una voz de alarma que nos advierte el peligro que se avecina, para que nos incite a exigir más de nuestros gobernantes, a los partidos políticos y de nosotros mismos, a que no nos permitamos caer en el desaliento, ni el desorden social, un llamado a privilegiar el diálogo, la participación social, que escuchemos las propuestas de todos, y busquemos acuerdos, que nos ayuden a resolver los principales problemas que nos aquejan. No más simulación de los gobiernos, si no incorporan o escuchan a sus críticos u opositores y solo continúan rodeándose de un sequito de adeptos o prosélitos, tendrá un costo muy alto, no solo perder el poder, sino la tranquilidad del Estado, y la paz pública, convirtiéndonos en un estado fallido en guerra. Y de eso, la historia hasta aquí contada, tiene peores ejemplos.