En días recientes se dio a conocer el caso de Angélica, una niña indígena de Guerrero de 15 años, quien fue arrestada luego de huir de las agresiones de su suegro (quien aseguraba ser su dueño) al intentar violarla. El caso se viralizó y a su vez volvió a sacar a flote el macabro tema de la compraventa de niñas en nuestro país.

Angélica fue víctima de un matrimonio forzado a los 11 años, su padre la vendió en 120 mil pesos. Los compradores, padres del novio, que en ese entonces tenía 12 años, la mantuvieron trabajando como jornalera mientras ellos cobraban su salario. Esta práctica, que a muchos nos puede parecer de horror, no lo es para las comunidades que la llevan a cabo amparados en lo que se conoce como “usos y costumbres”.

Sin embargo, el que algo haya sido aceptado y practicado por décadas o inclusive por siglos, no lo hace correcto ni moral. Se deben establecer límites.

La Ley para Prevenir y Sancionar la Trata de Personas en su artículo 5 nos dice que:

“Comete el delito de trata quien promueva, solicite, ofrezca, facilite, consiga, traslade, entregue o reciba, para sí o para un tercero, a una persona, por medio de la violencia física o moral, engaño o el abuso de poder para someterla a explotación sexual. Cuando este delito sea cometido en contra de personas menores de edad o en contra de quien no tenga capacidad para comprender el significado del hecho o capacidad para resistirlo, no se requerirá acreditación de los medios comisivos”.

Disto de ser abogado, pero el que una niña, que no puede comprender por qué la sacan de su hogar mientras es intercambiada por dinero en contra de su voluntad, sin la capacidad de evitarlo, para trabajar como jornalera, todo esto amparado por usos y costumbres… ustedes díganme si clasifica o no como trata de personas.

Para finalizar, acorde al Instituto Mexicano de Investigación de Familia y Población, México es uno de los países con la tasa más alta de matrimonio infantil en el mundo.Por eso sorprende cuando al presidente se le expuso el caso en su más reciente visita a esa región, su respuesta fue: “No vine a Guerrero a ver la venta de niñas, no es la regla.” O sea, si solo se venden unas cuantas (según él), entonces no hay motivo para actuar o escandalizarse.