El inicio de una jornada ofrece la oportunidad de revalorar conductas que propicien la marcha hacia adelante. Por lo tanto, el acceso reciente o inminente de quienes habrán de personificar las instituciones para su funcionamiento, ofrece la oportunidad de reclamar mayor celo de quienes ejerzan en los distintos órdenes de gobierno, habida cuenta de la necesidad de fortalecer la representación, de una sociedad con credibilidad a la baja, en lo que respecta a la identificación de sus políticos, con el interés general.

La ola de protestas callejeras muestra, con mayor o menos énfasis, la determinación de diversos grupos sociales a hacerse justicia por propia mano. La incertidumbre sobre la eficiencia de las instituciones para promover y administrar justicia, orilla a los marginados a pedir en justicia, mediante actos contra la ley.

Todos los días y a cada hora, pueden verse reflejados en los medios de comunicación, protestas cada vez más airadas, que vuelven una y otra vez, a ejercer violencia, para pedir justicia por el mismo método que los llevó a la inconformidad. Tal pareciera que hemos perdido la brújula y, ante la imposibilidad de dar cumplimiento a la norma, optamos por la anarquía.

Sólo que la vida social está llegando a excesos en la desobediencia a las leyes, y la realidad ofrece evidencias que en muchas ocasiones no se tiene capacidad para hacer cumplir la ley, ni disposición o capacidad para cumplirla.  La norma se viola por acción y omisión. En la medida que se generalice la falta de respeto a las leyes, la crisis social se agudizará y la salud mental entrará progresivamente en el terreno de lo irreversible.

Quienes encabezan el funcionamiento de las instituciones, deberán reflexionar sobre la mejor forma de concientizarse a sí mismos y a la población, para encontrar mecanismos capaces de auspiciar un diálogo permanente, hasta encontrar la forma en que la sociedad esté mejor representada y ésta, mejor organizada, para volver el respeto a las leyes, comenzando por el funcionario que habrá jurado cumplir y hacerlas cumplir.

No podemos alargar los plazos para reorganizar a la sociedad. Todos sabemos a quienes suele beneficiar el caos, que si continua sin freno nos lastimará a todos, aún a quienes promueven la irresponsabilidad en el ejercicio del poder.

Una representación auténtica, no requiere de ir a ver cómo hacen en otras latitudes lo que nos hemos comprometidos a hacer; basta querer dejar a las generaciones venideras, lo que algunos sobrevivientes, disfrutamos de paz social, para concluir que es posible, si existe la buena voluntad, para convertirnos en ciudadanos auténticos, celosos del buen funcionamiento de la familia, la escuela, la empresa, los partidos políticos y todos quienes integramos la comunidad. 

Construir una representación auténtica de la sociedad, es cuestión de consenso y determinación de renunciar a privilegios; con tal de acceder a una paz justa, que reclama renuncia a la pereza; y, entender, todos, ciudadanos y gobierno, que incorporar el poder al patrimonio, es un error que ha sido causa de enorme sufrimiento, cuyo origen no aceptamos, viene  de nuestras propias acciones y omisiones.