Juana Adriana Rocha

Guanajuato.-Hasta los registros del 2018, el 80% de los artesanos tenían entre 40 y 80 años. Un 5% tenían entre 5 y 20. Esto significa que pocos jóvenes mantienen vivas técnicas artesanales.

OPINA

“Quisiera seguir trabajando hasta donde sea posible. Hoy que todavía puedo quiero hacer todo lo que venga a mi imaginación y sentimientos. Cuando ya no pueda trabajar, ahí moriré”.

En los años 50, una maestra de nombre Margarita llegó a la comunidad El Mejay, en Chilcuautla, Hidalgo. Su misión, enseñar a bordar a las niñas del pueblo.

“Venía a enseñar a remendar trapito, todo eso”, recuerda Martina García Cruz. Ella tenía sólo 12 años cuando sin autorización de la profesora tomó su telar para practicar en él. Margarita preguntó quién era responsable de la ‘travesura’.

“Yo no le respondí, dije: a lo mejor no lo hice bien, me va a regañar. Cuando dijo que estaba bien, entonces ya dije que fui yo”. Así lo contó Martina en entrevista para la serie de documentales ‘La última generación de artesanos’, de la cadena Vice.

El talento de la niña quedó al descubierto. Desde entonces, lo usó para mantener viva la técnica prehispánica del telar de cintura. Comenzó con rebozos, morrales, y aprendió a fabricar tintes naturales.

La mujer de origen hñahñu (otomí) ha compartido su habilidad con otras generaciones. En 2013, abrió junto con sus familiares Artesanías Domitzu.

Premian su habilidad

Martina García Cruz se especializa en elaborar piezas con hilo de algodón, de doble vista. Ambas técnicas podrían perderse debido a su dificultad.

Su excelente trabajo ha recibido importantes premios. Entre ellos, en 2015 ganó el Segundo Concurso Nacional de Grandes Maestros del Patrimonio Artesanal.  No es el único premio que le han otorgado. La pieza que le valió la presea fue un conjunto de quechquémitl.

María Trinidad, hija de Martina, colabora con ella en Domitzu, confeccionando cintas, fajas, huipiles, sarapes, gabanes, y recientemente cubrebocas.

En el documental mencionado, llama a los interesados en sus piezas a no regatear, “no somos máquinas”, destaca. Cada prenda lleva entre los hilos el alma de quien la elabora.

¿Cómo funciona?

Un extremo de este telar se amarra a un árbol, el otro lo sostienen las artesanas en la cintura con un mecapal.

Este bordado no es convencional, no hay una base que se decore con hilos, sino que se trata de crear la tela de cero. Un sistema de varas de madera delimita el ancho y sirve para intercalar los hilos.  Sobre una primera trama se van alternando otras capas, en un ir y venir constante. La técnica es única para todos los pueblos indígenas.

Las artesanas cuentan con un instrumento llamado machete o tzotzopaztli de madera, que para por un ritual antes de ser utilizado.