Ha fallado notablemente la estrategia energética del presidente Andrés Manuel López Obrador, por una muy limitada capacidad de su equipo de entender la globalización y la geoestrategia. Son aldeanos y creen que no hay nada más allá del Golfo de México.

Resulta que en todo el sexenio en Palacio Nacional se han esforzado por construir una refinería de gasolina en Dos Bocas, Tabasco, para “lograr soberanía” en gasolinas para México, algo que no será posible con lo que producirá la nueva planta. Ni siquiera si se logra la mejora de las refinerías existentes, donde se han ido posponiendo inversiones en su rehabilitación a cambio de la nueva. El presidente Andrés Manuel López Obrador ha visitado nuevamente Salamanca, el sábado, para “conocer avances” en los trabajos de mejora de la refinería ‘Antonio M. Amor’, pero ni con todas sus visitas se ha tenido el dinero suficiente para modernizarla, ni sus resultados actuales de mejora son llamativos, e inclusive ha seguido teniendo incidentes que hacen dudar de los avances.

Pero, además es una apuesta equivocada cuando en buena parte del mundo se camina de forma veloz a la supresión de los vehículos de combustión interna hacia 2035-2040, una modalidad que nos afectará porque somos parte de un bloque económico que nos impone ciertas obligaciones ambientalistas. En menos de dos décadas la necesidad de gasolina irá a la baja y el desgaste financiero y político que deja para México la obsesión de Dos Bocas, irá a la cuenta de los contribuyentes.

El dinero debió ir en todo caso para mejorar la capacidad productiva de Pemex en cuanto a crudo para el corto plazo y luego ver cómo ese activo administrarlo para cuando no sea tan rentable, en unos 30 años el petróleo como energético será poco empleado en el mundo, por las necesidades ambientales y acuerdos internacionales en pro de energías limpias.

El petróleo es necesario para varias industrias, no solo como energético, pero su uso deja un enorme daño ambiental. Los efectos de dos siglos de industrialización los vemos en los climas extremos que enfrentamos hoy en día y que aumentarán en calor, frío, tormentas y más en las próximas décadas, de acuerdo con todos los modelos científicos analizados. Por eso la presión para su desuso y los acuerdos que propician esa ruta, generarán una baja demanda en el futuro.

En un estudio publicado en Nature, de acuerdo con una investigación liderada por Dan Welsby, del University College de Londres, se indica que en las actuales condiciones “para 2050, encontramos que casi el 60% del petróleo y el gas metano fósil y el 90% del carbón deben permanecer sin extraer para mantenerse dentro de un presupuesto de carbono de 1,5°C”. Es la supervivencia.

Ahora bien, las energías limpias van lentas y ha emergido un actor económico inesperado, la pandemia de covid-19. Así, que, entre las imposiciones para atender el cambio climático, los desajustes de producción derivados de la pandemia y los climas extremos, en las naciones desarrolladas, sobre todo, el costo de los energéticos como el gas se han disparado y las energías limpias como la solar, la hidráulica y eólica aún son insuficientes. Ante el desabasto en todo el mundo y la llegada del próximo invierno en el lado boreal del planeta, los precios de esas energías resultan un enorme peso financiero. Incluso ya se habla de apagones y preparan a su población para ello, como en Austria y Alemania.

¿A que está llevando esto? A que nuevamente acudan al petróleo, para abaratar la producción de energía. Pese a que contamina más. Por eso suben los precios del crudo también, porque aumenta la demanda. La salida de la CFE en México cuando no llegó el gas de Texas y los precios se dispararon.

En esta condición, el petróleo resulta estratégico en tanto caminan las energías limpias. Luego de eso, cuando ya sean estas suficientes, dejará de ser el gran negocio y será peso muerto para la política fiscal en México. Diez a quince años tal vez.